En este día de verano cuesta hablar de cualquier cosa que no sea la muerte de Raffaella Carrà, la mujer que nos enseñó dónde hacer el amor. Pero todo se acaba, incluso el período de baja paternal, y toca volver al redil de este insólito rincón de libertad que es Vozpópuli. Aquí ha escrito acertadamente Juan T. Delgado que estamos en el país de José Luis Moreno y Toni Cantó, o lo que es lo mismo de la sinvergonzonería y el enchufismo. Se le olvidó recordar, claro está, que futbolísticamente, y eso es mucho decir, también somos el trozo de planeta donde todo ser humano es un entrenador en potencia y un ignorante en acto.

Hasta los más sabihondos de la cosa creíamos que Luis Enrique se había equivocado de cabo a rabo con la extraña lista de jugadores que decidió llevarse a la Eurocopa. Nos escamó sobre todo la ausencia de Sergio Ramos, así como no entendimos que no convocase a Iago Aspas o Jesús Navas. Luego nos cebamos -sigo creyendo que con razón- con la mala puntería de Morata. Y, tras los dos tropiezos iniciales, no dábamos un duro por el papel de la selección en este torneo, máxime cuando veíamos los rivales que había por delante.

El técnico asturiano y sus jugadores nos han puesto en nuestro sitio con un baño de realidad que se llama semifinal. Nadie creía que el combinado nacional llegaría tan lejos. Y ahora ahí está, a dos pasos de la gloria. No es un ejercicio de masoquismo sino de justicia rememorar y dejar por escrito lo equivocados que estábamos. Tiene cierto mérito hacerlo en una opinión pública tan fugaz como ayuna de autocrítica.

Consumada esa primera venganza de Luis Enrique, es hora de su segunda vendetta, que en el fondo es también la nuestra. Hay que decirlo en italiano porque el rival es el conjunto transalpino y porque, como todos ustedes saben ya, el entrenador de la selección es el protagonista de un amargo recuerdo que anida en nuestra memoria frente a este rival. Aquel codazo de Tassotti y aquella nariz sangrante de 1994 en el Mundial de Estados Unidos que aquí narrábamos hace unas semanas -también es bueno presumir de acierto alguna vez, no todo va a ser flagelarse-.

Pese a tanta Superliga nonata, pese a tanto millonario que compra clubes y volutandes y pese a tanto mangante de la UEFA, queda esperanza en este deporte

Lo de Luis Enrique no es la única paradoja del destino que sobrevuela la semifinal de este martes. Porque no me negarán que tiene miga la triste desaparición de Raffaella Carrà, italiana de nacimiento y medio española de adopción y corazón, precisamente a unas horas antes del duelo entre ambas selecciones. Al cabo el partido será algo así como un regalo póstumo para ella, porque gane quien gane, su sur, siempre más sufridor y más pobre que el norte, se meterá en la final. Y, curiosamente, los latinos que pasen se medirán en la final contra un nórdico o un anglosajón.

Esto entronca, por hablar de todo un poco, con la intrínseca belleza de este tipo de torneos de selecciones. Porque aún partiendo de la base de que el fútbol ya no es fútbol porque ante todo es negocio, las Eurocopas y Mundiales nos regalan los mejores momentos de este maravilloso deporte donde incluso este joven conjunto de Luis Enrique puede reinar. Pese a tanta Superliga nonata, pese a tanto millonario que compra clubes y voluntades y pese a tanto mangante de la UEFA, queda esperanza en este deporte. No hay mejor homenaje para Carrà que hacerle caso. Toca volverse a enamorar.