El blog de Eguiar Lizundia

Cataluña y la importancia del precedente

Llevamos varias semanas (meses o incluso años, dirán muchos) de una dramatización creciente a cuenta del llamado procés catalán. Pareciera que todo lo que está ocurriendo en Cataluña fuera inédito y que se tratase de la primera vez en la Historia que el nacionalismo plantea un desafío de enormes proporciones a la democracia española. Las performances callejeras, la imputación del president de la Generalitat, las hojas de ruta hacia la soberanía, son presentadas como acontecimientos históricos por parte de sus promotores y de la prensa de todo signo; la creencia extendida es que nos encontramos en terra incognita y que el futuro es altamente incierto.

Los precedentes de los hitos pretendidamente únicos a los que estamos asistiendo están ahí y se remontan tanto al período constitucional actual como a los tiempos de la II República

Sin embargo, la realidad es que, con todos los matices, la situación actual es un completo déjà vu. Como ya han señalado varios analistas, los precedentes de los varios hitos pretendidamente únicos a los que estamos asistiendo están ahí y se remontan tanto al período constitucional actual como a los tiempos de la II República. El intento de golpe de estado y la proclamación del Estat catalá por parte de Lluis Companys y el caso Banca Catalana y la reacción popular en apoyo del ex molt honorable Jordi Pujol son quizá los dos antecedentes más reseñables. Fuera de Cataluña, el malogrado Plan Ibarretxe  es la referencia obligada, pero abundan otros incidentes que guardan semejanzas evidentes con el órdago que encabeza hoy en día Artur Mas: baste recordar la condena al que fuera presidente del parlamento vasco Juan María Atutxa.

Con este telón de fondo, parecería justificado adoptar una actitud más fría en el análisis del proceso separatista. La tendencia general no obstante es la contraria; en parte por la gravedad bien real que comporta el desafío del nacionalismo, el cual no debe ser minusvalorado, pero también por la querencia muy de nuestros días de aproximar los fenómenos desde la inmediatez y sin echar la vista atrás ni siquiera unos lustros. Se impone el adanismo político que en España inauguró José Luis Rodríguez Zapatero y que Pablo Iglesias ha elevado a epistemología en Podemos. De la tragedia a la farsa en menos de una década.

De todas las soflamas que pueblan el programa de los promotores de la secesión, quizá la más entrañable sea la pretendida certeza de que en una Cataluña independiente la calidad de la gestión de la cosa pública sería inmediatamente muy superior

Aunque en esta carrera de adanes llevan clara ventaja los independentistas. De todas las soflamas que pueblan el programa de los promotores de la secesión, quizá la más entrañable sea la pretendida certeza de que en una Cataluña independiente la calidad de la gestión de la cosa pública, es decir el buen gobierno o gobernanza, sería inmediatamente muy superior. Más allá de la abundante evidencia contraria a la idea de que Cataluña tenga una cultura política significativamente distinta a la del resto de España y de los comparativamente negativos indicadores de la región en materias como el control de la corrupción, por ejemplo, merece la pena preguntarse cuál sería la probabilidad de que si no ipso facto, en un futuro no lejano, una hipotética república catalana estuviera mejor gobernada que la comunidad autónoma con capital en Barcelona.

El argumento adanista catalán es que, liberada del lastre financiero y político que es el estado español, una Cataluña soberana podría alcanzar su pleno potencial y convertirse en la Dinamarca del Mediterráneo.  Es decir, que a través de la catarsis de la independencia los catalanes se transformarían automáticamente en gobernantes y ciudadanos modélicos perfectamente homologables a sus referentes nórdicos, desterrando todas las tendencias incívicas y políticamente subóptimas que a la fecha les entroncan con sus todavía compatriotas y sus vecinos sureuropeos.

Un análisis de las mutaciones institucionales ocurridas tras la emancipación de una selección de países nos muestra, no obstante, que las prácticas políticas y de gobierno arraigadas resultan altamente estables en los escenarios post-independencia. En su libro Por qué fracasan los países (Deusto, 2012), Daron Acemoglu y James A. Robinson constatan cómo las diferencias de desarrollo a nivel mundial pueden ser explicadas a partir de divergencias en las tradiciones institucionales. Allí donde echaron raíces instituciones que ellos llaman inclusivas (separación de poderes, mercados libres y abiertos, entre otras)  el camino hacia la prosperidad y la democracia fue menos accidentado. Por el contrario, aquellas naciones con un pasado caracterizado por prácticas económicas y políticas extractivas presentan mayores dificultades para consolidar sociedades del bienestar y democráticas.

Es cuanto menos improbable que un futuro estado catalán mejorase su posición relativa en lo referente a la calidad de su democracia frente al resto de Europa

Esta dificultad para desembarazarse del bagaje institucional se debe según Acemoglu y Robinson a la concurrencia de círculos viciosos que refuerzan las dinámicas prexistentes. Es decir,  una  apertura limitada de la política y la economía engendra a su vez menos oportunidades para la participación ciudadana en los procesos de toma de decisiones y los intercambios comerciales. La clave para romper la tendencia extractiva estaría en la conformación de coaliciones lo suficientemente amplias y capaces de servir de contrapeso al régimen. En la Cataluña actual, tal como señalaba no hace mucho Benito Arruñada en un artículo publicado en el diario El País, existe una alianza de facto entre el poder político y un sector predominante de la clase media local —al  que Arruñada se refiere como clerecía— que tiene incentivos para apuntalar instituciones extractivas a través de la restricción de la competencia y del favoritismo al grupo de insiders frente al resto. En este contexto, resultaría cuanto menos improbable que un futuro estado catalán mejorase su posición relativa en lo referente a la calidad de su democracia frente al resto de Europa, al menos en el mediano plazo.

La conclusión es que la independencia de un territorio no supone de por sí un cambio en la forma en que este se relaciona con sus habitantes. Es lo que otros estudiosos de la ciencia política y la sociología han venido en llamar path dependency o “dependencia de la trayectoria”. Puesto de forma simple, se trata de la idea de que la Historia —el precedente— importa y condiciona la realidad empírica incluso después de una coyuntura crítica como es la aparición de un nuevo estado. De forma más general, esta noción introduce cautela a la hora de estimar el potencial impacto de los proyectos de transformación ambiciosos que se imponen desde arriba. Y es que como decía un querido profesor mío de la facultad, si uno pudiera llevar a cabo el experimento de implantar el sistema educativo finlandés en Valencia… seguiría obteniendo falleras.


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