Hace unos días trascendía la muerte de Sandor Puhl. Entre los aficionados al fútbol, a los más jóvenes ese nombre tal vez ni les suene y quizás los más viejos no consigan ubicarlo, pero existen al menos un par de generaciones que recuerdan a este hombre con dolorosa precisión. Puhl, cómo olvidarlo, era el árbitro húngaro que dirigió el España-Italia de cuartos de final en el Mundial de Estados Unidos de 1994.

Los futboleros que andamos entre los 35 y los 45 sí recordamos al árbitro húngaro. Quizás porque aquel exótico campeonato del mundo, celebrado en un país sin tradición balompédica, fue uno de los hitos principales de nuestra juventud futbolística. Aquellos partidos jugados en desproporcionados estadios habitualmente dedicados al fútbol americano, muchos de ellos emitidos en el filo de la noche y la madrugada (hora española), anidan en las memorias. Pero sobre todo un encuentro quedó marcado a fuego entre todos los aficionados. Aquella eliminatoria que arbitró Puhl. Quizás fue el atraco futbolístico jamás perpetrado contra la selección nacional, si bien lo sucedido en los cuartos del Mundial 2002 ante Korea se le acerca.

La selección que entrenaba Javier Clemente, basada en gran medida en el esqueleto del dream team del Barça, tenía hechuras para lograr grandes cosas, aunque el peso negativo de la historia jugase en su contra. El torneo empezó con un tropiezo: empate ante Corea (2-2). Luego otro empate, con golazo de Goikoetxea incluido, ante una Alemania que estaba como siempre entre las favoritas (1-1). Victoria contra Bolivia para cerrar la fase de grupos (3-1). En octavos, cómodo triunfo ante Suiza (3-0). Era el momento de los cuartos, de los malditos cuartos de final. Enfrente, la temible Italia de Roberto Baggio que dirigía Arrigo Sacchi.

En la selección nacional brillaban José Luis Pérez Caminero, Miguel Ángel Nadal o Fernando Hierro. Era un equipo que jugaba con demasiados centrales (Alkorta, Camarasa, Abelardo u Otero) debido a la impronta defensiva de su técnico. También primaba normalmente la veteranía en detrimento de jóvenes talentos Pep Guardiola o Julen Guerrero. Pero el equipo carburaba y podía aspirar a todo. No se lo iba a poner fácil a los italianos en aquella cita para la historia del 9 de julio de 1994.

El duelo contra los transalpinos empezó mal. Porque Dino Baggio abrió el marcador en el minuto 26. Tras la reanudación, Caminero empató en el 59. España estaba crecida y más entera físicamente. Dominaba y tuvo varias ocasiones. La más clara aconteció casi al final, en el 83, en un mano a mano que Julio Salinas marró inexplicablemente ante Pagliuca. Quien perdona lo paga. Y llegó un final inesperado que terminó con el sueño del equipo español. En el 88, gracias a una jugada maestra de los italianos, Roberto Baggio hacía el 2-1.

España se fue con todo hacia arriba. En el minuto 93 Goikoetxea centraba desde la derecha. Luis Enrique caía en el área. De su nariz manaba sangre. En las repeticiones podía verse cómo el defensa del Milan Tassotti le había propinado un codazo que tendría que haber supuesto su expulsión y el penalti correspondiente. Sin embargo, el árbitro húngaro no señaló nada de eso. Encolerizado, el asturiano protestaba ante un impertérrito Sandor Puhl que no había visto lo sucedido.

Luis Enrique tenía la nariz rota. El agresor se intentó disculpar pero el agredido no podía más que insultarle. Tassotti no fue pillado en el campo, pero su entrenador decidió que no jugase más en el torneo. Hace unos cuantos meses, en declaraciones a El País, volvía a disculparse y afirmaba que "el destino me hizo pagar el codazo". Sin embargo, él tiene una medalla de plata en un Mundial y Luis Enrique no. Así es el fútbol.

La icónica rabia del actual seleccionador nacional era la rabia de un país entero que no podía creerse lo que estaba pasando. Eliminados en un final inolvidable. Injusticia supina. Y, además, tras desaprovechar una ocasión clarísima para ganar. Derrota trágica, dolorosa y mal arbitrada ante los que después serían subcampeones al perder la final frente a Brasil. Una final que, curiosamente, le encargaron al propio Sandor Puhl. Con el VAR, por cierto, tamaño atropello no hubiera sido posible.