El blog de Josep Prats

Sin novedad en el frente

Si juzgáramos cómo va el mundo económico por el comportamiento de los mercados bursátiles europeos en las seis primeras semanas de este año, podríamos llegar a pensar que estamos al borde de una auténtica catástrofe. Los titulares de la prensa recuerdan los partes bélicos. La economía china se desploma, ello arrastra a la baja el precio del petróleo, la caída del crudo arruinará a muchas petroleras no convencionales que no pagarán sus deudas, llevándose por delante el sistema financiero mundial y provocando una gran recesión. Y todo ello sin contar que en esta concatenación de desastres algunos de los principales afectados son los rusos y los árabes que tienen, literalmente, muchos frentes, incluidos los bélicos, abiertos. Diríase que estamos al borde del crac del 29, que generó una recesión que desembocó en una guerra mundial que solo pudo darse por terminada tras la matanza de millones de personas, las últimas con bomba atómica incluida.

¿Por qué ha caído entonces la bolsa con tanta fuerza?  Porque la bolsa es así. Ya lo hizo el año pasado un par de veces, y volverá a hacerlo el año que viene, y el siguiente, y el de más allá. Se llama volatilidad y es el precio que hay que pagar para obtener rentabilidad.

Afortunadamente este razonamiento rayano en la histeria en Europa no se ha trasladado con la misma intensidad a Estados Unidos, donde están las compañías petroleras que presuntamente quebrarán, los bancos que les han prestado dinero y que deberían desencadenar la tormenta financiera y los ejércitos que acabarán tirando las bombas en las zonas de inminente conflicto. Cuando en Europa las bolsas caen a dos dígitos y pierden un tercio de su valor desde sus máximos del año anterior, en Estados Unidos apenas ceden un 5% en lo que va de año y se sitúan a menos de un 10% de sus precios máximos históricos. Parece que en el enjuiciamiento de potenciales catástrofes los norteamericanos tienen una cabeza un poco más fría. Porque caer menos de un 10% desde máximos es algo perfectamente normal en bolsa, no es necesario que haya pasado nada para que suceda. Y es que, de verdad, nada nuevo ha sucedido.

Todos sabíamos desde hace muchos trimestres que China crecería algo menos, que crecer a dos dígitos cuando el tamaño de su economía ya ha alcanzado, en orden de magnitud, el de la eurozona o el de Estados Unidos, es imposible y que seguir creciendo a dígito alto sigue siendo algo que tiene mucho mérito. Como lo tiene que, en enero de 2016, las ventas de coches sigan aumentando al 13% (incluyendo incrementos del 50% en marcas como Mercedes). Todos sabíamos que con un petróleo por debajo de 50 dólares el barril, las compañías de fracking no ganan dinero. Todos conocíamos la morosidad, reconocida, no ocultada y convenientemente provisionada y supervisada por el BCE de la banca italiana, que es menor en el último trimestre que en los inmediatamente anteriores.

No hay nada nuevo. No hay nada extraño. Los resultados publicados por las grandes compañías norteamericanas y europeas son muy parecidos, incluso algo mejores, a los que preveía la comunidad de analistas.

¿Por qué ha caído entonces la bolsa con tanta fuerza?  Porque la bolsa es así. Ya lo hizo el año pasado un par de veces, y volverá a hacerlo el año que viene, y el siguiente, y el de más allá. Se llama volatilidad y es el precio que hay que pagar para obtener rentabilidad.  


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