El tiempo recobrado

Peor, imposible

Hay momentos en la historia de una nación en los que todo parece conjurarse para poner en riesgo, no ya su prosperidad, estabilidad y seguridad, sino su propia existencia. A lo largo de los últimos dos siglos, la invasión napoleónica, la primera República y la Guerra Civil de 1936 fueron etapas de extremo peligro, en las que España se vio al borde de ser absorbida por un poder extranjero o de desintegrarse. Al final, en cada una de estas ocasiones el pueblo supo encontrar la determinación y la energía necesarias para salir del atolladero y reemprender el camino de la unidad y, aunque a trancas y barrancas, del progreso económico y social. Hoy los españoles nos volvemos a enfrentar a una situación crítica en la que una serie de factores actúan de manera simultánea amenazando gravemente nuestra cohesión, nuestra paz interior, nuestro prestigio ante el mundo y nuestro bienestar.

Empezando por la integridad del territorio nacional, existe en el Parlamento de Cataluña una mayoría que ha expresado inequívocamente su voluntad de erigir un estado independiente separado del resto de la Nación vulnerando la Constitución y las leyes vigentes y que ha formulado este propósito en un llamado plan de desconexión con plazos, reformas legislativas y medidas de gobierno perfectamente definidas y programadas. La anulación de la correspondiente resolución de la Cámara autonómica por el Tribunal Constitucional carece del menor efecto disuasorio porque los impulsores de este golpe ilegal e inconstitucional han dejado claro en el mismo texto suspendido que piensan hacer caso omiso de las sentencias del alto intérprete de nuestra vigente Carta Magna. Si este proyecto no ha echado a andar ya es porque todavía la Comunidad catalana no dispone de un Ejecutivo que lo active, aunque es muy posible que en pocos días Artur Mas sea investido y la máquina infernal hacia la fragmentación de la soberanía nacional española empiece a funcionar.

Para enfrentarse a un abanico tan extenso e intimidante de problemas, no hay todavía un acuerdo entre las formaciones constitucionalistas ni visos de que se vaya a producir en las próximas semanas

En cuanto a la crisis económica y la necesaria recuperación del crecimiento, del equilibrio presupuestario y del empleo, un Congreso de los Diputados dividido en grupos de difícil armonización junto a la emergencia de una fuerza política populista cuyas propuestas, en caso de imponerse, nos llevarían a la ruina, ensombrecen el futuro a corto y medio plazo ahuyentando la inversión, empujando la Bolsa a la baja y generando pesimismo por doquier.

Cerrando esta panorámica, unas instituciones deterioradas por la corrupción y las malas prácticas partitocráticas requieren una operación de saneamiento en profundidad que tan sólo un Gobierno con un amplio y sólido apoyo parlamentario podría acometer.

Para enfrentarse a un abanico tan extenso e intimidante de problemas, no hay todavía un acuerdo entre las formaciones constitucionalistas ni visos de que se vaya a producir en las próximas semanas. Por tanto, si la secesión catalana arranca, un Gabinete en funciones desmoralizado y encabezado por un Presidente irresoluto y desprestigiado no parece que disponga de los arrestos suficientes para neutralizarla.

Las cosas no pueden estar peor y la incertidumbre y el desánimo se han apoderado de la sociedad. Al igual que en coyunturas similares del pasado, hemos alcanzado el borde del abismo porque nuestras elites políticas, intelectuales, sindicales y sociales han ido sembrando durante las cuatro décadas transcurridas desde la Transición la simiente del fracaso con su venalidad, su inoperancia, su codicia y su falta de visión y de grandeza.

Queda, por supuesto, la esperanza de que el cuerpo aún sano de la Nación, esos millones de nuestros conciudadanos, pequeños y medianos empresarios, profesionales, autónomos, asalariados, funcionarios, que con su esfuerzo y empeño diario hacen que el país funcione a pesar de la incompetencia, la pasividad y el egoísmo de sus clases dirigentes, reaccionen, encuentren los líderes adecuados y en un movimiento regenerador espontáneo y vigoroso limpien los establos del poder y enderecen el rumbo colectivo. Se trata de una esperanza muy tenue, pero por desgracia a estas alturas del fiasco no nos queda mucho más.


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