OPINIÓN

La Cataluña del 22-D

Para derrotar al nacionalismo, aparte de poner en evidencia la perversidad de sus postulados y la letalidad de sus efectos, hay que golpearle allí donde es más vulnerable, en el campo de lo simbólico y de lo sentimental.

La Cataluña del 22-D.
La Cataluña del 22-D. EFE

¿Qué paisaje contemplaremos tras la batalla en la mañana del 22 de diciembre? ¿Seguirá Cataluña partida en dos bandos irreconciliables, enquistados en números parejos e inamovibles, o se abrirá la esperanza de salir por fin de la pesadilla de un “procés” tan absurdo como empobrecedor? ¿Habrá servido la percepción del desastre causado por el aventurerismo irresponsable de una banda de fanáticos impermeables a la realidad para despertar de su ensoñación obsesiva a los catalanes de cerebros lavados por décadas de aulas adoctrinadoras y de medios públicos sectarios? La alarma causada por la estampida de empresas, la paralización de inversiones, la caída de las cuentas de resultados, los hoteles vacíos y el repunte del paro, ¿habrá movilizado en cantidad suficiente a los centenares de miles de ciudadanos que no participan habitualmente en elecciones autonómicas por indiferencia, fatiga, impotencia o hastío? Y lo más relevante de todo, el hecho más determinante de esa fecha crucial, ¿quién subirá al escalón más alto del podio y alzará victorioso o victoriosa el trofeo de fuerza más votada entre las aclamaciones de los suyos y la consternación de los adversarios? Porque ese será el factor clave del recuento de la noche del jueves de la semana próxima, más allá del reparto de escaños y de las mayorías más o menos verosímiles que se forjen en un parlamento fragmentado. Los ojos del mundo se centrarán en la imagen cargada de significado de la llegada en primera posición a la meta de los que representan la fijación en un pasado inventado y rencoroso o de una mujer joven y luminosa que ofrece un futuro libre de agravios imaginarios y pleno de posibilidades de recuperación de la sensatez, el crecimiento y la tranquilidad.

La foto que salga de las urnas tiene todavía contornos borrosos, pero el grueso de su contenido parece ya consolidado

La foto que salga de las urnas tiene todavía contornos borrosos, pero el grueso de su contenido parece ya consolidado. El partido que acumule más papeletas será Ciudadanos o Esquerra, el PSC quedará cuarto como eventual comparsa contorsionista de una fórmula forzada,  Puigdemont está todavía al albur de una cabriola postrera entrando en territorio español para jugar el papel del mártir que va a la cárcel por sus ideas que le permita disputar la primogenitura separatista a Junqueras, los colauitas podémicos urden torticeras operaciones a la espera de que su plaza antepenúltima ponga en sus manos el fiel de la balanza entre la continuación de la catástrofe o el inicio de una etapa de reconstrucción y en la cola, compartiendo humillación y retroceso, un PP inane y una CUP biliosa.  Este es a grandes rasgos el cuadro que quedará pronto perfilado y del que depende el ulterior desarrollo de acontecimientos trascendentales tanto en Cataluña como en España en su conjunto.

El nacionalismo es una doctrina política que se vale sobre todo de las emociones y que solo es racional en la manipulación de éstas, pero que huye de los análisis objetivos

Los catalanes que deseen apagar de una vez por todas las llamas del secesionismo golpista, es decir, los llamados votantes constitucionalistas, han de tener muy claro un aspecto de esta cita electoral que es decisivo a la hora de conseguir este propósito. El nacionalismo es una doctrina política que se vale sobre todo de las emociones y que solo es racional en la manipulación de éstas, pero que huye de los análisis objetivos de las consecuencias de sus actos. Por tanto, para derrotarlo, aparte de poner en evidencia la perversidad de sus postulados y la letalidad de sus efectos, hay que golpearle allí donde es más vulnerable, en el campo de lo simbólico y de lo sentimental. Dado que construye fantasías y pastorea a sus adeptos sumiéndoles en universos oníricos inmunes a los datos contrastados y a la evidencia empírica, la mejor técnica para debilitarlo es despertar a los que tiene enajenados poniéndolos frente a un acontecimiento capaz por su magnitud de atravesar las brumas de su neurosis auto-referencial para devolverles al terreno de lo tangible. Por tanto, es absolutamente esencial que la opción más votada el 21-D sea inequívocamente constitucionalista, o sea, que la candidata que reúna el mayor número de papeletas sea Inés Arrimadas. El PP lleva años empeñado en ser irrelevante en Cataluña y hay fundados indicios de que va a ver cumplida su ilusión. El fluctuante Iceta, que ha propuesto condonar la deuda creada por la incompetencia, la corrupción y la erección de un pseudo-estado fantasma, indultar a los golpistas y proporcionar a los separatistas más y mejores instrumentos para que su próximo putsch sea un éxito, ha dejado claro que votarle a él es reforzar a los que quieren dinamitar el orden constitucional y liquidar a España como nación cívica y democrática y que, por consiguiente, cada constitucionalista que le preste su apoyo se estará disparando un tiro en el pie.

La necesidad de concentrar el 21-D todos los votos constitucionalistas en Ciudadanos es una obligación moral

El impacto de que por primera vez desde la Transición gane las elecciones al Parlament un partido comprometido sin ambages ni complejos con la sociedad abierta, el pluralismo y la integración sin reservas de Cataluña en un gran proyecto español cívico y democrático, tendría tal repercusión, introduciría una discontinuidad tan estimulante y traería un cambio de perspectiva tan saludable, que ofrece una ocasión que sería imperdonable desaprovechar. La necesidad de concentrar el 21-D todos los votos constitucionalistas en Ciudadanos es, pues, tan obvia, que aconsejarla y recomendarla constituye para todos los que hemos hecho durante décadas del combate contra el nacionalismo tribal nuestra divisa en la vida pública no ya una muestra de lucidez política, sino una obligación moral.


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