El pasado fin de semana España asistió espantada al espectáculo dantesco que protagonizó un grupo de padres en las gradas de un campo de fútbol de Mallorca. Los adultos se enzarzaron en una pelea multitudinaria mientras sus hijos jugaban un partido.

En realidad estos incidentes son mucho más comunes de lo que pensamos. Pese a que ha sido una pelea entre padres la que ha disparado las alarmas, son muchos más los casos de agresiones a árbitros y árbitras por parte de padres y adultos.

El fútbol no se ha molestado en erradicar estos comportamientos porque hace mucho que ha dejado de ser un deporte para convertirse en un negocio. Incluso en categorías inferiores.

Pero no nos engañemos, el problema de la violencia tiene que ver con las expectativas de los padres y con una educación en la que se enseña a los niños a ganar y no a jugar. No será la última pelea. Ni la peor. El fútbol se ha convertido en síntoma de una sociedad enferma que promueve el éxito a cualquier precio. Un sociedad que no sabe perder y lo que es peor aún, ni siquiera sabe ganar.



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