El Nápoles es un equipo divertido con un fútbol muy propio del carácter napolitano: bravo, descarado, pícaro y, a ratos, inconsciente. Contener la audacía de sus delanteros requiere un esfuerzo de ortodoxia y orden. Y el Real Madrid, equipo perezoso sin balón, realizó un ejercicio de contención en la segunda parte. Los de Zidane ganaron un partido que se les puso cuesta arriba, en el que el empuje incontenible de Cristiano, que no marcó, trascendió en importancia al marcador. Sin marcar, firmó un partido pleno de intangibles. Victoria y eliminatoria encarrilada. Sin embargo haría mal en confiarse el Real Madrid para la vuelta ante un equipo capaz de convertir un partido en una fiesta, una estampida o una emboscada.

Pasaban ocho minutos cuando un inocente pase en la medular desnudó las carencias defensivas del Real Madrid. El pase desarmó la cortina de la medular blanca y llegó a Insigne, que ya había levantado la cabeza viendo a Keylor Navas fuera de sitio. Y desde 50 metros, entrando como un cuchillo entre los centrales, disparó con rosca de primeras para dejar en mal sitio al portero madridista.

El gol de Insigne fue un gol de barrio. Lorenzo, un scugnizzo criado en las calles del populoso suburbio de Frattamenore, demostró su personalidad. Un pelotero que sorprendió a todos un día al afirnar tras marcar un hat-trick con la camiseta del Napoli: "Por favor, no me comparen con Maradona. Nunca quise ser como Diego. Él era un dios del fútbol. Yo sueño con ser el Totti del Napoli".

El gol sembró dudas en un Real Madrid con la mandíbula de cristal. Sin embargo, los blancos se levantaron de la lona, conectando segundos después un directo tras una rosca de Carvajal rematada por Benzema a la red. Los napolitanos entraban en el cuerpo y cuerpo, con su juego descarado. Dos equipos atacando: los locales con láser, los visitantes a navajazos. Partido de los que pagan la entrada.

Y en ese tumulto emergió el hambre de Cristiano. Su ambición se inventó el gol de Kroos. Insaciable como siempre contagió al equipo, que afiló el colmillo ante un Nápoles que elevó el descaro a la inconsciencia. Cristiano no marcó, pero ejerció de líder. Encendió a las masas del Bernabéu, revolucionó a sus compañeros con generosidad y echó gasolina a un partido que dormitaba peligrosamente.

Casemiro echó el cierre con una majestuosa volea. Un gol que castigaba las desatenciones de un Nápoles que sale jugando desde atrás por encima de sus posibilidades. Jugar 90 minutos seguidos a la ruleta rusa es lo que tiene. Y cuando descuidas la guardia ante un peso pesado como el Real Madrid sabes que vas a besar la lona varias veces. La duda es saber las veces que tú eres capaz de mandarlo a dormir. El Nápoles lo hizo una vez, pero rozó una segunda que habría abierto la eliminatoria. Y al final fue el Real Madrid quien picó como una abeja mientras el Nápoles revoloteaba a su alrededor como una mariposa.