OPINIÓN

El arco que va de Obama a Trump

Con Obama el Guadiana del carisma emergió con extraordinaria fuerza, engullendo las posibilidades electorales del resto de candidatos. Así, de la comparación con Obama sólo resultó bien parada otra Obama, Michelle.

Encuentro entre Barack Obama y Donald Trump en la Casa Blanca.
Encuentro entre Barack Obama y Donald Trump en la Casa Blanca. EFE/GTRES

Ya ha ocurrido. Pese a la incredulidad de muchos, Donald J. Trump ha sido investido 45º presidente de Estados Unidos. Y sus primeras medidas en la Casa Blanca no han defraudado a sus seguidores. Con la firma de órdenes ejecutivas en materia de asistencia sanitaria, medioambiente inmigración y comercio, entre otras áreas, Trump ha dejado claro que está dispuesto a implementar su programa a la vez desregulador y nacional-proteccionista. Su estilo de comunicación tampoco parece haber sido afectado por el peso del cargo que ahora ocupa: ensimismado, hipersensible y fabulador, el nuevo “líder del mundo libre” continúa con sus ataques a la prensa desde el púlpito de @realDonaldTrump.

El contraste con Obama es total. A simple vista Trump representa una impugnación absoluta de su predecesor

El contraste con Obama es total. A simple vista Trump representa una impugnación absoluta de su predecesor. Es su negativo fotográfico, a nivel estético y formal, pero también ideológico. Sin embargo, existe un consenso emergente según el cual la consagración del magnate neoyorquino no habría sido posible sin el precedente de Obama. Son varios los comentaristas que han señalado como el movimiento a favor de Trump hunde sus raíces en una reacción contra la figura del último presidente demócrata, incluida su raza. Ta-Nehesi Coates, en su sensacional artículo para The Atlantic, “My President was Black”, lo explica de forma elocuente. Es de sobra conocido que de hecho Trump comenzó su carrera hacia la Casa Blanca cuestionando la legitimidad de su 44º anfitrión; no es descabellado imaginar un resultado diferente si Trump no hubiese contado con el trampolín del “birtherism”(término utilizado por la prensa norteamericana para referirse el movimiento que propagó el bulo de que Obama no nació en Hawái) que él mismo propulsó y del que fue máximo portavoz. 

Otros analistas han ponderado si más allá de la cuestión de si el ascenso de Trump se sostiene sobre una oleada reaccionaria y racista, el legado de la histórica primera campaña de Obama, la cual giró en torno a la idea de cambio con impresionante éxito, es imprescindible para entender la victoria de aquel. Según estos expertos, el electorado estadounidense actual estaría sobre todo interesado en romper con el statu quo, así que una vez certificada la derrota de Bernie Sanders en las primarias demócratas, Trump habría sido la única opción disponible para darle un revolcón al sistema. La hipótesis de la revuelta anti-establishment, si bien discutible, tiene el mérito de ofrecer una explicación plausible para el aparente rompecabezas que plantea la victoria holgada en más de doscientos condados del medio-oeste en los que solo cuatros años atrás ganó Obama con contundencia.

Son legión los que desde el ala progresista del Partido Demócrata reprochan a su antiguo líder no haber hecho lo suficiente para apoyar a los candidatos de su partido

Desde la izquierda también hay quienes imputan la victoria de Trump a Obama. Cada día surgen más voces que critican al expresidente por no haber hecho más para corregir la desigualdad y mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. Gary Young en The Guardian directamente habla de “fracaso” para describir su gestión presidencial. Y son legión los que desde el ala progresista del Partido Demócrata reprochan a su antiguo líder no haber hecho lo suficiente para apoyar a los candidatos de su partido. No les falta razón: desde que tomó posesión en 2009 y con la notable excepción de la campaña de 2016, Obama se mantuvo escrupulosamente fuera de la brega partidista. Muchos de sus correligionarios le acusan justamente de haber mostrado un cierto desprecio por la baja política que es consustancial a toda democracia.

Esta voluntad de mantenerse al margen por elevación está relacionada con un punto adicional de la línea discontinua que une a Trump con Obama. El primer presidente afroamericano consiguió entusiasmar a una mayoría de sus compatriotas de una manera no vista en décadas. Apoyado en su incuestionable carisma, Obama logró niveles de apoyo históricos tanto en 2008 como en 2012, en un momento en el que las instituciones de su país cosechaban los peores índices de confianza desde que existen registros. Así, su notable popularidad durante sus ocho años de mandato se fundamentó casi más en una legitimidad de raíz carismática según el ideal weberiano que en el tipo legal-racional que es propio de los regímenes liberal-democráticos. Obama supo aprovechar esta ventaja a su favor, continuando la expansión del poder ejecutivo y utilizando la comunicación directa con los ciudadanos a través de apariciones calculadas en los programas de televisión y otras plataformas de referencia para sus seguidores.

Sin quererlo, Obama señaló el camino a seguir por su sucesor

Si bien es cierto que la pulsión carismática ha estado siempre presente en la democracia estadounidense (basta pasear por el panteón civil que es Washington para darse cuenta del aura cuasi divina que los norteamericanos confieren a sus presidentes más ilustres), con Obama el Guadiana del carisma emergió con extraordinaria fuerza, engullendo las posibilidades electorales del resto de candidatos. Así, de la comparación con Obama sólo resultó bien parada otra Obama, Michelle. No es pues casualidad que los aspirantes que mejor llegaron a conectar con los votantes durante la pasada campaña, Trump y Sanders, fueran aquellos capaces de desarrollar una habilidad especial para atraer a las masas. Sin quererlo, Obama señaló el camino a seguir por su sucesor. La cuestión que queda por resolver es si la democracia norteamericana puede prescindir por completo de la legalidad y racionalidad en los próximos cuatro años.


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