OPINIÓN

Sin convicción, sólo queda la fuerza

A medida que se acerca la fecha fatídica del uno de Octubre, va quedando claro que el Gobierno de la Nación no podrá escapar al uso de la fuerza legítima del Estado para hacer respetar la ley.

Sin convicción, sólo queda la fuerza.
Sin convicción, sólo queda la fuerza. EFE

Tras los terribles ataques terroristas del ISIS en Barcelona y Cambrils, Carles Puigdemont se ha apresurado a declarar que estos trágicos acontecimientos no iban a alterar para nada su agenda separatista. Si algo han puesto en evidencia los luctuosos sucesos vividos en Cataluña ha sido que las serias amenazas que gravitan hoy sobre Occidente y su civilización requieren estabilidad institucional, unidad nacional y cooperación estrecha de todas las instancias públicas, tanto a nivel interno como internacional. El empecinamiento de los partidos integrados en Junts pel Sí en mantener su proyecto secesionista dilapidando esfuerzos y energías tan necesarios para enfrentarnos a los grandes desafíos de nuestro tiempo en un propósito absurdo, ilegal y destructivo, en lugar de concentrarlos en la lucha contra el yihadismo asesino y en la recuperación económica, por citar dos temas cruciales para los catalanes, demuestra la magnitud de su errónea percepción de las verdaderas prioridades de la sociedad que gobiernan.

Todo lo que compone el proceso soberanista catalán es de una irracionalidad difícil de superar

El colmo de la contradicción en la que están inmersos el PDCat y Esquerra Republicana es que en su delirante persecución de un objetivo imposible se apoyen en una organización política que ya les ha anunciado que desea un Estado catalán independiente para liquidar el modelo productivo y el modo de vida en el que ellos creen firmemente, realizando así un ejercicio de masoquismo realmente incomprensible. Todo lo que compone el proceso soberanista catalán es de una irracionalidad difícil de superar, una clase política y un amplio segmento social entregados a empobrecerse material y espiritualmente, aliados con una horda de fanáticos dominados por el odio y ansiosos por borrarlos del mapa.  Curiosamente, el fin último de la CUP, aunque por diferentes motivaciones, es el mismo que el del islamismo criminal, la demolición de la democracia liberal e ilustrada para sustituirla por un totalitarismo dogmático incompatible con cualquier asomo de libertades civiles y de respeto a los derechos fundamentales. 

Si González, Aznar, Zapatero y Rajoy, hubieran entendido que el problema del nacionalismo particularista no se soluciona aceptando sus tesis e intentado apaciguarlo, no estaríamos ahora en una situación límite análoga a la de Octubre de 1934

A medida que se acerca la fecha fatídica del uno de Octubre, va quedando claro que el Gobierno de la Nación no podrá escapar al uso de la fuerza legítima del Estado para hacer respetar la ley, como también resulta innegable que se encuentra en esta incómoda tesitura por haber carecido los dos grandes partidos nacionales desde la Transición hasta la actualidad de las convicciones indispensables para, en primer lugar, comprender la auténtica naturaleza del nacionalismo identitario y, en segundo, para neutralizarlo a tiempo con el discurso y las políticas adecuados. Si González, Aznar, Zapatero y Rajoy, hubieran entendido que el problema del nacionalismo particularista no se soluciona aceptando sus tesis e intentado apaciguarlo con concesiones que sólo contribuyen a incrementar su deslealtad y a envalentonarlo, sino defendiendo sin complejos los principios propios y privándole de los instrumentos financieros, institucionales y simbólicos necesarios para su propagación y control de las mentes de los ciudadanos, no estaríamos ahora en una situación límite análoga a la de Octubre de 1934 e imposible de solventar sin violencia, legítima en el caso del Estado, ilegítima por parte de los separatistas, pero violencia al fin y al cabo, con lo que comporta siempre de daño y de dolor.

Si a los independentistas les hubieran anunciado hace cuatro décadas que tres sucesivos Presidentes del Gobierno de la Nación iban a ser sus eficaces colaboradores no lo habrían creído

Hay tres momentos clave que marcan el camino hasta el desastre presente. El primero cuando los artífices de la Transición configuran una estructura territorial para España que pone en manos de los nacionalistas catalanes y vascos las herramientas idóneas para desarrollar su empresa de destrucción de la cohesión entre españoles, especialmente la educación y potentes medios de comunicación, el segundo cuando Aznar desmantela ideológicamente su partido en Cataluña en 1996 de manera pusilánime mostrando a Pujol que la resistencia a sus futuras maniobras de separación será mínima y el tercero cuando Zapatero se presta en 2006 a un nuevo Estatuto de Autonomía que revienta las costuras de la Constitución. Si a los independentistas les hubieran anunciado hace cuatro décadas que tres sucesivos Presidentes del Gobierno de la Nación iban a ser sus eficaces colaboradores en la tarea de acabar con esa misma Nación, no lo habrían creído. Sin embargo, gracias a este trío de inquilinos de La Moncloa, a su nula visión y a su deficiente patriotismo, sus sueños más ambiciosos están a punto de cumplirse. En cuanto al cuarto Presidente, su innata pasividad ha hecho que asista inmóvil a la culminación de la catástrofe gestada por sus predecesores.

 Preparémonos, pues, para lo peor porque, efectivamente, cuando falta la convicción, sólo queda la fuerza.


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