Allá por noviembre, empujados por los malísimos datos de contagios y muertes derivados del dichoso virus que casi obligaban al pesimismo, decíamos aquí que alguien tendría que pagar el rescate de los clubes de la Liga porque la caída de ingresos era demasiado vertiginosa. Meses después se confirma que lo estamos pagando los propios aficionados en forma de desilusión perpetua. Vivimos otro verano sin galácticos. Porque no hay un duro para pagarlos.

Es imposible no amargarse sintiendo la nostalgia de aquellas temporadas estivales de grandes fichajes que desataban las expectativas de los aficionados. Llegaban las grandes estrellas que lo cambiarían todo. La venida de los "galácticos". En las tabernas y las playas hablábamos de fútbol. Los tabloides deportivos dibujaban portadas antológicas que aún están en nuestras retinas. Hasta los informativos, hueros de noticias políticas, abrían con el caso de Figo, el fichaje de Zidane o la llegada de Neymar. Ahora el único culebrón futbolero es si Messi renovará o no con el Barça tras sus coqueteos con el PSG.

El caso de Messi es quizás lo que mejor ejemplifica la decadencia del fútbol español, cuyos grandes clubes, Real Madrid, Barça y Atleti, no pueden competir económicamente con los equipos de la Premier y la Bundesliga y con el citado equipo parisino. El club presidido por Joan Laporta ha pasado de pelear por traer a los mejores (cómo olvidar aquel lamentable intento de regreso de Neymar hace un par de años) a buscar dinero hasta debajo de las piedras para impedir que su jugador más emblemático, seis balones de oro le contemplan, no se largue por la puerta de atrás. Hasta parece que Koeman, cuyas horas parecían contadas en Barna, en realidad no ha sido despedido porque la indemnización era demasiado grande como para asumirla.

Y ahora, en una pirueta periodística y futbolística merecedora de algún premio, la prensa afín decía este lunes que el Madrid va a apostar por jugadores cedidos como...¡Bale y Ceballos! Ver para creer

Las cosas tampoco están para tirar cohetes en la orilla blanca. Porque el club que preside Florentino Pérez -por cierto, lo increíble no son los audios, lo increíble es que la gente se sorprenda al conocer la verdadera cara del ser superior- prometía a través de sus terminales mediáticas la llegada de Mbappé o de Haaland, pero, como también se contó aquí hace un tiempo, en realidad todo era parte de ese humo que sirve para entretenernos. Del fiasco de Hazard ya ni hablamos. La marcha de Ramos no la entiende nadie. Y ahora, en una pirueta periodística y futbolística merecedora de algún premio, la prensa afín decía este lunes que el Madrid no va a traer a estrella alguna porque va a apostar por jugadores cedidos como...¡Bale y Ceballos! Ver para creer.

Quien haya llegado hasta este párrafo tendrá ahora la tentación, sin duda alguna, de pensar, por supuesto legítimamente, claro, que la célebre Superliga era la gran solución a estos problemas. Nada más lejos de la realidad. Porque en todo caso esa competición nonata podía servir para solventar las dificultades de tres equipos, los más grandes, pero a costa del resto. Precisamente a raíz de que se intentase poner en marcha ese proyecto tan arrogante muchos comprendieron que la belleza del fútbol radica precisamente en que el resto de clubes pueda competir más y mejor contra esos gigantes millonarios.

Así las cosas, tendremos que concluir que este segundo verano consecutivo sin fichajes galácticos tal vez sea en realidad una bendición -la segunda después del maravilloso fiasco de la Superliga-. Mucho más importante que la llegada de grandes cracks es la vuelta al campo del público. Y no sólo porque los clubes ingresarán más dinero, sino también porque en esos aficionados, en sus bufandas y camisetas jalonadas de sueños, en sus gritos y lágrimas, es donde está la verdadera grandeza de este deporte.