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Alberto Lardiés

FÚTBOL NO ES FÚTBOL

Cuando el público vuelva que los ultras se queden en casa

Vivimos tiempos en los que hay que insistir en lo obvio. Como que los ultras violentos sobran en los estadios de fútbol

Cuando el público vuelva que los ultras se queden en casa
Cuando el público vuelva que los ultras se queden en casa Archivo

Vivimos tiempos en los que hay que insistir en lo obvio. Los ultras violentos sobran en los estadios de fútbol. De hecho, lo único positivo de este fútbol sin espectadores que nos toca vivir por culpa de la pandemia es que al menos nos libramos de ellos. Si hay suerte y en los próximos meses las cosas mejoran y se abre la veda para que el público vuelva, esperemos que estos ultras se queden en sus casas

En esta extraña realidad que algunos llamaban erróneamente "nueva normalidad" ocurren cosas sorprendentes. Una de ellas en el ámbito futbolístico era que llevábamos bastante tiempo sin tener noticias de los hooligans que pasean su violencia y su estupidez -¿Cuál será mayor?- por los campos de toda España. Parecía que se habían esfumado, pero solo era un espejismo

El pasado sábado, a cuenta del derbi entre Real Madrid y Atleti, estos ultras regresaron a nuestras vidas en forma de otra noticia grotesca de esas que te hacen preguntarte por el nivel de absurdez que anida en la condición humana. Resulta que un grupo de los Ultras Sur atacaron un bar madrileño donde se alojaban hinchas colchoneros. 

Estos tipos exhiben su violencia en el fútbol como la exhibirían en una partida de parchís o de cartas. O sea, el fútbol es la excusa que utilizan para canalizar sus frustraciones vitales, que no son pocas ni pequeñas

Unos veinte de estos personajes, por supuesto encapuchados, atacaron el establecimiento con sillas y botellas, según informó Telemadrid. Las imágenes que circulan por la red son reveladoras. Y te llevan a la misma pregunta de siempre. ¿Qué pasa por la cabeza de estos aficionados a un deporte para hacer algo así? La respuesta también es perenne: estos tipos exhiben su violencia en el fútbol como la exhibirían en una partida de parchís o de cartas. O sea, el fútbol es la excusa que utilizan para canalizar sus frustraciones vitales, que no son pocas ni pequeñas. No les gusta el balompié, les gusta liarla. 

El fugaz regreso a la actualidad de estos grupos de ultras es un aviso para que no nos durmamos. Siguen ahí y la obligación de los gestores del fútbol patrio sigue siendo combatirlos. A todos los niveles y sin descanso ni ambages. Son una lacra que extirpar. Presidentes tan dispares como Florentino Pérez o Joan Laporta acertaron en sus respectivas políticas contra estos grupos que convierten ese bello espectáculo que es el fútbol en otra cosa que nada tiene que ver.  

Como ya se ha dicho, lo único bueno de este extraño fútbol sin público es que nos ahorramos escuchar y soportar a los grupos de ultras. Todavía nos queda el inadmisible hooliganismo en las redes sociales del que ya hablamos en su día y del que lamentablemente tendremos que volver a hablar. Civilizar el fútbol es posible, aunque no lo parezca.

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