OPINIÓN

Catalanes de segunda

Las instituciones los ignoran. Ni las administraciones, ni los sindicatos, ni las patronales, ni las cámaras de comercio, ni los colegios profesionales, ni los clubes deportivos, ni las asociaciones de todo tipo los representan.

Carles Puigdemont junto a Oriol Junqueras en una sesión del Parlament.
Carles Puigdemont junto a Oriol Junqueras en una sesión del Parlament. EFE

Son los catalanes de segunda.

Se lo han hecho saber de muchas maneras. Su opinión no cuenta. En Cataluña mandan los auténticos catalanes, sean de izquierdas o derechas. Y los auténticos catalanes no se sienten españoles.

Son invisibles para los medios de comunicación autóctonos. Si por casualidad consiguen hacerse un hueco, se les presenta con un rostro anticatalán y antidemocrático

Son una anomalía histórica, demográfica y cultural, invasores o traidores, “xarnegos” o “botiflers”. No son parte del pueblo catalán sino el “adversario del pueblo catalán”; no votan y apoyan a fuerzas políticas que “son de” Cataluña, sino que “están en” Cataluña. Son un obstáculo para el destino manifiesto de Cataluña, para que ésta recupere sus libertades y su esplendor.

Son invisibles para los medios de comunicación autóctonos. Si por casualidad consiguen hacerse un hueco, se les presenta con un rostro anticatalán y antidemocrático. Son los “fachas”, y los humoristas los dibujan con gafas oscuras y banderas con el águila de San Juan.

Las instituciones los ignoran. Ni las administraciones, ni los sindicatos, ni las patronales, ni las cámaras de comercio, ni los colegios profesionales, ni los clubes deportivos, ni las asociaciones de todo tipo los representan. Si voluntaria o forzosamente colaboran económicamente con alguna de ellas, no tienen los mismos derechos que otros contribuyentes. No forman parte de la “sociedad civil”.

Sus símbolos, los que comparten con el resto de los españoles, no tienen cabida en Cataluña

Son peligrosos para la cohesión social. Se empeñan en sostener polémicas absurdas sobre la lengua y la educación. ¿De qué se quejan? ¡Bastante se habla ya el español en la televisión! ¡Demasiado se habla en la calle, y en los patios de los colegios! ¿Acaso quieren segregar a los niños, negarles la posibilidad de “integración” que el sistema les ofrece?

Sus símbolos, los que comparten con el resto de los españoles, no tienen cabida en Cataluña. Su himno, su bandera… es natural que sean objeto de burlas y humillaciones, reacciones “espontáneas” de los verdaderos catalanes en uso de su “libertad de expresión”.

No faltan ejemplos de conversos que han llegado lejos gracias a la adopción de la fe nacionalista

Los llaman “colaboracionistas” y “quintacolumnistas”. Pero la realidad es que el Estado español nunca ha organizado un movimiento de “resistencia” en Cataluña. Muchos políticos españoles tampoco los consideran catalanes de verdad: cuando hablan de dialogar con “Cataluña”, de lo que ésta “quiere” o “pide” no piensan en ellos. Los tratan como un puñado de votos, un instrumento de presión desechable, moneda de cambio, carne de cañón.

¿Deberían aceptar las cosas como son? No faltan ejemplos de conversos que han llegado lejos gracias a la adopción de la fe nacionalista, y que disfrutan de los privilegios de formar parte de la Cataluña oficial… Pero no se resignan, no quieren pasar por el aro. Son obstinados.

Son la mayor esperanza para la libertad en Cataluña.


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