OPINIÓN

Vuelve la lucha de clases

La historia vuelve a repetirse y por ello necesitamos nuevos líderes políticos que al final de su primer mandato, parafraseando al gran Franklin Delano Roosvelt, confirmen que han iniciado una lucha sin cuartel contra los más ricos y poderosos.

Integrantes de una asamblea de los trabajadores manifestándose.
Integrantes de una asamblea de los trabajadores manifestándose. EFE

España, y en líneas generales Occidente, necesita líderes fuertes que permitan recuperar y salvar a sus respectivos países de los más ricos y poderosos. La ausencia aparente de guerra o lucha de clases ha sido una ficción que ha estado en su mayor parte oculta, de manera deliberada, por quienes estaban ganando claramente por goleada la guerra no declarada, la superclase. Sin embargo la situación está empezando a cambiar, aunque aquí, el “Régimen”, aún no se ha enterado.

Las fuerzas globales empujaron los salarios hacia abajo y la política los empujó deliberadamente más hacia abajo

El votante medio hasta ahora apenas había reaccionado ante los vergonzantes recortes de impuestos, tanto para los tramos de renta más altos como para el factor capital. Mientras, los trabajadores de ingresos más bajos habían soportado íntegramente sobre sus espaldas el coste derivado de la desregulación del factor trabajo -temporalidad, subcontratación, devaluación salarial-, y los avances tecnológicos que ahorraban mano de obra. Sin embargo, estos mismos trabajadores, apenas, desde la política pública, habían recibido ayuda material. Por el contrario, las grandes corporaciones y los propietarios de empresas eran y son los grandes beneficiarios de las mismas.

Se puede afirmar que las fuerzas globales empujaron los salarios hacia abajo y la política los empujó deliberadamente más hacia abajo. El resultado combinado es que la proporción del PIB que va al factor trabajo alcanzó mínimos históricos en la mayoría de países occidentales en 2014, mientras que la participación de los beneficios empresariales alcanzó un máximo simultáneo. Del mismo modo, la proporción de los ingresos del 0,1% más rico sobre la renta total se elevó por encima de cualquier récord anterior. Echen una ojeada a la última Encuesta Financiera de las Familias de nuestro país.

La inversión de las élites en política

Los ricos y poderosos no sólo aumentaron su participación en la renta y la riqueza a unas tasas sin precedentes en las últimas décadas, sino que también aumentaron su influencia en la política a través de una creciente participación en el gasto político. En realidad, la superclase, además de invertir en jets personales, yates gigantes, obras de arte, áticos de lujo, también compró voluntades políticas. Y no les quepa ninguna duda que “sus inversiones políticas” dieron sus frutos. Cada día estos grupos gozan de impuestos más bajos, tanto ellos como sus negocios. Si hace falta, sin ningún tipo de rubor, exigen y consiguen subsidios a sus corporaciones y conglomerados; logran que con deuda pública se rescaten sus desaguisados. Se legisla estableciendo reglamentos a su medida, y además no se aplican las leyes antimonopolio a aquellos grupos que impiden la libre competencia.

Las otrora democracias occidentales necesitan ser salvadas y rescatadas de los más ricos y poderosos

Es en este contexto donde las grandes corporaciones, atadas hoy en día al objetivo de maximizar los beneficios, han hecho dejación de responsabilidades, abandonando su deber de mejorar el capital humano y productivo de las naciones. Por todo ello, las otrora democracias occidentales necesitan ser salvadas y rescatadas de los más ricos y poderosos. No puede ser que los intereses corporativos predominen sobre el bien público. No puede ser excusa que ante cualquier conflicto, las grandes corporaciones elijan la maximización del beneficio a corto plazo sobre el bienestar de los trabajadores. Peor aún, al decidir entre el bienestar de sus hijos y nietos en un mundo donde se respete el medio ambiente o maximizar los beneficios en un mundo dañino que acelera el cambio climático, hasta ahora, al menos, han elegido los beneficios a corto plazo.

Proceso autodestructivo

Los datos sobre el aumento de la desigualdad permiten contrastar que se había iniciado una racha autodestructiva en el capitalismo. Era obvio que el excesivo poder corporativo debilitaría la demanda de los trabajadores y por ende de la economía. Para promover un retroceso contra el corporativismo excesivo y los elementos de la oligarquía es necesario en primer lugar reconocer el problema. Dada la respuesta bastante apática de la otrora clase trabajadora durante los últimos 30 años parece que no ha habido tal reconocimiento. Pero eso está cambiando y a partir de ahora vivimos en un mundo diferente del que crecimos. Un mundo en el que se reconoce la existencia de un grado de lucha económica entre la élite financiera, el 1% de la población, y el resto de la ciudadanía. De ahí los cambios vertiginosos que se avecinan.

El verdadero desafío de cara a reducir la desigualdad pasa por aumentar la proporción del PIB que va al factor trabajo

El verdadero desafío de cara a reducir la desigualdad pasa por aumentar la proporción del PIB que va al factor trabajo. Y para que aumente su porcentaje en el PIB debe haber un descenso en la parte que va a los beneficios empresariales. Hay que recuperar normativas y regulaciones cuya desaparición benefició a las grandes corporaciones, y además la lucha de clases renovada debe eliminar las reducciones directas de impuestos para los más ricos y las grandes corporaciones. Finalmente debe haber un aumento generalizado de los salarios. Todo ello no les quepa duda que sucederá.

La historia vuelve a repetirse y por ello necesitamos nuevos líderes políticos que al final de su primer mandato, parafraseando al gran Franklin Delano Roosvelt, confirmen que han iniciado una lucha sin cuartel contra los más ricos y poderosos: “Durante casi cuatro años ustedes han tenido un gobierno que en lugar de entretenerse con tonterías, se arremangó. Vamos a seguir con las mangas levantadas. Tuvimos que luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, los intereses bélicos. Habían comenzado a considerar al gobierno como un mero apéndice de sus propios negocios. Ahora sabemos que un gobierno del dinero organizado es tan peligroso como un gobierno de la mafia organizada. Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Me odian de manera unánime, y yo doy la bienvenida a su odio. Me gustaría que mi primer gobierno fuera recordado por la batalla que libraron el egoísmo y la ambición de poder. Y me gustaría que se dijera que durante mi segunda presidencia esas fuerzas se encontraron con la horma de su zapato”. No queda otra.


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