El blog de Eguiar Lizundia

La violencia y los ‘peros’

El primer artículo que publiqué en prensa lo titulé Franquismo en la universidad y recuerdo que lo escribí a caballo del autobús A en dirección Moncloa y la línea 3, la amarilla, del metro de Madrid. Acababa de presenciar el primer escrache que se llevó a cabo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense contra Rosa Díez en febrero de 2008, dos años antes de aquel instigado por Pablo Iglesias y ejecutado por Íñigo Errejón. Mi columna reconstruía los hechos que había presenciado en primera persona, entre otras cosas porque por aquel entonces la ubicuidad de las cámaras de los móviles estaba aún por llegar y me preocupaba que aquel intento de boicot de una conferencia política perfectamente legítima no tuviera la denuncia pública que a todas luces merecía. El texto también recogía la reflexión del catedrático de Ciencia Política y ex militante comunista Antonio Elorza, que como presentador del acto no pudo disimular su estupor ante lo que estaba sucediendo: el primer intento de censura a través de la intimidación violenta del que había sido testigo el profesor desde su etapa de estudiante bajo la dictadura de Franco.

Hay algo podrido en quienes son incapaces de solidarizarse sin contemplaciones ante la agresión a un representante político elegido democráticamente

Siete años después me veo en una situación similar, dibujando apuntes mientras me dirijo a casa preso de una desazón comparable ante lo que es sin duda un acontecimiento de una gravedad singular. No sólo por la violencia descarnada que despliega un ataque traicionero y a sangre fría perpetrado por un adolescente de 17 años contra alguien que por edad podría ser su abuelo. Tampoco por los indigentes morales que jalearon al chaval en la calle y que se mofaron del incidente más tarde en Twitter hasta que se enteraron de que más que de una bofetada se había tratado de una trompada brutal y por la espalda.   Sino por todos aquellos, entre ellos muchos amigos a los que respeto intelectualmente, cuya primera reacción fue la de lamentar la cantidad de votos que este “deplorable”, “condenable”, “desagradable” (todos se cuidan muy mucho de empezar por rechazar lo ocurrido, la mayoría de buena fe) incidente, iba a reportar al PP.

Hay algo podrido en quienes son incapaces de solidarizarse sin contemplaciones ante la agresión a un representante político elegido democráticamente.  Especialmente a la izquierda del espectro, llama la atención cómo la mínima tolerancia que se muestra con formas de violencia empíricamente desconocidas por el español medio (como la guerra, la pena de muerte, la tortura de los animales) se convierta en laxitud cuando la víctima de una violencia conocida (quién no ha sido víctima de una agresión física de mayor o menor intensidad) forma parte del bando ideológico contrario. Parece operar aquí un mecanismo que la psicología política estadounidense ha descrito y por el cual los votantes liberales (el equivalente con muchas salvedades a la izquierda como la entendemos en el caso español) y los conservadores se diferencian en los niveles de empatía que muestran hacia los otros. Mientras los liberales tienden a empatizar con aquellos individuos que forman parte de esferas cada vez más alejadas de su grupo más cercano (los niños de países en desarrollo o los inmigrantes, por ejemplo), los votantes de derechas presentarían unas afinidades inversas (la familia por encima del vecindario, o los blancos frente a las minorías, etc.).

En España, parece que junto a este patrón convive un fenómeno adicional que paradójicamente en Estados Unidos es patrimonio de la derecha: la banalización asimétrica de la violencia y sus consecuencias. Desde que empezó la crisis, no hemos parado de oír por parte de políticos y periodistas aseveraciones tan contundentes como que los bancos son responsables de los suicidios y que los recortes matan. La perversión del uso de términos como “fascista” y “nazi” que comenzó la década pasada no sería así si no el prólogo de una tendencia que sólo se ha pronunciado desde el estallido de la burbuja inmobiliaria.

Bajo esta perspectiva, quizá no sorprenda tanto la reacción de muchos al recibir noticias de la agresión de ayer, un auténtico escándalo sin parangón en nuestro entorno inmediato y que es el triste colofón de una campaña ya ensombrecida por las baladronadas sufridas por algunos miembros de Ciudadanos. Vivimos en una sociedad en la que muchos presentan una capacidad pasmosa de identificarse con completos desconocidos de continentes ajenos y sin embargo muestran una compasión timorata cuando la víctima es el presidente de su gobierno. Al fin y al cabo esto no es nada nuevo. Idénticos peros ponían los mismos hasta anteayer cada vez que ETA cometía un atentado.


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