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LeBron y la misión vital de un anillo para la ciudad maldita

LeBron posa ante las cámaras con sus trofeos.
LeBron posa ante las cámaras con sus trofeos. EFE

Pensemos qué hacíamos cada uno de nosotros a los diecisiete años. A esa edad, LeBron James se convertía en uno de los deportistas más jóvenes de la historia en aparecer en la portada de Sports Illustrated, sobre una leyenda no precisamente prudente: "El elegido". Durante esa misma temporada, ESPN comenzó a retransmitir para todo el país los partidos de un modesto instituto de una discreta ciudad del estado de Ohio. La única razón de un dispendio tan extravagante era que en su equipo de baloncesto jugaba un muchacho del que algunos gurús decían que iba a cambiar la historia de su deporte.

Prácticamente nadie hubiese sobrevivido cuerdo a semejante borrachera de elogios. Lo fácil para el joven número 23 del St. Vincent-St. Mary High School hubiese sido abrazarse a los aduladores y entregarse a la fama, las chicas y el dinero fácil. Pero, lejos de asfixiarse en su burbuja, LeBron trabajó sin cesar para cincelar una leyenda que ha definido su carrera: "Podrás quererme u odiarme, pero terminarás respetándome".

Diana de los comentarios más venenosos de la NBA contemporánea, el James narcisista de sus primeros años como profesional maduró a golpes, en medio del dilema de cómo hacer para dejar su propia huella en la historia. Vio cómo ardían camisetas con su nombre en Cleveland cuando huyó a Miami a rodearse de quienes le podían disipar el miedo a retirarse sin un anillo. Incluso aparcó luego durante un tiempo el dorsal de Jordan para tratar de separarse de esa sombra. Pero hasta 2014 no cayó en la cuenta de cuál era su sino: firmar el primer título NBA de la historia de su estado.

Debía borrar el malditismo de una ciudad que no sabía lo que era celebrar una gran liga desde que los Browns ganasen la NFL en 1964. Sólo completando esa misión podría retirarse en paz consigo mismo. Y, como él ha terminado confesando, se ha dejado "el corazón, la sangre, el sudor y las lágrimas" para completar sus particulares doce trabajos de Hércules. Contra todo y contra todos.

Incluso para los fans menos flemáticos es difícil ya odiar a este LeBron adulto, con el poso de quien se ha sacudido todo lo secundario para concentrarse en lo sustancial. En la era de lo superficial y lo viral, el jugador franquicia de los Cavs se embarcó en un desafío noble, casi espiritual. Y esa historia de cuento, que ha acabado con final feliz, es la que termina encariñando a todos con su personaje principal. Al final, el pavo real al que tantos detestaban no era más que un chico de Akron que un día soñó con volver a casa, de la mano de su novia de toda la vida, para llorar de felicidad al lado de su gente.


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