Invertir ha dejado de ser una actividad atractiva. Desde que la Reserva Federal de EEUU y el Banco Central Europeo decidieron intervenir en los mercados durante la crisis financiera de 2008 nada ha vuelto a ser igual. No solo no es atractiva sino que, además, ha dejado de ser altamente rentable, incluso cuando las agencias de calificación de solvencia califican las emisiones de deuda de estados y empresas de “especulativas” o lo que es igual, cuelgan a los bonos que colocan en el mercado el cartel de “bonos basura”.

El diferencial de lo que le cuesta a un país desarrollado financiarse en el mercado y lo que le cuesta a un país o una empresa de dudosa rentabilidad y futuro ha alcanzado mínimos históricos en estos últimos días. Lo que los técnicos llaman “spread” se sitúa en estos momentos en el entorno de los tres puntos porcentuales, cuando hace apenas un año, en plena explosión de la pandemia, alcanzó los 11 puntos en Estados Unidos y se acercó a los 9 en la Eurozona.

Con los últimos datos disponibles, el tipo de interés medio de los bonos soberanos en la zona euro está actualmente en el 0,49%, mientras el de los países de Europa central y oriental paga un 3,86% y el de los países emergentes, un 4,91%. Cuando alguien compra un bono soberano o de una empresa no hace otra cosa que prestar dinero al Estado emisor o a la compañía. El tipo que se exige a cambio de ese dinero depende del riesgo de a quién se lo vas a prestar.

No es lo mismo prestar dinero a Alemania o Estados Unidos, con calificación triple “AAA” de las agencias Sandard & Poor's, Mooody's o Fitch, que prestárselo a Turquía o Argentina, que tienen, por historial, un alto riesgo de no devolver el dinero adelantado. Para prestar a estos países o a compañías con calificaciones por debajo de “BBB” (aprobado) los compradores exigen rentabilidades más altas, al entender que es la única manera de que compense la asunción del riesgo.

La rentabilidad del bono alemán a diez años se mueve estos días alrededor del -0,28%; el de Grecia, paga el 0,88%. En 2012, cuando estalló la crisis de deuda soberana que a punto estuvo de acabar con la moneda única, el bono alemán ofrecía un tipo del 1,32% y el de Grecia, el 36%. Con España ha sucedido lo mismo, aunque con una curva menos exagerada. A diez años, España paga ahora por financiarse el 0,344%. En 2012, cuando la economía rozó el rescate, había que ofrecer un 7,5% para atraer inversores. De entonces a hoy, el BCE ha adquirido 292.000 millones de euros de deuda española, el equivalente a tres años de emisiones netas.

Demanda continuada de bonos

¿Que ha sucedido? “Que los mercados ya no se mueven libremente. Llevamos muchos años en los que la demanda y la oferta de los inversores no determina el valor de los activos financieros, porque los bancos centrales han pasado de ser meros árbitros a jugadores. Y además juegan con unas condiciones muy ventajosas, porque disponen de la máquina de hacer dinero”, señala Pablo Gil, jefe de Análisis de XTB. Con compras por parte del BCE del orden de 60.000 millones de euros mensuales y de 120.000 millones de dólares por la FED se ha creado una demanda continuada de bonos, que han elevado su precio a cambio de bajar la rentabilidad, la máxima que rige los mercados de renta fija.

En estos últimos años, el BCE ha comprado cerca de 2,5 billones de euros en bonos soberanos y otros 266.490 millones en bonos de empresas

Al otro lado del Atlántico, la situación es un fiel reflejo de lo que ocurre en Europa, con la única diferencia de que la inflación en Estados Unidos es algo más alta y, por lo tanto, la rentabilidad está alineada con los precios. El bono a 10 años del Tesoro estadounidense ofrece una rentabilidad del 1,7%. En el mundo de las empresas, la deuda emitida por las sociedades con calificación de rating “buena” o “muy buena” ofrece una rentabilidad del 2,76%; los bonos basura, un 5,11%. El ICE Bank of America U.S. High Yield Index, que mide el diferencial entre las emisiones mejor calificadas por su solvencia por la agencias de rating con las de alto riesgo (bonos basura), estaba esta misma semana en 3,6 puntos porcentuales.

Las políticas de estímulos económicos no convencionales no conviene extenderlas en el tiempo. El Gobierno de Bush puso en marcha en 2008 las primeras medidas de apoyo a la economía cuando estalló la crisis de las hipotecas subprime. En 2015, lo hizo el Banco Central Europeo, presidido entonces por Mario Draghi. El problema es que estas políticas de estímulos, que se componen básicamente de inyecciones de liquidez millonarias a tipos muy bajos, cuando no negativos, se han convertido en rutinarias. Han dejado de ser excepcionales y hoy, nadie se cree que vayan a acabar, mucho menos cuando los tipos de interés están en el 0% y la economía europea ha llegado a crecer al 3% antes de la pandemia. 2020 ha sido una excepción.

Drogadictos del estímulo

Pablo Gil hace un símil comparando la situación con la de un enfermo al que se le suministra un medicamento de forma puntual para mejorar su estado de salud. “El problema viene cuando le sigues prescribiendo esa medicina durante cinco años y el paciente está saliendo regularmente a la calle y yéndose de discotecas: ya no tienes un enfermo sino un drogadicto. Y somos drogadictos del estímulo, porque los dan cuando a la economía le hace falta y cuando no”.

Con la crisis de la covid-19, el BCE se ha lanzado a la compra también de bonos basura, acción que, inicialmente, dejó algo perplejo al mercado. Los mas avezados entendieron, sin embargo, que Lagarde lo que había puesto era una red de seguridad. “Un producto con mayor interés y sin riesgo ha supuesto que los inversores se hayan lanzado a la compra bonos basura como locos. El peor de los bonos soberanos o corporativos, en el peor escenario económico posible vuelve al nivel de prima de no riesgo”, dice el analista de XTB.

Buena prueba de ello es que, en 2018, la Reserva Federal intentó quitar los estímulos subiendo lentamente los tipos de interés y reduciendo las compras de activos. El experimento duró sólo unos meses, hasta que el principal índice de la Bolsa de Nueva York cayó un 15% y terminó por acobardar a Jerome Powell. Hoy, con una deuda mundial de alrededor de 265 billones de dólares, más de 235 veces el valor de mercado del Producto Interior Bruto de España, poner fin a esta espiral de compras provocaría un colapso financiero. Y es que en estos últimos años, el BCE ha comprado cerca de 2,5 billones de euros en bonos soberanos y otros 266.490 millones en bonos de empresas.