DONALD TRUMP 'Inauguration Day': el discurso de un presidente

La era Trump es una época de repliegue, en la que el nuevo presidente reconoce las heridas del país y se aviene a curarlas. No está claro que él sea el hombre adecuado para hacerlo.

El presidente de EEUU, Donald Trump, pronuncia su discurso tras jurar.
El presidente de EEUU, Donald Trump, pronuncia su discurso tras jurar. Justin Lane - EFE

Cuando Donald Trump lanzó su carrera presidencial por segunda vez, en junio de 2015, muchos entendieron, y yo el primero, que este showman iba a aprovechar espuriamente las primarias republicanas para relanzar su imagen. Ya lo hizo en 2000. Aquél verano, los informativos se divertían recogiendo su discurso nacionalista y proteccionista, su crítica a las élites, sus descalificaciones a los mejicanos, sus desencuentros con la prensa, sus insultos. Tenía toda la cobertura por la que otros pagaban fortunas, y la aprovechó, para sorpresa general, para ganarse el favor de los votantes republicanos y de un número importante de nuevos votantes. La prensa, en general, se ha alimentado del escándalo que producían sus palabras. Le ha descalificado, se ha reído de él, y el propio Trump le ofrecía generoso todos los motivos para hacerlo.

Ya no son las palabras de un advenedizo, de un empresario, de un showman, sino las del hombre más poderoso del país, y del mundo

Este viernes, 20 de enero de 2016, Donald Trump ha recogido lo más señero de su discurso, y lo ha articulado en la primera comunicación a la nación como presidente de los Estados Unidos. Ya no son las palabras de un advenedizo, de un empresario, de un showman, sino las del hombre más poderoso del país, y del mundo. Sus palabras tendrán vigencia al menos cuatro años de la historia, y puede que se extiendan mucho más. Es necesario mirarlas con algo de detenimiento y desentrañar lo que puedan significar para nuestro tiempo.

El tronco del que brotan las ramas de su discurso es el patriotismo. Desde el punto de vista ideológico, su llamamiento no puede volar más bajo. En ocasiones le ha hecho tropezar con el suelo, como cuando ha dicho que una América unida resultará imparable. Pero tenemos que reconocer que Trump no ha necesitado mucho más que eso para ganar la presidencia, y que ha sabido conectar con muchos estadounidenses que no se sentían representados por los dos grandes partidos. No habla para los miembros del club de Harvard; Donald Trump ha dicho en dos ocasiones que quienes se sienten olvidados por las instituciones, por el país, ya no lo estarán más y se ha postulado como su representante en el centro del poder político del país. Tampoco piensa en su impronta en generaciones futuras. Se dirige a los estadounidenses de hoy, lo cual es congruente con el sentimiento de urgencia que le ha dado a su posición política. 

El patriotismo le ha permitido restañar las heridas que él mismo ha contribuido a abrir con motivo de la convivencia de distintas razas de estadounidenses. El amor a la patria, ha dicho con algunas metáforas manidas y cursis, es lo que une a los ciudadanos de aquél país, y les hace ver que son todos hermanos en su pertenencia a una gran nación.

Trump ha robado un lema aislacionista acuñado para evitar la participación de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, ‘America First’

El patriotismo, también, sostiene una rama económica. Trump ha robado un lema aislacionista acuñado para evitar la participación de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, ‘America First’, y lo ha utilizado para decir que todos los países tienen que defender sus propios intereses por encima de los demás, y que él hará lo propio con los de los de los Estados Unidos. Trump se carga, así, dos cosas. Una, el idealismo internacionalista, o lo que se ha llamado el internacionalismo liberal que va de Woodrow Wilson a los neoconservadores. Dos, la confianza en que los intereses de los países son armónicos si se traban en el libre mercado. Para Trump los intereses están compartimentados y lo que gane uno tiene que ser a costa del otro. Es un error gravísimo. Pero la izquierda no puede echárselo en cara; ni la de su país ni la del resto del mundo. 

Trump renuncia a hacer un mundo mejor. Y quizás esto sea bueno. Cuántas veces hemos criticado a los Estados Unidos por intervenir donde no debía. Cuántas veces hemos deplorado ese idealismo arrogante. No. Donald Trump luchará contra sus enemigos directos, y el principal de todos ellos es el terrorismo islámico. Y, recogiendo una idea que es muy anterior a la creación de su país, la de una ciudad sobre una colina a la que todos admiran, Trump ha prometido que su país, bajo su liderazgo, será un modelo sobre el que lo mejor de la sociedad global puede tomar como un ejemplo, como un referente. Es una idea más razonable, menos arrogante, que la pretensión de dictar al resto del mundo cómo debe ser.

Tiene la virtud de apelar al excepcionalismo americano que Obama ha despreciado

Esta última idea es la que le da sentido al lema sobre el que ha construido toda su campaña, y que es el blasón de su recién estrenada presidencia: ‘Make America great again’, ‘Hacer grande de nuevo a América’. No tiene el ritmo rotundo del ‘Yes we can’, y es, en el fondo, un mensaje negativo: reconoce que su país no es lo que era ni lo que debe ser. Pero el lema tiene la virtud de apelar al excepcionalismo americano que Obama ha despreciado y tiene un sentido moral evidente si lo relacionamos con la apelación a la ejemplaridad de los Estados Unidos.

Donald Trump, en cierto sentido, es el primer presidente que sale elegido por un tercer partido. Estrictamente hablando no lo es, ya que ha contado con la marca y la maquinaria política del Partido Republicano. Pero es un auténtico outsider dentro del mismo, y tenía en su contra a muchos de sus miembros más destacados. A la hora de la verdad, cuando ha hablado como 45º presidente de los Estados Unidos, Trump ha logrado mantener su discurso y darle un tinte conservador. Incluso puede decirse que entronca con las ideas, ya que no con la retórica, del discurso de despedida de George Washington, cuando advirtió de que su país debía tener relaciones con todos, alianzas con ninguno.

La era Trump es una época de repliegue, en la que el nuevo presidente reconoce las heridas del país y se aviene a curarlas. No está claro que él sea el hombre adecuado para hacerlo. Pero tiene la oportunidad histórica de demostrarlo.


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