Ana Iris ha dicho que estamos hacinados en grandes ciudades y ha hecho saltar las alarmas. Ana Iris ha hablado de capitalismo global a la vez que de fomento de la natalidad y le han llamado reaccionaria. Ana Iris descuadra a izquierda y derecha, pone de los nervios a la España de Twitter y a quien no consigue clasificarla en blanco y negro ni descubrir a quién vota porque conmigo o contra mí, aunque no sepa bien qué soy yo.

Ana Iris es incómoda porque sobre todo es valiente, porque no calla para seguir la corriente y lo mismo abandera lo del 15-M (“sin casa, sin curro, sin pensión”) que defiende la importancia de la familia en el desarrollo de uno mismo y de lo que somos en colectivo. Porque Ana Iris se ha hartado de discursos y palabrería; porque ha cogido sus vivencias y ha reclamado el espacio de los que piensan como ella, menos escuchados pero no menos numerosos.

Ana Iris además no se ha quedado en el enfado y, ante la incredulidad de muchos, ha decidido ser madre con un contrato temporal, subir con su bombo al atril y decirle al presidente del Gobierno que hay una parte silenciada de la juventud que quiere vivir en su pueblo y disfrutar allí del 5G; que la España rural hace a Madrid gigante porque muchos manchegos, castellanos o extremeños no ven más fórmulas para no abandonar sus hogares que montar una “casa rural” en las paredes donde nacieron sus padres, para que la gente de ciudad respire aire puro los fines de semana.

Tan ridículo es oír a Ayuso decir que “Madrid es España dentro de España” como darle al final la razón y analizar las demandas de la juventud española usando como muestra únicamente a aquellos que han terminado en la trituradora madrileña para ofrecer sus talentos por unos pocos euros y una habitación sin ventana. Sabe de lo que habla Ana Iris porque ella, nacida en los noventa en un pueblo de Ciudad Real, terminó dándose cuenta de que no encajaba en la descripción de los-jóvenes-de-hoy, y ahora se le señala e increpa como si no fuera lo suficientemente joven ni lo suficientemente despierta como para reclamar su derecho a vivir y trabajar en su tierra.

La autora de ‘Feria’ no es más ni menos que una mujer trabajadora que no ha llegado aún a la treintena y que, criada en una familia rural de clase media, aspira a que su formación y empeño le permitan elegir que su hijo también se raspe las rodillas delante de su casa. Olé, Ana Iris.