Desde la heterodoxia

La decadencia de la profesión económica

La decadencia de la profesión económica es un proceso largo que se ha ido incubando a lo largo de los últimos treinta años. Detrás, parafraseando el libro publicado por el que fuera economista e historiador del pensamiento económico Robert Heilbroner y su pupilo William Milberg, la crisis de visión en el pensamiento económico moderno. Sin embargo, el núcleo central de la ortodoxia académica dominante, a pesar de su fracaso, ahí sigue, sentando cátedra bajo la ausencia de una visión, de un conjunto de aquellos conceptos políticos y sociales compartidos, de los que depende, en última instancia, la economía. Un ejemplo son las butades que cada día se pueden leer, tanto en medios de comunicación convencionales como en determinados análisis sesudos, sobre el déficit público. La última perla, el análisis de opinión de Daniel Gros, director del think tankCenter for European Policy Studies, publicado la semana pasada en Project Syndicate bajo el título The Silent Death of Eurozone Governance. Después de leerlo queda claro la profunda decadencia de la socialdemocracia europea, a la cual éste economista suele asesorar.

Gross destaca el relativo silencio del público y de los medios de comunicación, lo que sugiere, según él, que el apoyo a las normas fiscales se ha desvanecido

En dicho artículo, Daniel Gross, se queja amargamente de la falta de respuesta ante el hecho de que la Comisión Europea no haya exigido el cumplimiento por parte de España y Portugal de los términos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC). Según Daniel Gross, de acuerdo con las normas del PEC, “la Comisión debería haber propuesto que se impusiera una multa a España y Portugal, debido a que estos países rebasaron, y por un amplio margen, los objetivos de déficit fiscal. La multa habría sido en gran medida simbólica, pero la Comisión decidió que el simbolismo no valía la pena.” Además, Gross destaca el relativo silencio del público y de los medios de comunicación, lo que sugiere, según él, que el apoyo a las normas fiscales se ha desvanecido. Incluso la prensa financiera alemana, que a menudo reprocha a la Comisión Europea por ser demasiado laxa, apenas dio cuenta de la decisión. Al final, remacha, “las consideraciones políticas están afectando a la exigencia de cumplimento de las normas”.

Termina su artículo, intelectualmente muy flojito, por cierto, avisándonos de que la disminución del apoyo a las normas fiscales europeas conlleva graves riesgos. Acaba con una sentencia que no tiene desperdicio: “Si no se aplican rigurosamente los elementos más concretos del marco de gobernanza de la eurozona, ¿qué obligará a los Estados miembros a emprender reformas y estabilizar sus niveles de deuda? Las exhortaciones vagas no van a funcionar. Parece que la crisis y las grandes e insostenibles primas de riesgo que sobrevienen para gobiernos altamente endeudados ya se han olvidado”. Sinceramente es un fiel reflejo de la actual parálisis europea, el papel de unos burócratas que además de un profundo desconocimiento de las identidades y relaciones económicas básicas, no son capaces de calibrar y asumir las consecuencias económicas y sociales de aquellas políticas que ellos mismos recomiendan.

Razones políticas, argumentos y errores económicos

Daniel Gross sí que tiene razón en una cosa, las razones políticas para no imponer la multa. De ello ya hemos hablado largo y tendido. Bruselas, allá por mediados de 2013, empezó a hacer la vista gorda con la evolución del déficit público español. Se trataba de razones estrictamente políticas. Había que evitar la llegada al poder de las nuevas fuerzas emergentes que en esos momentos cotizaban muy al alza. Para ello era necesario generar crecimiento económico y empleo. Y obviamente había que usar la expansión fiscal, el consumo público. ¿En este contexto, cómo iban a imponer multa alguna a España? Respecto a Portugal, ya no les quedaba más remedio que mantener el mismo criterio.

Pero a partir de ahí, todo lo demás, desde un punto de vista económico, es un auténtico disparate.  Empecemos por la realidad. La austeridad ha fracasado. Los datos de la Comisión Europea muestran que para España en el período 2010-2013 la política fiscal fue tremendamente contractiva. El déficit estructural se recortó desde niveles superiores al 7% del PIB a cifras próximas al 2%. En un contexto de desapalancamiento del sector privado ello supuso una gravísima recesión económica y un aumento brutal del desempleo y de la pobreza, algo que parece que le da igual al señor Gross. Pero desde mediados de 2013, con el consentimiento de Bruselas, la austeridad se relajó. El déficit estructural ha crecido en el período 2014-2016. Como consecuencia, la economía se reactivó.

El instinto de clase

Desde sus orígenes la Unión Monetaria Europea (UME) es un sistema defectuoso. Se hizo caso omiso de informes precedentes (Werner, 1970; MacDougall, 1977) donde se avisaba de la necesidad de una instancia fiscal federal y de los peligros de dejar todo en manos de una Banco Central, como una parte no constituyente del gobierno, y de establecer, en este contexto, unos tipos de cambio fijos entre los estados miembros. Bajo estos precedentes, el consenso en las élites extractivas europeas sobre la austeridad no se basaba ni se basa en ninguna comprensión lógica del sistema monetario moderno e ignora deliberadamente muchas de las opciones reales que están a disposición de los gobiernos emisores de moneda “fiat”. El objetivo es seguir manteniendo comportamientos y estructuras institucionales que limitan las capacidades de gasto de los gobiernos. Se trata de restricciones voluntarias heredadas de los días del patrón oro, perpetuadas por la ideología de la economía de la corriente dominante para constreñir al gobierno y dotar de una mayor laxitud a la actividad delmercado privado. Los límites de deuda pública aceptados por los gobiernos son, en definitiva, un ejemplo clásico de restricción voluntaria.

Lo peor es el profundo trasfondo ideológico y de defensa de los intereses de la clase dominante que subyace detrás de la no utilización de la política fiscal como herramienta de política económica. Un sistema sin una política fiscal activa significativa proporciona a las élites un control indirecto sobre la política del gobierno. Pero además, a los defensores de la austeridad nunca les han gustado las consecuencias del mantenimiento del pleno empleo que a largo plazo que se puede conseguir mediante el uso de la política fiscal bajo la Teoría Monetaria Moderna. Bajo un régimen de pleno empleo permanente, el miedo dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria. En realidad lo que intentan es mucho más sencillo, cambiar nuestro modelo social, privatizar todo -incluida la sanidad y la educación-, forrarse a nuestra costa, y ejercer un control sobre nuestras vidas a través del miedo permanente.


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