El tiempo recobrado

Cisnes negros

No podía ni debía suceder y ha sucedido. Sus consecuencias serán de largo alcance y no precisamente positivas. Ha sumido en el desconcierto a las elites políticas, empresariales, financieras e intelectuales europeas, que tardarán en reponerse del golpe y que se debaten entre la congoja, el miedo y la incertidumbre. El futuro ya no es lo que era y es difícil predecir cómo será. Siete décadas ininterrumpidas de progresiva integración continental, con sus avances y retrocesos, pero siempre en dirección de una unión cada vez más estrecha, han quedado traumáticamente interrumpidas y la máquina comunitaria, con sus ruedas atascadas en el lodo, gira en el vacío mientras su motor recalentado humea impotente. Un enorme cisne negro ha desplegado sus alas sobre las Islas Británicas y su sombra oscura ha cubierto al conjunto de la Unión Europea sumiéndola en un estremecimiento frío de desconcierto y de duda. El Brexit ha triunfado.

Era tal la confianza de los padres fundadores de la Unión y de sus inmediatos herederos en la bondad, viabilidad y nobleza de su causa que durante medio siglo los sucesivos Tratados comunitarios no contemplaron ningún mecanismo de salida una vez producida la incorporación de un país, con lo que la entrada en el gran club europeo tenía carácter irreversible. Hubo que esperar a la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en 2009 para que el derecho primario de la Unión incorporase una cláusula regulando el eventual abandono por parte de un Estado Miembro. Nadie creyó en aquel momento que llegaría el día en que las previsiones del Artículo 50 tuvieran que ser aplicadas. Hasta el pasado 23 de Junio, en que los ciudadanos británicos optaron por una mayoría muy estrecha, pero inapelable, por abandonar la que había sido su casa al otro lado del Canal desde 1973. Los súbditos de Su Graciosa Majestad, que ratificaron también mediante referendo su desembarco en Bruselas en 1975, han rectificado cuarenta y un años después aquella trascendental decisión y han invertido su sentido zarpando de nuevo para navegar solos por los mares del mundo. Ni siquiera el martirio de la diputada Jo Cox, brutalmente asesinada por un psicópata eurófobo, creó la suficiente corriente emocional que inclinase las urnas hacia el Remain. Los sentimientos nacionalistas de sus compatriotas han sido más fuertes que la sangre inocente derramada de una mujer de valeroso corazón que ha dado su vida por la causa europea.

Toda obra humana es imperfecta y la Unión Europea no es una excepción 

El debate en esta larga campaña, que ha dividido profundamente al pueblo británico y al Partido Conservador, se ha movido entre dos argumentos principales: el de los que ponían de relieve el daño que la salida causaría a la economía británica y el de los que agitaban el miedo a la inmigración. Nadie o casi nadie ha hablado del espíritu que anima el proyecto de unidad fraterna entre los pueblos europeos, ese ideal de paz, de cooperación, de libertad, de democracia y de prosperidad que inspiró a un pequeño grupo de hombres esclarecidos después de la Segunda Guerra Mundial el sueño de terminar con las guerras y de hermanar a gentes que a lo largo de los siglos se habían matado entre sí por millones por motivos de religión, de conquista territorial, de codicia material, de odio étnico o de intereses dinásticos. Nadie o casi nadie ha apelado a todo lo que tiene de excelso, de ambicioso y de grandioso la empresa que se puso en marcha sobre las ruinas de una Europa asolada por las pesadillas totalitarias bajo el dramático lema “Plus jamais ça”.

Toda obra humana es imperfecta y la Unión Europea no es una excepción. Le falta un relato que la dote de un alma que despierte la adhesión en el corazón de sus ciudadanos, sus lagunas democráticas son manifiestas, su política monetaria común no es compatible con políticas económicas nacionales descoordinadas, carece de un liderazgo de la fuerza y la capacidad de convicción que le permita superar las crisis de forma solidaria y con frecuencia regula en exceso lo que debiera dejar a la subsidiariedad y no se atreve a legislar sobre lo que requiere una acción armonizada.

La Unión Europea, con todas sus deficiencias y fragilidades, representa un modelo de sociedad y unos valores

Sin embargo, con todas sus deficiencias y fragilidades, representa un modelo de sociedad y unos valores que nos mantienen a salvo de la violencia y la barbarie y que exigen lo mejor de nosotros frente a los que, impulsados por el rencor o por el afán desmedido de poder, intentan excitar nuestras pasiones más bajas al servicio de sus concepciones fanáticas o sus delirios identitarios.

Hay períodos de la Historia en los que las aves lúgubres vuelan en bandada y hoy los españoles votan para elegir a sus representantes en el Parlamento nacional, los norteamericanos votarán muy pronto para encumbrar un nuevo Emperador planetario, los movimientos anti-europeos cobran renovados bríos tras el Brexit y en Oriente Medio las hordas del integrismo destructor no cejan en su empeño de destruir nuestra civilización desde fuera y desde dentro. Ojalá lo sucedido hace tres días en el Reino Unido sea el reactivo que nos haga fortalecer nuestras convicciones para reformar la Unión Europea corrigiendo sus errores y perseverando en sus aciertos u otros cisnes negros, que ya aletean en el horizonte, volarán hacia nosotros para traernos miseria y desolación.


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