OPINIÓN

Reflexión desde las antípodas

Imaginemos donde estaría España sin separatismos, con políticos honrados, y con sus enormes potencialidades plenamente desarrolladas y dedicadas a la mejora de la competitividad en vez de a estériles y divisivas memorias históricas o al cultivo de rencores ancestrales.

Reflexión desde las antípodas.
Reflexión desde las antípodas. Tim McCartney

Escribo esta columna en Melbourne, estado de Victoria, Australia. Me encuentro en este vasto país-continente hasta fin de este mes y por tanto mis colaboraciones de este domingo y del próximo viajarán por la red desde el lado opuesto del planeta a mi residencia habitual en Madrid. Aunque vivimos en un mundo globalizado y las distancias no tienen el mismo significado que en otras épocas porque todo lo que sucede en cualquier punto de la tierra se hace presente de manera inmediata en las pantallas de los diversos terminales que nos acompañan, la sensación física de la lejanía subsiste y cambia la perspectiva. Vista desde Australia, la impresión que produce España es la de un lugar en el que sus gentes, estupendas por muchos motivos, se dedican intensamente a cosas absolutamente irrelevantes, y esta elección profundamente equivocada de sus prioridades les acarrea una pérdida lamentable de tiempo, recursos y oportunidades.

Todos los temas que ocupan los titulares y que son objeto de comentario o análisis tienen contenido real, es decir, afectan a problemas o hechos tangibles

Desde mi llegada al hogar de los marsupiales echo todas las mañanas una ojeada a la prensa local para ver cuáles son los los temas que merecen la atención de esta sociedad vibrante, innovadora y multiétnica. Compruebo que, al igual que en nuestros lares, los medios reflejan debates muy vivos sobre las cuestiones más diversas, pero con una diferencia muy significativa: todos los temas que ocupan los titulares y que son objeto de comentario o análisis tienen contenido real, es decir, afectan a problemas o hechos tangibles, tienen consecuencias prácticas, y los elementos de lo que se puede denominar simbólico, carecen de relevancia para los australianos.

Los problemas medioambientales, urbanísticos, financieros, laborales y educativos, así como asuntos culturales, artísticos o científicos, llenan las páginas de los periódicos o los programas de televisión, junto, por supuesto, con los avatares de los conflictos internacionales en curso. La vertiente política de su vida en común abunda asimismo en portadas, artículos, declaraciones y comentarios, y sus representantes y gobernantes se enzarzan en duras polémicas sobre esta o aquella medida o sobre tal partida presupuestaria, lo propio, en definitiva, de una sociedad libre, democrática y abierta.

Temas como la forma de Estado, la lengua o la identidad es evidente que no les importan en absoluto

Sin embargo, temas como la forma de Estado, la lengua o la identidad es evidente que no les importan en absoluto. En su bandera figura la de otro país, situado por cierto a decenas de miles de kilómetros y que no pocos australianos no han pisado ni pisarán jamás, a la cabeza de su sistema institucional figura una anciana reina cuyo retrato cuelga en los despachos oficiales y que vive en la otra punta del orbe, su división territorial, indispensable por su muy extensa superficie, es estrictamente geográfica y funcional sin connotaciones identitarias más allá de lo inofensivamente folklórico y su numerosa población aborígen conserva su modo de existencia ancestral, aunque sus integrantes tienen toda suerte de facilidades si desean recibir una buena formación e incorporarse a la modernidad.

Por lo demás, en sus grandes urbes, ciudades y pueblos conviven armónicamente ciudadanos y residentes temporales de decenas de razas, orígenes y religiones diversos, que obviamente se expresan en sus círculos familiares y sociales en un amplio abanico de idiomas, si bien en el nivel oficial, público, escolar y universitario el inglés es el vehículo de comunicación universal y no hay nadie que no lo domine o no se esfuerce por hacerlo.

La renta per cápita australiana es de 47000 dólares, su inflación no llega al 2% y su tasa de desempleo es inferior al 6%. El nivel de seguridad y paz social es muy satisfactorio, el de criminalidad es muy bajo, la corrupción puramente anecdótica y, como es de esperar, Australia ocupa uno de los puestos más destacados en el índice de libertad económica.

Imaginemos ahora donde estaría España sin separatismos, con políticos honrados, y con sus enormes potencialidades plenamente desarrolladas y dedicadas a la mejora de la competitividad en vez de a estériles y divisivas memorias históricas o al cultivo de rencores ancestrales. Si con la CUP, Puigdemont, Pablo Iglesias, Rajoy,  Sánchez, una estructura territorial e institucional pensada para ser ineficiente y derrochadora y 40.000 millones de euros dilapidados en latrocinios municipales, autonómicos y nacionales, estamos creciendo al 3%, si tuviésemos la sensatez de los australianos nos saldríamos del mapa mundi. Ser español es maravilloso, pero triste.


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