OPINIÓN

Vida de bufón

El hecho de que Albert Boadella decidiera en su momento huir para siempre de lo que él denomina “chusma separatista” para instalarse en Madrid en busca de respeto y libertad, define en sí mismo la repulsiva bajeza del proyecto colectivo que impulsan hoy en Barcelona una banda de ladrones y de neurópatas totalitarios.

El fundador de la compañía Els Joglars, Albert Boadella.
El fundador de la compañía Els Joglars, Albert Boadella. EFE

Albert Boadella ha dedicado toda su vida a montar espectáculos y ahora nos ofrece el espectáculo de su vida. El monólogo recientemente estrenado en Madrid por el singular actor y director catalán se titula “El sermón del Bufón” y durante casi dos horas su autor y protagonista nos transmite desde un púlpito en un escenario prácticamente desnudo sus descubrimientos, sus recuerdos, sus intuiciones, sus provocaciones, sus filias y sus fobias. Boadella es un personaje único, irrepetible y, aunque abarcable, ilimitado.

El propósito del genial exiliado político no es tanto divertir y criticar como compartir y hacer comprender

El público que ha llenado durante cuatro noches sucesivas la pequeña sala de los Teatros del Canal donde ha representado su última creación este implacable debelador de la pintura vanguardista, de Wagner y del nacionalismo separatista, formado en su totalidad por boadellistas convencidos, experimenta a medida que se va desarrollando ante sus ojos y oídos el hilo del relato autobiográfico una cierta sorpresa porque eso es lo que busca siempre Boadella, el golpe de efecto, el ángulo insólito, la sacudida del absurdo. Han acudido a la llamada de su ídolo deseosos de disfrutar de su humor disparatado, de satisfacer sus íntimas ansias de asistir a la trituración de las figuras públicas que detestan, de que les arranque carcajadas encadenadas, y se encuentran con un ejercicio pausado, reposado y profundo, de lucidez total. No es que no brille aquí y allá la ocurrencia semántica o la frase iconoclasta que provoca la inevitable explosión de risa, pero esta vez el propósito del genial exiliado político no es tanto divertir y criticar como compartir y hacer comprender. Despliega ante los asistentes a su exhibición de memoria, agudeza, juicio crítico y dilatada y azarosa experiencia vital, la desnudez de una trayectoria que recorre desde la infancia a la proximidad del final y lo hace con despiadada sinceridad, con la visión penetrante que sólo proporciona la verdadera sabiduría. En esta creación definitiva, Boadella no está de vuelta de nada, está en el centro de todo, lo examina, lo revela y nos lo brinda.

Albert Boadella forma parte sin duda de esta galería asombrosa, no de catalanes universales, como repiten cansinamente los adheridos al tópico, sino intergalácticos

La Cataluña moderna ha obsequiado al mundo con algunos tipos fascinantes, Francesc Pujols, Eugenio d'Ors, Salvador Dalí, Josep Plá, seres fuera de cualquier posible clasificación, pero inequívocamente catalanes. Albert Boadella forma parte sin duda de esta galería asombrosa, no de catalanes universales, como repiten cansinamente los adheridos al tópico, sino intergalácticos. Resulta asombroso como una tierra que ha producido a lo largo de los últimos ciento cincuenta años un número significativo de especímenes de la más baja calidad humana, narcisistas aldeanos de mediocridad pretenciosa, de fanatismo agresivo, de codicia irrefrenable y de hipocresía despreciable, grupo abominable que culmina en la aparición estelar y depredadora de Jordi Pujol i Soley y su camada de saqueadores compulsivos, haya podido también dar al orbe una panoplia tan luminosa de genios de la pluma, del pincel, del pensamiento y de la escena.

Nada puede ser más doloroso para un catalán de la categoría personal, intelectual, moral y artística de Boadella que verse obligado a contemplar impotente a la sociedad en la que nació, creció y halló su vocación, destruida por unos cuantos tipos de inteligencia escasa

El hecho de que Albert Boadella decidiera en su momento huir para siempre de lo que él denomina “chusma separatista” para instalarse en Madrid en busca de respeto y libertad, define en sí mismo la repulsiva bajeza del proyecto colectivo que impulsan hoy en Barcelona una banda de ladrones y de neurópatas totalitarios. Nada puede ser más doloroso para un catalán de la categoría personal, intelectual, moral y artística de Boadella que verse obligado a contemplar impotente a la sociedad en la que nació, creció y halló su vocación, destruida por unos cuantos tipos de inteligencia escasa, aquejados de un viscoso complejo de inferioridad que intentan compensar haciendo todo el daño posible a cuanta más gente mejor.

Al inicio de la obra, el niño Albert, especialista en trapisondas y diabluras, arroja a un pozo un coche de juguete que le acaban de regalar. En el cierre, el maduro y sereno Boadella lo rescata del fondo de las aguas cenagosas y lo eleva ante la audiencia como símbolo de un ciclo que se completa, el círculo misterioso que han transitado juntos el travieso e inquieto Albert y el serio e inquisitivo Boadella. La síntesis de estas dos maneras de entender la realidad y de vivirla es el seductor y valiente bufón cuyo trabajo insobornable de denuncia de los abusos del poder y de desafío a sus cobardes amenazas ha redimido a Cataluña de la vergüenza en la que la mantienen hoy sumida los peores de sus hijos.


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