El tiempo recobrado

Predicciones electorales

Las encuestas de intención de voto son útiles en la medida que reflejan el estado de la opinión en un momento determinado, pero, como la experiencia ha demostrado ampliamente, aciertan tanto como yerran. En primer lugar, su misma publicación influye sobre el ánimo del electorado de manera imprevisible dado que hay electores que deciden su sufragio en función de lo que los sondeos dicen que va a suceder y, en segundo, la llamada “cocina”, con frecuencia no del todo desinteresada, introduce márgenes de error que pueden ser considerables. Y todo lo anterior sin mencionar que acontecimientos inesperados de gran calado pueden dar al traste a última hora con las previsiones mejor elaboradas.

Por tanto, a la sofisticada metodología estadística aplicada en la sociología electoral hay que añadir elementos menos objetivos como la intuición o, si se quiere, el olfato, fruto de haber vivido con anterioridad muchas convocatorias a las urnas, lo que proporciona una especie de sexto sentido capaz de vislumbrar el resultado con independencia de lo que establezcan los trabajos de campo y su posterior elaboración.

El PSOE clásico jamás consentiría semejante enjuague con una formación decidida a acabar con la unidad nacional

Por si los mencionados condicionantes no bastasen, están los que me permito calificar, tomando prestado el término de la ciencia económica, de “factores fundamentales”. Se trata de hechos o circunstancias que operan sobre el desenlace de la votación de forma externa al ánimo de los ciudadanos participantes en el proceso y que determinan en ocasiones con fuerza irresistible la formación de una mayoría parlamentaria. Atendiendo a los mismos y en contra de la corriente de análisis dominante me pronuncié varias semanas antes del 20D en el sentido de que no se produciría un pacto de izquierdas PSOE-Podemos y que se repetirían los comicios. Tuve que soportar una multiplicación de voces acusándome de voluntarismo y de confundir mis deseos con la realidad. Utilizando como precedente la retirada de Mas en el último minuto para hacer posible la investidura de Puigdemont con apoyo de la CUP, abriendo paso así a la continuación del proceso independentista, se me repetía una y otra vez que sucedería lo mismo en relación al Gobierno central y que en los instantes postreros del partido, cuando el árbitro consulta el reloj y agarra el silbato para el pitido de clausura, tendría lugar el acuerdo entre Sánchez e Iglesias y España sufriría un Ejecutivo populista-socialista. Mi objeción de que la analogía no era procedente y mi insistencia en que el pacto con Ciudadanos tenía placado a Sánchez contra el suelo y en que el PSOE clásico jamás consentiría semejante enjuague con una formación decidida a acabar con la unidad nacional, eran olímpicamente ignoradas por los que anunciaban agoreros que el afán incontrolable del Secretario General socialista por ocupar La Moncloa barrería cualquier obstáculo que se interpusiese entre él y su objetivo. Incluso fui desafiado con diversas apuestas de una cena, que he ganado y que pienso cobrar sin perdonar una.

Yendo al 26J, mi opinión es que tendremos Gobierno y que Podemos, sus confluencias y su recién adquirido satélite Izquierda Unida, no figurarán en su composición. Aquí es donde entran los “fundamentales”. España es un Estado Miembro de la Unión Europea, de la Eurozona y de la OTAN y no precisamente pequeño en términos demográficos y de PIB, a lo que hay que sumar su posición geoestratégica clave para el mundo occidental. Si los escaños de PP y Ciudadanos alcanzan conjuntamente la mayoría absoluta, fin de la cuestión. Si no es así, Gobierno de gran coalición PSOE-PP, con o sin Ciudadanos como tercera pata. La mera idea de que los dioses que, ocultos tras las nubes del Olimpo, ejercen el control efectivo del planeta en Washington, Paris, Londres, Berlín y Frankfurt, van a permitir que el orden global se vea amenazado por una pandilla de indocumentados que aspiran a deshacer una de las naciones más señeras de Europa y a instalar una Venezuela chavista en el flanco sur del Mediterráneo, es tan absurda que hasta sorprende que alguien lo llegue a creer. Por supuesto, el que quiera jugarse una cena conmigo contra mi predicción, que me lo haga saber. La incorporaré a las que ya me deben por el 20D y la disfrutaré con idéntico placer gastronómico y político.


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