ATLÉTICO DE MADRID

Volver a molestar

Raúl García muestra el escudo del Atlético tras anotar un gol en su etapa colchonera.
Raúl García muestra el escudo del Atlético tras anotar un gol en su etapa colchonera. EFE

"Necesitan volver a ser unos hijos de puta". La frase cayó a plomo de los labios de un compadre, abofeteado por la derrota de su equipo. Y había un fondo de verdad en esas formas tan gruesas. El Atlético de Madrid echa de menos al belicoso Raúl García más de lo que nunca añoró al Forlán que fue Bota de Oro. El Calderón tolera que a su equipo le falte fantasía, pero no soporta que los suyos no tengan agallas. Y esa crisis de identidad separa de su grada a una tropa del 'Cholo' que, por primera vez en muchos derbis, perdió el sábado sin honor en la batalla.

Es probable que el lirismo rojiblanco que asomaba en algunos partidos de esta temporada haya sido la principal víctima del estrepitoso resultado. Alguien terminó convenciendo a Simeone tras el Waterloo de Milán de que había que jugar bonito a la vez que ganar. Que ser campeones de Liga y estar dos veces a una uña de ganar la Champions no era suficiente, sino de una eficacia vacía, casi grosera con el público neutral. Y el cambio de discurso le ha costado, aparentemente, una seria involución al equipo.

El Atleti es un gran púgil, pero no es una mole. Sabe encajar y economiza bien sus dos o tres golpes limpios por combate. Es capaz de ganar muchas peleas a los puntos, pero no tantas por un KO fulminante (donde a un lado hay un Bale, al otro hay un Gameiro). Quizá por eso fue un error escuchar al coro de críticos que le exigían boxear a tumba abierta. Pocos equipos del mundo son capaces de deshacerse de un Atlético rockero, pertrechado en su percusión, pero su versión Von Karajan es sensiblemente más vulnerable.

Nostalgia de un estilo aguerrido que entronca con el concepto bilardiano que tanto criticaban las tertulias pero que tan buenos resultados daba, mientras, a la plantilla. Y que optaron por cambiar cuando mejor funcionaba. No quiere decir esto que al Atlético del “molestamos” le faltase talento, sino que le sobraba testosterona. A un fútbol intenso e incisivo (¿de verdad queda alguien que crea que se gana una Liga plantando el autobús durante nueve meses?) se unía un espíritu militar que ahora echan de menos.

El ligamento de Augusto se llevó por delante la viga maestra del doble pivote cholista. Con Koke incrustado en el centro pero más pendiente de la portería rival que de la propia, Gabi queda desnudo y la defensa, expuesta. Sigue teniendo el Atleti jugadores de primer nivel para achicar, pero la imposibilidad de fichar vía sanción FIFA le impide agitar puestos como los de un Tiago crepuscular (cuánto han pensado en Ignacio Camacho a la vera del Manzanares) o un Saúl fuera de forma como volante. Sin sus mariscales de campo a pleno rendimiento, la compañía anda perdida en la escaramuza (Oblak, con nueve goles en los últimos cinco partidos, está firmando su peor racha como colchonero).

La desnaturalización atlética no termina en su crisis de zapadores, sino que se extiende también a sus fuerzas aéreas, antaño temidas y ahora tristemente dóciles. El Atlético que sumaba medio gol en la mente del rival en cada córner a favor se ha esfumado. Y, para un equipo que solía rentabilizar bien sus ventajas, un conato a pelota parada equivalía casi siempre a punto de partido. Sólo Godín, al que los contrarios se encargan ya de atar en corto, queda en pie de aquellos garabatos diabólicos en la pizarra del 'Mono' Burgos. Por lo demás, balones a la olla y a rezar. Ya no existe un plan.

No deja de ser mérito reciente del club que alejarse de la pelea en las alturas con Real Madrid y Barcelona ya se considere unánimemente como una crisis. Precisamente por ello, el Atlético de Madrid debería repasar el libreto que le llevó a esa excelencia. Hay pocos delirios de grandeza en un equipo que ha contado cada gota de sudor derramada hasta volver al lugar que antaño le pertenecía, pero les urge reencontrarse con su código genético y abandonar este trampantojo. Volver a la metalurgia, a picar como avispas y a creer y trabajar para poder. Volver a ser el ogro en lugar del príncipe. Volver a molestar.


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