OPINIÓN

La “distopía” del régimen neoliberal (III)

El neoliberalismo es una distopía tal como la define el diccionario de la Real Academia Española: “la representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”.

La “distopía” del régimen neoliberal (III).
La “distopía” del régimen neoliberal (III). Anthony Delanoix

Es una obligación moral desenmascarar toda teoría política y económica cuyos efecto final es la alienación del ser humano. A partir de los últimos análisis de James Montier, y Philip Pilkington, (“Six Impossible Things Before Breakfast”, y “The Deep Causes of Secular Stagnation and the Rise of Populism”), estamos desmontando los pilares básicos del régimen neoliberal, que a fecha de hoy no es nada más que un sistema roto de gobernanza económica.

El neoliberalismo es un proyecto que beneficia a unos pocos a expensas de la mayoría

El neoliberalismo es una distopía tal como la define el diccionario de la Real Academia Española: “la representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Es un proyecto que beneficia a unos pocos a expensas de la mayoría. Esto se refleja en una clase mimada de individuos de altos ingresos, con la inestimable ayuda de ciertos tecnócratas que dan soporte mediante teorías económicas a esas políticas que llevan a la economía, a la política y a la sociedad al caos. En el blog de hoy desmontamos el segundo de sus pilares básicos, la globalización y el libre movimiento de todo.

Globalización, migración y comercio

En la era neoliberal, los políticos también abogaban por la libre circulación de capital, trabajo, bienes y servicios. La libre circulación de mano de obra ciertamente ha recibido mucha cobertura en los medios de comunicación. Está claro que ésta es la queja que ha llevado a mucha gente a los partidos populistas. Los votantes parecen centrarse en el tema de la migración para articular su frustración con el sistema. Perciben que los migrantes toman sus empleos y reducen los salarios. El desempleo alcanzó niveles estructuralmente más altos después de la Edad de Oro del capitalismo. Esto ha ido acompañado por aumentos en la migración neta hacia los países más desarrollados. No es difícil comprender por qué los desempleados tienden a tomar esta correlación de cara a establecer la causalidad y culpar de su desempleo o inseguridad laboral a la migración. Pero quizás sea una correlación espuria.

El problema es otro. La razón de fondo es que el impacto clave de la globalización sobre la situación de los trabajadores no es fomentar la libre circulación de la mano de obra, sino más bien fomentar la libre circulación de bienes y servicios. Esto tiene ventajas y desventajas. En el frente favorable, los consumidores occidentales se han beneficiado de precios más bajos. Los contras incluyen la reducción de la demanda interna y la pérdida de empleos. Esto se refleja en la retórica de muchos activistas populistas que dicen a sus electores que la globalización ha servido para tomar sus empleos y crear desempleo.

El nuevo régimen de globalización neoliberal no estaba simplemente orientado a aumentar el comercio

El nuevo régimen de globalización neoliberal no estaba simplemente orientado a aumentar el comercio. Si bien es cierto que el comercio ha aumentado desde entonces, la tendencia que realmente se destaca es la rapidez con que las importaciones de los países desarrollados han aumentado como proporción del PIB. Sus exportaciones han crecido, pero no tanto. Este deterioro en la balanza comercial de los países desarrollados actuó como una aspiradora deflacionaria. Quienes plantean preocupaciones acerca de los acuerdos comerciales que la Unión Europea o los Estados Unidos actualmente suscriben no están equivocados. Estos acuerdos comerciales destruyen empleos y empeoran las relaciones laborales.

Otra falsedad de la ortodoxia: la teoría de la ventaja comparativa

Una vez más, fue la teoría económica ortodoxa la que justificó estos acuerdos. La década de los noventa fue el período fundamental en el que se impulsó el llamado libre comercio entre países. Esta era, por ejemplo, la época del tratado de libre comercio NAFTA de la administración Clinton. La teoría que se utilizó para justificar la liberalización del comercio fue el modelo simple de ventaja comparativa ricardiana. El modelo básicamente indica que los países deben especializarse en la producción de aquellos productos en los que son mejores. En esencia es aplicar el argumento de la división del trabajo de Adam Smith a los países en lugar de a las personas. Este modelo simple se re-escala hasta un modelo de equilibrio general llamado el modelo de Hecksher-Ohlin, pero las suposiciones y conclusiones son básicamente las mismas. Este modelo de equilibrio general se utilizó para justificar la liberalización del comercio en los últimos años.

En 1970 alrededor del 25% de la mano de obra occidental estaba empleada en la industria manufacturera; en 2011 este número había caído a alrededor del 9%

Hay un número de problemas teóricos con el modelo de ventaja comparativa/equilibrio general. Asume el pleno empleo en todos los países pero la mayoría de las economías no están funcionando al pleno empleo en un momento dado. También asume una competencia perfecta y una función de producción homogénea que asigna perfectamente el capital transferible según se requiera, mientras que en realidad no existe una competencia perfecta, las funciones homogéneas de producción son lógicamente incoherentes y la noción de capital transferible es una ficción falsa.

Hay otros problemas con el marco teórico, pero quizás lo más importante es que el modelo presupone que no se producirán desequilibrios comerciales. Sin embargo tales desequilibrios ocurren una y otra vez. Hoy en día, el comercio liberalizado ha diezmado los empleos manufactureros bien remunerados en los países desarrollados. En 1970 alrededor del 25% de la mano de obra occidental estaba empleada en la industria manufacturera; en 2011 este número había caído a alrededor del 9%. Si bien parte de esta disminución ha tenido que ver con los avances tecnológicos, la mayor parte se debió a la liberalización del comercio.

Destrucción de empleos bien remunerados

La producción mundial como porcentaje del PIB ha disminuido sustancialmente en los últimos 35 años, del 26% del PIB a alrededor del 16%. Pero esta disminución se ha concentrado completamente en los países del G7; los países no pertenecientes al G7 en absoluto han experimentado ningún descenso en su industria como porcentaje del PIB. Esto sugiere que se ha producido una disminución general de la producción manufacturera como proporción del PIB que probablemente está siendo impulsada por la tecnología y otros factores, pero esta caída ha sido totalmente soportada por las economías avanzadas del G7.

El resultado de esta desindustrialización ha sido la destrucción de empleos manufactureros muy bien pagados

La teoría económica nos llevaría a creer que el aumento del progreso tecnológico debería afectar realmente a las economías en desarrollo en lugar de a las economías avanzadas. Esto se llama la "hipótesis de convergencia", que establece que las economías en desarrollo deben ser capaces de "ponerse al día" con o copiando la tecnología de las economías desarrolladas. El hecho de que los países en desarrollo hayan mantenido constante su participación en el sector manufacturero del PIB, mientras que en las economías desarrolladas han experimentado un brusco descenso, supone un potente argumento a favor de que la globalización realmente es la fuerza principal que impulsa el declive manufacturero en los países desarrollados.

El progreso tecnológico ha sido real, pero ha tenido un impacto secundario en la desindustrialización que hemos visto en las economías desarrolladas en las últimas décadas. El resultado de esta desindustrialización ha sido la destrucción de empleos manufactureros muy bien pagados, estables, a menudo sindicalizados y el crecimiento de puestos de trabajo de servicios poco remunerados, inestables y no sindicalizados. Y éste ha demostrado ser un factor causal clave en la creciente riqueza y desigualdad de ingresos que arrojan las estadísticas.


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