El Blog de Ethenea

Cautela ante la incertidumbre de los mercados

Una gran inestabilidad atenaza los mercados, que pasan de la euforia a la depresión más absoluta sin que se perciba signo preliminar algu­no. Los movimientos en los precios del mercado pueden interpretarse como signos de un posible desequilibrio económico que solo puede observarse de manera ocasional y una vez transcurrido bastante tiempo. En el mejor de los casos, las estadísticas son mensuales y los datos que se publican suelen reflejar la situación acaecida uno o dos meses antes. La economía y las finanzas han avanzado de la misma manera que la medicina. Los síntomas y la enfermedad interactúan y están interrelacionadas.

Al combinar todos los datos seremos capaces de leer entre líneas. Dependiendo de si los pacientes están mareados, pero sanos, o si están enfermos, los síntomas del trastorno bipolar tienen un significado realmente diferente. Podemos afirmar que en un entorno mundial deslucido, que se caracteriza por un débil crecimien­to, una tenue inflación, bajos tipos de interés y en general, baja rentabilidad, el límite entre crecimiento y recesión, inflación y deflación, mercados alcistas y bajistas es delgado y la percep­ción juega un papel importante.

En Estados Unidos, los indicadores económicos arrojan signos discordantes. Los fundamentales del mercado laboral son robustos. La tasa de desempleo roza el nivel observado en los años anteriores a la crisis financiera y el grado de ocupación es incluso mayor, lo que se traduce en una fuerte demanda del mercado laboral. Esta imagen se pone en tela de juicio por los resultados que se desprenden de los indicadores adelantados. Si se analiza el crecimiento, podría decirse que la recupe­ración ha sido espoleada por el consumo privado y en menor grado por la inversión. En lo que respecta a la inversión, el desplome de los precios del petróleo ha detenido el ciclo de inversiones en este sector y en otros que han sido directamente castigados por los efectos nocivos del petróleo barato.

La pregunta es si los signos de agotamiento son los primeros síntomas de una enfermedad o si se trata de una situación de apatía causada por los cambios estacionales.

Por otro lado, el consumo privado también ha perdido fuelle. La pregunta es si los signos de agotamiento son los primeros síntomas de una enfermedad o si se trata de una situación de apatía causada por los cambios estacionales. En este contexto, nuestra postura es de cautela. Las pruebas dan a entender que la salud del paciente no ha mejorado. El BPA ajustado ha registrado sus máximos. A día de hoy, no se percibe mejoría. Dicho esto, dada la intensa recuperación de los mercados de renta variable desde mediados de febrero, no cabe duda de que el cuadro médico resulta alentador.

En Europa, por su parte, el paciente se está recuperando, aunque su estado sigue siendo frágil. Este enfermo contrajo la misma crisis financiera, como EEUU, y posteriormente padeció la crisis del euro. El tratamiento de ambas enfermedades ha sido el mismo que en EEUU. El banco central redujo sus tipos de interés y lanzó un programa de expansión cuantitativa. A pesar de esta doble dolencia, el tratamiento llegó tarde, lo que viene a ex­plicar el motivo por el que los mercados laborales se encuentran alejados de su punto de equilibrio.

Las economías europeas no están tan sanas como la estadounidense, si bien mejoran y cuentan con margen para seguir mejorando. Según los indicadores adelantados, no se espera que cobre impulso la recuperación del crecimiento del PIB. La recuperación europea ha sido discreta. El crecimiento ha exhibido un ritmo medio anualizado del 1,1% por trimestre. Mientras que el volumen neto de exportaciones ha pasado inadvertido, el consumo privado representa el 0,5% del PIB, la inversión un 0,3% y el gasto público un 0,3%. A pesar de la debilidad del euro, las exportaciones netas han supuesto una rémora para el crecimiento en los últimos trimestres. En su conjunto, el enfermo parece evolucionar de for­ma positiva y no constituye un foco importante de preocupación.

En el caso de China, la crisis financiera mundial no incidió directamente en ella, aunque su eco­nomía sí se vio golpeada por sus efectos posteriores. Al caer enfermos sus socios comerciales y producirse un retroceso de su demanda, China se levantó el ánimo con una dosis de expansión monetaria mediante el gasto público a nivel local y préstamos bancarios y confiaba en la pronta recuperación de sus socios. Hoy por hoy, la inestabilidad sigue haciendo estragos en Europa y EEUU. China tiene que tratar de aumentar su autosuficiencia. Por un lado, esta idea implica una mayor dependencia del consumo privado, pero también una menor inversión.

Asimismo, tiene que seguir mejorando su productividad y necesita una mayor subida de los salarios para propiciar un auge del consumo. Además de tener que gestionar este proceso de reorientación, tendrá que hacer frente a las salidas de capital y a las fluctuaciones de los precios de todos los activos. En esencia, el paciente chino da muestras de flaqueza en cuan­to deje de recibir su liquidez, por ello adoptamos una postura cauta y esperamos a que se encuentre mejor.


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