Economista ciudadano

Volkswagen o la gran estafa del capitalismo

El ideario colectivo en Occidente, pero también de alguna forma en Oriente, es que el sistema capitalista es el la única vía sostenible y eficiente de organización y producción económica, que consagra además, la libertad individual y empresarial. Este argumentario, tan idílico como falso, ha calado entre la ciudadanía y hoy nos hemos entregado a él, a pesar de todos los episodios que contradicen dicho mantra, y a pesar del clima de pobreza, corrupción, nepotismo, desigualdad y ausencia absoluta de valores que caracteriza al sistema capitalista tan venerado por las clases dominantes.

Este sistema capitalista corrupto e ineficiente sigue siendo el modelo a imitar

Este clima de euforia sobre la superioridad moral y económica del sistema capitalista sobre el resto de los modelos, cuyos resultados son, sin duda, igualmente deplorables, debe empezar a ser cuestionado si queremos dotarnos de verdad de un sistema económico que devuelva la dignidad al ser humano y le arranque de una vez por todas, el virus de la acumulación de riqueza a cualquier precio. Esta enfermedad, que se transmite de padres a hijos, se ha colado en multitud de libros de texto para niños que son educados en el individualismo y en la búsqueda frenética del enriquecimiento rápido y sin escrúpulos, aunque para ello tengan que pisar y pasar por encima al que tienen al lado, o incluso a sus padres o amigos.

La realidad nos muestra es que los controles se burlan a base de un elemento muy primario: el soborno

La acumulación obscena de riqueza sin mirar el origen sigue siendo la tónica global

Bajo el paraguas de la libertad individual y empresarial se han ido despojando todos los controles públicos cuya misión era preservar la calidad y la legalidad de los bienes y servicios producidos para que los consumidores tuviesen la certeza, ante la información asimétrica existente, de que los productos ofrecidos cumplen las normas básicas. La perversión de la regulación para los liberales es precisamente la causa del mal funcionamiento del mercado como instrumento básico de asignación eficiente de recursos entre oferentes y demandantes. El resultado de todo este proceso es que, a pesar de que existe regulación teórica que debería regular el comportamiento depredador del capitalismo actual, la realidad nos muestra es que estos controles se burlan a base de un elemento muy primario: el soborno. Es decir, el dinero es capaz de comprar todo tipo de voluntades que quiebra cualquier veleidad humana que ose defender al eslabón más débil de la cadena: el consumidor.

La existencia de regulación que atempere los resultados es soslayada mediante sobornos

La alternativa que preconizan los más hooligans en este campo, los anarquistas, es que desterrando toda norma o regulación, el mercado se autoregula y las empresas, en un ataque de ética sobrevenida, actuarían conforme a derecho y defenderían los derechos inalienables de los consumidores. Un ejemplo palmario es lo declarado por Esperanza Aguirre a propósito de la prohibición para circular en el centro de la ciudad para evitar la contaminación. Si no hubiera regulación, las empresas productoras y los usuarios automáticamente actuarían pensando en el bien común: el aire limpio, y dejarían el coche en casa cuando notasen que tienen dificultades para respirar. Aunque también negarían siempre la relación entre enfermedades pulmonares y contaminación ambiental, de igual forma que se niega el cambio climático.

La publicación de la gran estafa perpetrada por el grupo Volkswagen para burlar los controles de emisiones de partículas nocivas al medio ambiente es un ejemplo perfecto de la podredumbre del sistema. Por un lado, este grupo alemán, y otros, presumían de practicar un capitalismo con rostro humano, el llamado capitalismo renano. Eran empresas donde la cogestion entre trabajadores y empresarios permitía repartir algo mejor la tarta de los beneficios, en la que se primaban supuestamente los beneficios sociales para los trabajadores y donde se hacía bandera de la calidad del producto y la ética de sus dirigentes. Este pacto, que se firma tras la II Guerra Mundial ha ido poco a poco rompiéndose a medida que el capitalismo industrial ha degenerado poco a poco en capitalismo financiero.

Con el cambio de paradigma económico hacia lo financiero, se ha producido una gran mutación

La gran estafa perpretada por Volkswagen explica el funcionamiento del sistema

Con el cambio de paradigma económico hacia lo financiero, se ha producido una gran mutación. Ahora ya no es rentable producir bien, con un precio razonable y tener unos beneficios lógicos para poder retribuir a las fuerzas productivas. Ahora, hay que retribuir en primer lugar al accionista y eso supone que la creación de valor ya no se asienta en la producción. Se asienta en recalentar lo más posible los mercados financieros, incluso con acciones que vulneren la mínima ética o incumplan la regulación vigente, no solo la propia, sino la ajena. Esto es lo que ha motivado a Volkswagen a perpetrar este fraude masivo que les ponía a la cabeza de la eficiencia energética, y con ello, la patena de ser el líder absoluto del sector. Por supuesto, que incluso, han cobrado subvenciones públicas para presumir de dichos avances tecnológicos que trucaban los vehículos. El resultado de todo esto es claro. El capitalismo de rostro amable no existe, tal vez no existió nunca, y lo único que vale es la acumulación desmedida de capital, y su reparto lo más asimétrico posible.

La obsesión por el valor del accionista ha despojado de cualquier valor al producto y al consumidor final

La gran pregunta que surge es, ¿qué pasa con el consumidor?, ¿quién le defiende en un mundo globalizado? La respuesta es clara: nadie. El consumidor está indefenso porque las empresas ya no buscan fidelizar al cliente, saben que reduciendo los precios, de forma artificial y temeraria, tienen al consumidor cogido y atrapado. El capitalismo se encarga de reducir cada día más las rentas salariales, les engaña entregándoles acciones de las propias empresas para hacerles cómplices de las políticas de maximización del valor del accionista a costa de reducir salarios y calidad del producto.

La batalla de la ética, de la búsqueda del bienestar de todas las cadenas de valor en una sociedad humanizada está perdida

El consumidor es el gran olvidado del sistema capitalista

En resumen, el caso de Volkswagen es sintomático. La batalla de la ética, de la búsqueda del bienestar de todas las cadenas de valor en una sociedad humanizada está perdida. La excusa es siempre la misma. Los gestores de las empresas están idiotizados con el valor del accionista y matarán a quien sea para conseguirlo. Su salario depende de ello, no de que los productos sean buenos y que los clientes estén satisfechos. Y en esta jungla los reguladores son meros espectadores que tras firmar y sancionar las leyes, pasan al cuarto oscuro a recibir pingues beneficios por hacer la vista gorda. El mismo cuarto en el que se juntaban los compradores y vendedores de pisos en España para los pagos en dinero negro, con el beneplácito del señor notario. Visto este sistema tan corrupto e ineficiente a la vez, no me extraña que la heroína en los libros de texto de colegios concertados en España sea Esperanza Aguirre. Esto es lo que se enseña en dichos centros, y si sus hijos no lo aprenden serán unos desclasados. Por si acaso, el mío termina este año con la lección bien aprendida.


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