El blog de Eguiar Lizundia

Nacionalismo de izquierdas

Estos días en Colombia hay un suceso informativo que sobresale por encima de todos los demás: la crisis causada por la repatriación de miles de colombianos y el cierre de la frontera con Venezuela decretado por el gobierno de Nicolás Maduro. Como se ha hecho eco la prensa internacional, Venezuela ha expulsado en los últimos días a millares de ciudadanos colombianos que se encontraban trabajando en Estado venezolano de Táchira, al oeste del país. Las razones esgrimidas para tal severa decisión oscilan desde argumentos de orden público de escasa credibilidad a justificaciones rayanas en la paranoia, como que el vecino andino de Venezuela planea una invasión del país caribeño comandada por el expresidente Álvaro Uribe.

Menor atención en los medios españoles, habitualmente pródigos en sus informaciones sobre Venezuela, han recibido los detalles de esta expulsión masiva de migrantes colombianos

Menor atención en los medios españoles, habitualmente pródigos en sus informaciones sobre Venezuela, han recibido los detalles de esta expulsión masiva de migrantes colombianos. A las redadas y retenes y las amenazas en canales de radio y televisión hay que sumar tácticas de intimidación efectivas como el uso de marcas en las casas de aquellos colombianos que aún no han abonado el país. El resultado ha sido la marcha desesperada de personas que en muchos casos llevaban décadas viviendo al otro lado de la frontera, que en su huida han tenido que abandonar sus bienes, trabajos y seres queridos.

Desgraciadamente, esta es sólo una tropelía más en la larga lista de atropellos del ejecutivo de Maduro a las libertades civiles de los habitantes de Venezuela. La diferencia es que en esta ocasión las acciones de Caracas ponen de relieve un rasgo crítico del régimen chavista desde sus inicios: su furibundo nacionalismo.

Y es que a pesar de ser un elemento evidente y constitutivo del “socialismo del siglo XXI”, el nacionalismo radical de sus ejecutores domésticos y valedores internacionales queda a menudo relegado a un segundo plano frente al análisis de sus aspectos más izquierdistas. Parte de la culpa la tiene la derecha, lógicamente interesada en destacar los fundamentos socialistas y post-marxistas del fenómeno. Sin embargo, existe una razón más poderosa para explicar esta escasa atención al sustrato nacionalista del chavismo, que no es otra que la creencia extendida de que nacionalismo e izquierda son conceptos mutuamente excluyentes.

A nivel dogmático es evidente que el marxismo es una ideología inherentemente internacionalista, en tanto que patria sólo hay una y es la proletaria. La praxis histórica hasta nuestros días, no obstante, demuestra lo contrario

A nivel dogmático es evidente que el marxismo es una ideología inherentemente internacionalista, en tanto que patria sólo hay una y es la proletaria. En sus versiones postmodernas, el socialismo también se presenta como un movimiento postnacionalista, defendiendo alianzas revolucionaras entre países y adoptando un lenguaje de emancipación universalista. La praxis histórica hasta nuestros días, no obstante, demuestra lo contrario. La tragedia de estas semanas en Venezuela es su manifestación más reciente, en una trayectoria que va desde las deportaciones de los tártaros en la Unión Soviética al terrorismo de ETA pasando por la limpieza étnica de uigures en China.

En España tampoco somos ajenos a esta tendencia. En nuestro país a los habituales partidos nacionalistas periféricos de izquierda les acompañan facciones izquierdistas de diferente adscripción que son esencialmente nacionalistas. Del último brote de este nacionalismo, que a diferencia de sus homólogos catalanes, gallegos y vascos, no se considera tal, hemos sido testigos la semana pasada. La retirada de la invitación—luego felizmente corregida—a participar en el Rototom a Matisyahu por el hecho de ser judío y no posicionarse sobre el conflicto israelí-palestino sólo puede entenderse desde la óptica del nacionalismo, por mucho que una mayoría de sus instigadores la defienda como una medida de solidaridad con Palestina.

Porque no es casualidad que la víctima de esta inadmisible discriminación sea un judío (si el verdadero objetivo era solidarizarse con la causa palestina, ¿por qué no se les exigió la misma pureza ideológica a otros artistas?). Es un hecho histórico que los judíos han constituido siempre el enemigo de todos los nacionalismos, en la medida en que el pueblo hebreo representa como ningún otro el cosmopolitismo, es decir, la antítesis de la ideología nacionalista. En España, el antisemitismo tiene una especial significancia dentro de los distintos nacionalismos ibéricos. El rechazo al judío es una pieza clave de los nacionalismos vasco y español, como señalan Jon Juaristi y Jose María Marco, respectivamente. De hecho es a este último y a su libro Sueño y destrucción de España. Los nacionalistas españoles 1898-2015 (Planeta, 2015) al que le debemos la constatación de la existencia del nacionalismo español de izquierdas, generalmente considerado ausente más allá de las declaraciones extemporáneas del algún barón socialista y el uso de una bandera recién descubierta.

El mínimo común denominador del independentismo en Cataluña es el rechazo al imperio de la ley, los derechos individuales y el pluralismo, claves de bóveda de la democracia liberal

Siguiendo a Marco, el nacionalismo español de izquierdas se asemeja al de derechas en su antiliberalismo, una característica que también comparte con otros nacionalismos como el catalán. De hecho, si algo nos ha demostrado el convulso panorama político actual es la raíz esencialmente antiliberal de los nacionalismos españoles. El mínimo común denominador del independentismo en Cataluña es el rechazo al imperio de la ley, los derechos individuales y el pluralismo, claves de bóveda de la democracia liberal. Del lado del nacionalismo estatal ocurren tres cuartos de lo mismo. Los verdaderos nacionalistas de hoy en día—toda vez que la extrema derecha española continúa en la marginalidad—no son otros que la izquierda populista de Podemos, que tiene como ya tuviera Franco a la democracia constitucional (qué otra cosa si no es “el régimen”) como su principal enemigo y a un pueblo benéfico y puro como su fuente de inspiración. Entre la anti-España de los rojos y “la casta” la simetría es perfecta.

En su faceta más feroz, ya sabemos cómo acaba siempre el nacionalismo: en desabastecimiento, pogromos y deportaciones como las que están ocurriendo actualmente en Venezuela. Pero incluso allí donde sus consecuencias no llegan al extremo, los nacionalismos siempre generan conflicto, empobrecimiento cultural y material y, en general, sociedades menos libres y prósperas. Los de derechas y los de izquierdas.

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Imagen: Libertinus, Flickr


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