Pocos indicadores en España generan tanto bochorno y sonrojo como la tasa de paro juvenil. Y no sólo por la certeza de que miles y miles de jóvenes viven un presente embarrado y afrontan un futuro sombrío. El nivel récord de desempleo obedece, en el fondo, a la falta de miras y al egoísmo cerril y partidista de los políticos que han pasado por el Gobierno, o la oposición, sin la valentía suficiente para pactar lo realmente importante: las reformas sólidas, duraderas e inquebrantables del mercado laboral y del sistema educativo.

Los gobiernos de las dos últimas décadas -sin importar demasiado el color- han combatido el elevado paro juvenil con distintos planes de empleo, cimentados en multitud de ejes y propuestas, cargados siempre de buenas intenciones y vacíos de lo esencial: las ganas de reformar un marco laboral rígido, que invita al abuso de la temporalidad; y una educación que avanza a espaldas de las empresas, que no ayuda a casar la oferta y la demanda de mano de obra, que genera -sin término medio- legiones de jóvenes con escasa formación o sobrecualificados.

El último paquete de medidas lo presentó este martes la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Según el documento, de 86 páginas, “el plan engloba 50 medidas divididas en seis ejes, que se alinean con los objetivos establecidos y los ámbitos de actuación considerados prioritarios en los próximos tres años: recuperar la calidad del empleo, luchar contra la brecha de género en el empleo y reducir el desempleo juvenil”. El Gobierno quiere “situar a las personas jóvenes como protagonistas de su trayectoria hacia el empleo digno por medio de itinerarios personalizados integrados en un sistema de orientación para el empleo cualificado y estable”.

Ningún experto se atrevería a plantear objeciones a la noble meta que plantea el Ministerio. El plan ‘Garantía Juvenil Plus’ repite muchas de las recetas que ya recopilaron otros gobiernos. Hay apuestas serias, como el presupuesto (casi 5.000 millones); y otras más 'naif', como la de formar a jóvenes para pastor o apicultor en la España vaciada. Los verdaderos problemas son el largo horizonte de aplicación (de aquí a 2027) y las dificultades para alcanzar el escenario idílico que esboza el Gobierno.

La estadística demuestra que ninguno de los planes de empleo adoptados ha servido para taponar las heridas. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero ocupó el Palacio de La Moncloa, la tasa de paro juvenil superaba ya el 22%. Y eso que la España de entonces, como presumía José María Aznar, iba bien. El líder socialista dejó en herencia a Mariano Rajoy un desempleo desbocado entre los menores de 25 años, del 48,9%, muchos de ellos víctimas de la crisis del ladrillo. Cuando Pedro Sánchez ganó la moción de censura, el paro aún afectaba, pese a la recuperación, al 34,1% de los jóvenes. Y, en la actualidad, alcanza el 37,7%, la tasa más alta de la UE.

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, en uno de sus encuentros en Moncloa.

Las cifras certifican que el problema está enquistado. Es decir, no son pinchazos puntuales sino una avería estructural. La Encuesta de Población Activa aporta otros datos esclarecedores. El paro de larga duración entre los jóvenes registra los peores niveles en un lustro: Casi 200.000 parados de entre 20 y 29 años llevan más de un año buscando -sin éxito- un empleo. El registro de desempleados con estudios superiores también es el peor desde 2015: 32.400 de 25 a 29 años y 20.300 de 20 a 24 años.

Tras la estadística afloran las carencias perpetuas del sistema educativo, que ha ido variando a golpe de reformas sin consenso. “Llevamos decenios diciendo que debemos mejorar nuestro sistema educativo e intentándolo del modo más fácil y mas inútil: cambiando leyes”, recuerda el filósofo y escritor José Antonio Marina en su ensayo ‘Despertad al diplodocus’.

El Observatorio Empresarial para el Crecimiento Inclusivo cita, entre los dramas principales, la “elevada polarización de la educación en España”. Ningún gobierno ha trabajo, de verdad, para que parte de la sociedad deje de considerar la Formación Profesional como una salida 'inferior'. Esta inercia se ha traducido en “la reducida apuesta de los jóvenes españoles por la formación técnica y vocacional”, lo que, a su vez, provoca una “falta de perfiles técnicos de menor cualificación”. Este camino lleva, según este Observatorio, a que los universitarios licenciados “acepten puestos de trabajo para los que están sobrecualificados, lo que produce niveles de frustración laboral a medio plazo”.

Javier Blasco, director del Adecco Group Institute habla de otra “polarización”, provocada por “la rigidez de nuestra normativa y el coste del despido”. “A medida que avanza nuestra vida laboral, los multiplicadores del salario y la antigüedad elevan el coste del despido exponencialmente, mientras que a los más jóvenes, con menores salarios, les sitúa en una situación de mayor vulnerabilidad ante el despido y la rotación laboral indeseada”, explica Blasco. Los jóvenes, poco o demasiado formados, saltan desde las aulas a un terreno de juego laboral abonado para la precariedad.

Paro juvenil: Un camarero extranjero, en una terraza de Madrid
Un empleado joven, en una terraza de Madrid. EP

Blasco recuerda que los jóvenes están “sobrerrepresentados en sectores con mayor estacionalidad y con culturas e inercias a favor de una temporalidad no siempre justificada”. Hablamos del sector servicios, que incluye ramas como la hostelería, el comercio y el turismo, que representan un 20% en del PIB, muy por encima de otros países del entorno. O la construcción, que siempre ha atraído mano de obra joven en épocas benignas para expulsarla cuando pintaban bastos.

El director del Adecco Group Institute recuerda que los jóvenes sufren especialmente “una cultura legislativa que, a través de múltiples tipos de contratos y complejos sistemas de contratación temporal, ha generado una inseguridad jurídica que se traduce en la consolidación de prácticas de contratación irregulares”.

Paro juvenil: un problema político

El problema de fondo, por tanto, vuelve a ser político. Al igual que ocurre con la educación, PSOE y PP han sido incapaces de pactar un marco laboral más sencillo y, sobre todo, duradero. Al contrario, empresas y sindicatos han lidiado durante dos décadas con reformas y contrarreformas. Sin ir más lejos, la ministra de Trabajo está embarcada hoy día en la misión de anular las reglas que dejó Rajoy.

El mero hecho de que España carezca de una industria más potente tiene que ver, en parte, con esa eterna incertidumbre a la que se enfrentan los empresarios. Porque el sector industrial necesita inversión intensiva; y la incertidumbre ahuyenta al dinero, sobre todo, si viene del extranjero.

Dado que los problemas estructurales están plenamente identificados, encararlos como se debe es sólo una cuestión de actitud. En su libro ‘El dilema de España’, el economista -y actualmente eurodiputado de Cs- Luis Garicano planteaba una dicotomía: nuestro país puede pelear para ser “la Dinamarca del sur” o seguir hundiéndose hasta convertirse en “la Venezuela de Europa”. Que el futuro de España oscile en uno u otro sentido dependerá del nivel de los gobernantes y de su sentido de Estado. El pasado reciente, por ahora, invita a predecir que los jóvenes que deben sostener las pensiones futuras tendrán pocas opciones de encontrar un trabajo. Ni siquiera de pastores.