Economista ciudadano

¿Para cuándo la fusión sindical?

En el devenir histórico de la joven democracia española van cayendo mitos, se van remozando instituciones y van encajando las nuevas realidades políticas y sociales, como se ha comprobado en las elecciones celebradas ayer en España.

La sociedad ha empujado a este cambio, fruto también de la progresiva madurez democrática, pero todavía quedan rémoras que sostienen, de alguna forma, las reticencias al cambio que se manifestaron a partir de 1978. Una de estas rémoras es la existencia de dos sindicatos de clase que luchan, de forma a veces demasiado individualista, por preservar las conquistas sociales y laborales logradas por nuestros mayores hace ya mucho tiempo.

La coexistencia de dos sindicatos de clase sigue siendo una rémora del 78

La realidad de estas dos organizaciones, afines en lo ideológico y en los objetivos, es que siguen dándose la espalda en lo orgánico, algo incomprensible en un momento, además, de debilidad del movimiento sindical, fruto del desmantelamiento de las relaciones laborales impuesto por el capital. Hoy más que nunca, el movimiento sindical, lo mismo que el sistema político, necesita un revulsivo, algo similar al 15M, para que la sociedad y los propios trabajadores recuperen la fe en un elemento crucial de cualquier Estado democrático y de derecho.

Las sucesivas reformas laborales implementadas en España, especialmente la última, han seguido el dictamen inequívoco del FMI y los ideólogos de la flexibilidad interna

Las sucesivas reformas laborales implementadas en España, especialmente la última, han seguido el dictamen inequívoco del FMI y los ideólogos de la flexibilidad interna, que básicamente lo que busca es inhibir la idea de pertenencia a una clase o a un grupo, fomentando la disgregación en las relaciones laborales, y especialmente señalizar a los trabajadores que la única forma de prosperar es como individuo, algo tan falso, como mezquino, propio de una falsa idea de la libertad individual. Con estos mimbres, poco a poco, la sociedad española, pero también la europea, han ido perdiendo afiliación sindical, gracias, también, a la terciarización de la economía y a la precarización, que poco a poco ha ido minando la esperanza de un mercado laboral más cohesionado, mejor formado y más unido.

Las reformas laborales, el paro, el FMI y el coro mediático han logrado diluir el papel de los sindicatos

Pero también las organizaciones sindicales, igual que los viejos partidos, no han sido capaces de ofrecer un nuevo marco de atracción para trabajadores nuevos, para las nuevas realidades socioeconómicas, y especialmente para los jóvenes que se van incorporando al mercado laboral que ni conocen, ni quieren conocer lo que es y para qué sirve un sindicato. La nueva realidad laboral que nos espera tiene muchos retos que hay que estudiar, conocer y especialmente amoldar el papel de un sindicato a ellos. En el futuro no tan lejano, los trabajadores cambiarán de empresa múltiples veces, se entrará más tarde en el mercado laboral, se finalizará mucho antes y quedarán colectivos desguarnecidos a lo largo de su vida profesional.

Los errores y las malas práxis de los sindicatos también explican la pérdida de influencia y afiliación

Para luchar contra todo esto, el movimiento sindical tiene que dejar aparte los problemas personales, de ego, y afinidades políticas o partidistas. La sociedad española, como ya hizo la alemana, tiene que transitar hacia un modelo sindical único, con la fuerza y la credibilidad suficiente para devolver la viabilidad y la utilidad a todos aquellos trabajadores y trabajadoras que hoy se sienten huérfanos, observando en algunos casos, cómo se pelean colectivos afines por mantener una cuota de poder o un sillón en algún comité. Esto responde a un patrón de comportamiento muy burocratizado, obsoleto y dañino para los intereses de los trabajadores, aquellos a los que hay que representar de verdad. Otros factores, como los casos aislados de corrupción y las medias verdades sobre su propia financiación, también han hecho daño, pero todo ello no sería así, si se gestase, al estilo del IG Metal, una verdadera organización profesionalizada que pudiese ser ese interlocutor que todos estamos esperando.

Hay que abandonar las luchas personales y partidistas y converger en una única organización de clase

El primer paso debería ser la culminación de las fusiones internas que están llevando a cabo tanto UGT, como CCOO, para después iniciar el camino que les llevase a la fusión en una única organización de clase, más grande, transparente y con la fuerza suficiente para devolver a los trabajadores la sensación de pertenencia a una clase, la trabajadora, que no se puede enterrar por RD, o por editoriales de medios de comunicación que, en algunos casos, no pagan a sus trabajadores hace mucho tiempo.

No hay que perder la esperanza de que mañana los trabajadores despierten del letargo de la ilusión monetaria en la que han estado inmersos

Esta fase será la más dura, es decir, conseguir que todos aquellos trabajadores por cuenta ajena entiendan que sus intereses no coinciden con los de la otra aparte. Es cierto que en España no es factible, de momento, la cogestión, como sí funciona en Alemania, pero no hay que perder la esperanza de que mañana los trabajadores despierten del letargo de la ilusión monetaria en la que han estado inmersos, y más allá de clichés, entiendan la importancia de la negociación colectiva. Las herramientas para todo esto pasan, también, por crear un cuerpo de análisis económico riguroso e independiente de las propias cúpulas sindicales que les permita ganar reputación entre la sociedad, algo parecido a lo que tiene IG Metal en Alemania con la Fundación Hans Bockler. Esta organización que gestiona un presupuesto de más de 60 millones de euros anuales, sufragados por los Comités Paritarios, es respetada y tiene entre sus actividades la realización de estudios económicos, previsiones y asesoramiento a los Comités de Empresa, siempre desde una óptica sindical, pero rigurosa y científica. Ello permite contrastar, a través del IMK (Instituto Keynesiano de Macroeconomía), a trabajadores, pero también empresarios y gobierno, que hay políticas alternativas y que no existe una única opción para los trabajadores: la pérdida continua de derechos laborales.

El modelo a imitar es el del IG Metal, salvando las diferencias en tamaño y volumen de afiliados

En suma, la sociedad española está empujando a los grandes partidos a un cambio profundo, lo que ha permitido el surgimiento de otras formaciones que, esperemos, puedan no frustrar todo el caudal humano que se ha gestado en las plazas y que tiene ante sí, ahora, una gran tarea: saber gestionar. Ahora toca que la misma energía se emplee en lograr una unión real de los dos grandes sindicatos de clase que devuelva la ilusión a los grandes perdedores de esta crisis: trabajadores jóvenes, mayores de 45 años, inmigrantes y mujeres. El tiempo pasa y es urgente. Empiecen por crear pequeñas instancias que nos permitan converger, en términos relativos siempre, al modelo alemán, tal vez el más coherente y eficaz hasta ahora.  


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