Ferrari es una caricatura. El equipo histórico de la Fórmula 1 ha entrado en barrena y ni siquiera su presidente, Luca di Montezemolo, parece dispuesto a disimular. Faltaban once vueltas para la conclusión del GP de Bahréin y, aprovechando la salida del coche de seguridad, Montezemolo abandonó el circuito con cara de circunstancias.

En una de las mejores carreras de los últimos tiempos, cuatro equipos -Mercedes, Force India, Red Bull y Williams- brindaron un espectáculo grandioso con sus respectivos pilotos jugándosela en cada metro.

Una oda a la velocidad pura en la que Ferrari actuó como mero espectador. Como un equipo segundón que se convirtió en un estorbo rojo durante toda la carrera.

Fernando Alonso salió muy bien, al límite, y ganó dos posiciones. Se colocó séptimo, pero nadie, ni siquiera él, confiaba en sus posibilidades.

Porque el español conoce muy bien las limitaciones del bólido y las virtudes de los demás. Así que se dedicó a conducir como siempre, a tope, pero viendo pasar las vueltas e intuyendo las chispas que saltaban en las batallas libradas delante.

Porque en cabeza dos colosos, Hamilton y Rosberg, afilaban la estrella de sus respectivos Mercedes en una guerra sin cuartel ni órdenes de equipo. Ganó el inglés, cuyo talento siempre fue prodigioso y ahora coincide con una madurez y estado de forma que le convierten en el principal favorito al título.

Por detras, más de lo mismo. Piques vertiginosos entre las parejas de Force India -Pérez y Hulkenberg-, Red Bull -Vettel y Ricciardo- y Williams -Massa y Bottas-, en una carrera que ha revitalizado una F1 que parecía adormecida.

Sólo Ferrari parece reacio a sumarse a la fiesta. Con Montezemolo a la fuga, Raikkonen inmutable y Alonso cariacontecido, la Scuderia sigue arrastrando la imagen del Cavallino por los circuitos de medio mundo. ¿Hasta cuándo?