OPINIÓN

La luz, enésima broma de las élites

El precio de la luz, un botón de muestra de cómo se las gastan los extractores de rentas, con la connivencia de nuestra clase política.

El nuevo ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal (d), recibe la cartera de manos de Luis de Guindos (i).
El nuevo ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal (d), recibe la cartera de manos de Luis de Guindos (i). EFE

La escandalosa subida del precio de la luz, y el acuerdo extrajudicial de las clausulas suelo, acordado por PP, PSOE y Ciudadanos, últimos ejemplos de lo que es nuestra querida España, un capitalismo de amiguetes. Produce vergüenza ajena escuchar los argumentos de nuestras élites extractivas, mejor dicho, parasitarias. Son dos ejemplos más de aquello que abunda en nuestro país, sectores productivos rentistas, es decir, piratas que buscan engordar su botín al amparo de un cuerpo legislativo que de manera sistemática se empeña en favorecer a la clase dominante. La clase política dirigente que así actúa simplemente espera formar parte de ese retiro dorado consistente, vía puertas giratorias, en engrosar los consejos de administración de las empresas del Ibex 35.

En nuestro país la mayoría de los sectores del Ibex 35 no están abiertos a la competencia

En nuestro país la mayoría de los sectores del Ibex 35 no están abiertos a la competencia, de manera que el ajuste lo están pagando tanto sus empleados, con salarios menores, como sus clientes, con precios mayores. Predominan antiguos monopolios naturales, básicamente empresas eléctricas, petroleras, y del sector de telecomunicaciones. El proceso de internacionalización de la inmensa mayoría de ellas fue un despropósito. Junto a ellos, el sector inmobiliario, ligado al BOE, y el bancario, absolutamente destrozado por la enorme avaricia de unos consejos de administración que se apalancaron alrededor de nada. De aquellos barros estos lodos.

La búsqueda de rentas por parte de estas empresas se produce mediante una distorsión sistemática en la asignación de recursos para el beneficio de unos pocos. La consecución final de dichas rentas ahoga el crecimiento y toma formas muy variadas, desde transferencias ocultas, pasando por subsidios del gobierno a grupos de presión, leyes que favorecen los oligopolios y una aplicación laxa de leyes de competencia.

La luz, un producto financiero más

El precio de la luz, un botón de muestra de cómo se las gastan los extractores de rentas, con la connivencia de nuestra clase política. En nuestro país existe una gran diversidad de fuentes originadoras de electricidad, mientras que de manera paralela se han expandido las empresas que se dedican a su comercialización. Pero hay dos rasgos derivados de la crisis sistémica. Primero, sigue existiendo un exceso de capacidad de producción de electricidad. Segundo, la demanda de electricidad sigue estando muy por debajo de los niveles de 2008. Y en este contexto, en plena crisis, no para de subir la luz. El problema que no cuentan es que la electricidad se ha convertido en un producto financiero más sobre el que se permite especular, con el agravante de que el consumidor final puede hacer muy poco para eludir a su proveedor de electricidad. Y para rematar la faena el actual ejecutivo del PP de manera inconcebible cortó las alas a todo aquel que quisiera producir su propia electricidad, legislando en favor de unos impuestos que hagan inviable la producción propia y el autoconsumo. No existe el libre mercado, es un camelo más.

¿Quién diseñó este déficit tarifario? Mejor dicho, ¿qué banco de inversión diseño el déficit tarifario?

Pero hay algo todavía más grave. El déficit tarifario. ¿Quién diseñó este déficit tarifario? Mejor dicho, ¿qué banco de inversión diseño el déficit tarifario? ¿Cuánta “pastuqui” se llevan todos aquellos que participaron de su creación, incluidas las propias eléctricas? ¿Por qué los políticos de turno dieron por bueno dicho déficit? Son preguntas que requieren de una investigación independiente, si me apuran judicial, y de cuyas respuestas entenderemos la realidad actual.

Libre mercado, ese cuento chino

Hoy en día el neoliberalismo se asocia con la idea opuesta a lo que Adam Smith defendía. Así surge el intervencionismo del mercado en nombre del no intervencionismo. En la práctica, el libre mercado, tal como lo entienden los grupos de poder, no es otra cosa que intervenir el mercado por medio de lobbies, comprando voluntades políticas, para que subsidien a determinados grupos con dinero estatal. Entonces, puestos a exigir, piden que el gobierno no interfiera para proteger al ciudadano en situaciones límites como la actual. Corrompen el gobierno y luego piden un gobierno pequeño. La crisis actual no es más que el producto de un capitalismo desenfrenado y sin control, donde el concepto de egoísmo de Adam Smith se ha convertido en una avaricia sin límites.

En realidad las empresas operan en mercados de competencia imperfecta, sobre todo en mercados oligopolistas

En realidad las empresas operan en mercados de competencia imperfecta, sobre todo en mercados oligopolistas. Para sobrevivir la empresa debe ser capaz de dominar su entorno, ejerciendo un control sobre la entrada de empresas rivales, sobre sus proveedores, sobre sus fuentes de crédito, sobre el futuro de la industria, y sobre la legislación del gobierno. Para ello hay que disponer de poder que sólo se consigue con un gran volumen de negocios y una gran cuota de mercado. Para aumentar su tamaño y su parte de mercado debe crecer. Bajo este análisis, los precios no son fijados por el mercado, y son las empresas quienes fijan los precios, de manera que éstos no vacían en general los mercados, y no tienen como objetivo igualar oferta y demanda.

En aquellos países, como el nuestro, donde los monopolios naturales campan a sus anchas, y el poder negociador de los empresarios en relación a los trabajadores es excesivo, los precios suben y los salarios bajan. Una auténtica política reformista exige hacer frente a los monopolios empresariales y financieros. Y obviamente, aquí, de eso nada. Las élites políticas y económicas, de momento, se niegan. ¿Hasta cuándo se lo permitiremos?


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