El blog de Eguiar Lizundia

El excepcionalismo español

La idea de que hay algo fundamentalmente único, “excepcional”, acerca de un país, ha sido tradicionalmente atribuida a la tradición política norteamericana. Desde que Tocqueville escribiera La democracia en América existe una línea de pensamiento que considera que Estados Unidos es cualitativamente diferente a otros países que le serían homologables, por ejemplo naciones hermanas anglosajonas como Canadá o Australia o el mismo Reino Unido, por no hablar de la Europa occidental. Como señala Lipset, el reconocimiento de la excepción norteamericana no implica necesariamente un juicio de valor, se trata de la constatación de una desviación relevante de la norma dada por factores como el papel de la religión en la esfera pública, la ausencia de una tradición socialista o comunista, o un Estado del Bienestar relativamente chato.

En España existe una tendencia secular a considerar a nuestra patria como un rara avis, un

outlier en el contexto democrático y occidental europeo

En España existe una tendencia secular análoga a considerar a nuestra patria como un rara avis, un outlier en el contexto democrático y occidental europeo. Espoleada por las devastadoras consecuencias económicas y sociales del estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, en los últimos años esta corriente histórica ha sido resucitada con especial ímpetu por los españoles, siempre dispuestos a sumirse en estados de ánimo colectivos noventayochistas.

Sin embargo, España es un país corriente, estadísticamente normal. En cualquiera de las dimensiones que habitualmente son utilizadas para justificar la supuesta anomalía española, los datos nos muestran que España se sitúa (casi) siempre donde le correspondería por nivel de renta, trayectoria histórica y contexto geográfico. No, en España la corrupción no es escandalosamente alta, sino media, como “nos toca” (de hecho en algunas magnitudes de la misma estamos mejor que los países nórdicos). Tampoco somos el único país plurinacional (de hecho a nivel europeo y mundial esta es la regla) ni muchos menos el único cuya constitución no contempla su disolución. Lo mismo puede decirse de nuestros resultados educativos según mediciones internacionales como PISA, claramente mediocres, pero no muy distintos de algunos países habitualmente considerados líderes como Suecia. 

La gran excepción española, quitando la elevada tasa de paro (hoy en día menos única a medida que Grecia continúa precipitada en el abismo), tiene que ver con la ausencia en el sistema de partidos de una opción abiertamente xenófoba con respaldo popular significativo. A pesar de contar con una presión migratoria, de nuevo, equiparable si no superior a muchos países donde han surgido movimientos más o menos veladamente racistas, en la España de hoy la xenofobia no está representada en el parlamento ni se la espera, al menos en el corto y medio plazo. En un entorno inmediato dominado por el ascenso de movimientos anti inmigración, proteccionistas y euroescépticos el caso español resulta extraordinario.  

Algunos han especulado sobre esta gran singularidad española. Entre otros factores, se apela a nuestra relativamente corta historia como país receptor de inmigrantes, a las características específicas de la inmigración que recibimos (en su mayoría de origen latinoamericano o de países vecinos y por lo tanto más proclive a “integrarse”) y hay quien también arguye claves de tipo económico: los bajos salarios que ocupan los que vienen a establecerse en nuestro país no interesarían a los lugareños, por lo que la competencia y el correspondiente resentimiento no ha lugar.

Probablemente toda estas causas contribuyan a dar cuenta del fenómeno. Sin embargo, estas explicaciones son todas de carácter local e ignoran las tendencias globales que lógicamente también afectan a España. A menudo se dice que el nuevo sistema de partidos emergido en los dos últimos años responde a un cleavage nuevo que va más allá de los tradicionales conflictos entre el capital y el trabajo y el centro y la periferia. Se trataría del contraste entre los ganadores y perdedores de la crisis, un fenómeno que afectaría a una gran mayoría de países desarrollados. Así se definiría la tensión entre las clases que se benefician de la integración en los mercados internacionales y aquellos que sufren las consecuencias de la globalización, por lo general antiguos obreros industriales cuyos puestos de trabajo se han ido a otros países para no volver.

Sea porque el proceso de desindustrialización comenzó mucho antes, en los ochenta con la entrada en la UE, o porque la experiencia como receptor neto de inmigrantes se reveló como un episodio coyuntural, lo cierto es que la divisoria entre ganadores y perdedores de la crisis no es tan clara en España. De hecho, se da la paradoja de que muchos de los teóricamente perjudicados por la crisis son jóvenes sin oportunidades de trabajo conmensurables con su nivel educativo que han visto en la globalización (o en su variante regional, el mercado único europeo) su tabla de salvación. ¿Qué sería de los miles de jóvenes profesionales emigrados que encontraron trabajo acorde con su formación en el extranjero si los actuales movimientos proteccionistas y xenófobos hubieran tenido éxito hace ocho años? Con independencia  de que uno prefiera legítimamente encontrar un empleo en Albacete a aceptar un trabajo en Hamburgo, el hecho objetivo es que estos jóvenes se beneficiaron del mundo abierto previo al crash del 2008.  

En países como Reino Unido, Austria, Alemania en Estados Unidos, hay una correspondencia clara entre aquellos que han visto reducidas sus expectativas y la permanencia en el territorio 

Y he aquí una hipótesis para, volviendo al tema de este artículo, tratar de comprender por qué en España tenemos la gran fortuna de (por el momento) no tener un partido indigenista que amenace la pervivencia de nuestra sociedad abierta, tolerante y cada vez más multicultural. El pivote que ha revolucionado el sistema politico español y que contrapone a ganadores y perdedores está matizado por una diferencia adicional entre los móviles y los inmóviles, o sea, entre aquellos que tienen la capacidad o la disposición de desplazarse por motivos laborales y aquellos que no. Entre los segundos se incluye una amalgama muy diversa, desde el ejecutivo de una gran empresa que viaja por trabajo al veinteañero expatriado en Londres, pasando por el inmigrante de origen marroquí que trabaja en Barcelona. Frente a estos se sitúan aquellos cuyos empleos no tienen apenas vinculación con los intercambios mundiales, un grupo también muy heterogéneo que incluiría a los funcionarios pero también a los trabajadores del sector de la construcción. En ambos grupos hay personas que han podido sortear los efectos de la crisis e individuos cuyas condiciones de vida han sufrido un deterioro importante, lo que hace que sea difícil trazar una divisoria entre aquellos que prefieren cerrar las fronteras y los partidarios de la apertura de forma simétrica a la que separa aquellos que se han beneficiado (o no han perdido) y a aquellos perjudicados por el mundo post-crisis. La dimensión nativo/foráneo se convierte entonces en secundaria, reduciendo los incentivos que tienen los partidos para estructurar su discurso en torno a este eje.

Por el contrario, en países como Reino Unido, Austria, Alemania en Estados Unidos, hay una correspondencia clara entre aquellos que han visto reducidas sus expectativas en los últimos años y la permanencia en el territorio. El hecho de que muchos desempleados españoles hayan aprovechado las oportunidades que ofrece el mundo de fronteras porosas de la globalización, con todos los sacrificios que para muchos esto ha supuesto, puede ser hoy nuestra mejor defensa contra la xenofobia y la intolerancia.


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