El tiempo recobrado

Democracia y representación

Nos disponemos a votar de nuevo después de la legislatura más corta y decepcionante desde la Transición. El fracaso de los partidos presentes en el Congreso para articular una mayoría de Gobierno a lo largo de cuatro meses de estériles negociaciones es un síntoma más, junto con la corrupción sistémica, la práctica desaparición del Estado en Cataluña, el deterioro de la separación de poderes y la incapacidad del Ejecutivo central de cumplir el calendario de reducción de déficit un año sí y otro también, del agotamiento irreversible del régimen político e institucional creado en 1978. Existe un clamor creciente de denuncia de la mediocridad general de la actual clase política en la que proliferan gentes que si se vieran obligados a ganarse la vida compitiendo en el mercado laboral difícilmente conseguirían un puesto de trabajo estable y dignamente remunerado. A esta notoria falta de nivel moral e intelectual y de capacidad de gestión se atribuye el fiasco que nos obliga a acudir profundamente irritados a las urnas el próximo 26 de Junio.

Aunque suele decirse que los políticos son el reflejo de la sociedad en la que viven, todos sabemos que en nuestro tejido empresarial, profesional, académico y funcionarial abundan personas de excelente preparación

Aunque suele decirse que los políticos son el reflejo de la sociedad en la que viven y que si padecemos a los gobernantes situados en los estratos más bajos del ranking occidental es porque los españoles en su conjunto no dan más de sí, todos sabemos que en nuestro tejido empresarial, profesional, académico y funcionarial abundan personas de excelente preparación, de sobresaliente desempeño de sus cometidos, de acendrado patriotismo y de probada sensatez. Cabe preguntarse, por tanto, cuál es la causa principal de que sea entre ministros, consejeros, alcaldes, concejales y diputados donde es más probable topar con incompetentes, ladrones y torturadores de la sintaxis. Como siempre que se detectan fallos graves en la vida colectiva, la explicación se encuentra en el diseño institucional. Cuando las instituciones están mal concebidas envenenan el funcionamiento de la economía, de la justicia, de la seguridad, del orden y de los servicios públicos. Si Corea del Norte y Cuba se debaten en la miseria y Finlandia y Nueva Zelanda son prósperas, si en Caracas no se puede salir a la calle sin un alto riesgo de ser atracado o asesinado mientras que en Copenhague los ciudadanos pasean con la tranquilidad de saber que la probabilidad de ser atacados es casi nula, si hay capitales africanas que se parecen mucho a estercoleros urbanos y en Singapur no se ve una colilla en el suelo, no es porque los habitantes de estos países ofrezcan diferencias genéticas o culturales que les condenan irremediablemente a existencias horribles o les regalan entornos de éxito, sino porque en unos disponen de arquitecturas institucionales eficientes y operativas y en otros sucede exactamente lo contrario.

En el caso de la insatisfactoria calidad media de nuestra clase política, la raíz del problema es un sistema electoral nefasto combinado con la ausencia de democracia interna en los partidos. Bastaría con reemplazar el sistema proporcional imperante con listas cerradas y bloqueadas elaboradas por los jefes de partido en circunscripciones de elevada demografía por un sistema mayoritario a una o dos vueltas en circunscripciones manejables con candidatos elegidos por las bases sin intervención de las cúpulas partidarias para comprobar como en el plazo de diez o quince años España contaría con responsable públicos más escrupulosos, equipados con bagajes de conocimientos más sólidos, más atentos al interés general y portadores de convicciones más arraigadas.

Sin verdadera representación no hay democracia merecedora de tal nombre

Por supuesto que debemos afrontar otras reformas estructurales igualmente relevantes, pero ésta es sin duda una de las más necesarias y urgentes. La resistencia numantina de los dos viejos partidos a reconocer esta deficiencia fundamental de nuestra democracia y a corregirla no obedece a otra motivación que el deseo de sus cooptadas oligarquías dirigentes a preservar su poder sobre sus respectivas organizaciones.

Sin verdadera representación no hay democracia merecedora de tal nombre y un Parlamento poblado de empleados de los líderes de los diferentes grupos políticos es una caricatura escandalosa de lo que se describió en definición memorable como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.


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