Democracia y mercado

Estados que funcionan, Estados que no

Hace poco menos de un mes descubrí Sala Negra. Se trata de un espacio particular en el periódico salvadoreño El Faro. Llegué a través de una crónica titulada ‘Yo extorsionado’. En ella se relata a la perfección cómo funciona la extorsión de, digamos, baja o media intensidad en El Salvador. Después de devorarla de un tirón ya no pude dejarlo. La sección de crónicas y reportajes de Sala Negra puede leerse casi como un libro (y de hecho así lo estoy haciendo), una serie de crónicas que retratan varios aspectos de la violencia, el crimen y la corrupción en El Salvador y en otros países centro y sudamericanos. El trabajo de los periodistas que participan en la sección es certero, intenso, profundo, a ratos hermoso, a ratos alucinante por lo arriesgado, de ésos que desearía ver mucho más a menudo en mi propio país.

Es imposible ignorar el enorme vacío que deja la falta de un Estado fuerte pero al mismo tiempo institucionalmente contenido

Una nota entre todas me impresionó sobremanera. Su autor lo tituló ‘La pandilla que se ahogó en el océano’. No es sino la historia de la Mara Salvatrucha en Catalunya. O la no historia. Se trata del cuento de un fracaso, que a ratos roza incluso el patetismo. La impresión no vino tanto del texto en sí, a pesar de estar bellamente ejecutado, sino del contraste que suponía el efecto de una pandilla violenta en España (“una gota de aceite en el océano” según las palabras de un responsable policial citado en el artículo) y en lugares como El Salvador o Guatemala, escenarios habituales de Sala Negra. Comentándolo con una persona que sabe mucho más que yo de situaciones de (post)conflicto y violencia juvenil, la respuesta fue tan simple como devastadora: “es la diferencia entre tener un Estado y no tenerlo”.

Cabe aclarar que los problemas de Guatemala o de El Salvador tienen factores propios, sí, pero no se trata de cuestiones meramente locales. Es cierto que, por ejemplo, ambos países sufrieron largas guerras civiles que se cerraron en falso en términos de desmovilización y retirada de las armas disponibles para la población, pero en no poca medida la violencia juvenil proviene de pandillas que fueron fundadas y crecieron en Los Ángeles. Los países son, además, parte de las rutas de tráfico de drogas y personas de sur a norte del continente, con la responsabilidad que ello conlleva para México y sobre todo los Estados Unidos como país consumidor. Por no hablar del efecto expulsión que la violencia genera en casi toda Centroamérica. Sin embargo, es imposible ignorar el enorme vacío que deja la falta de un Estado fuerte pero al mismo tiempo institucionalmente contenido.

En el relato sobre los pretendidos mareros en Barcelona y alrededores, los intentos de implantar algo siquiera remotamente parecido a lo que existe en El Salvador se da de bruces contra el Estado. Un detective de los Mossos explica así lo que pasó:

En cuanto supimos lo que estaba pasando los encaramos y dialogamos con ellos, les pusimos claro el escenario. No se puede decir que fuera una negociación porque en realidad fue decirles: “sabemos quiénes sois, donde es vuestra casa, qué queréis hacer... y estos somos nosotros y esto va a pasar en el momento en que cometáis un delito”.

“No se puede decir que fuera una negociación”. En el artículo también se explica cómo uno de los posibles candidatos para meterse en la pandilla estaba pensando en dejarlo entre otras cosas porque tenía muchas más opciones de conseguir una ayuda estatal y un empleo más o menos decente si dejaba la banda y las actividades relacionadas. La combinación de represión controlada y alternativas para la integración, sencillamente, tiende a funcionar.

La desesperación de los brazos ejecutores ante una falta de acción gubernamental decidida, coordinada, libre de corrupción y exitosa puede desembocar en el abuso de la fuerza

En El Salvador o en Guatemala sí existen negociaciones entre los representantes del Estado y de las bandas criminales. Y fallos. Estos relatos sobre cómo cayeron tres capos de la droga de Guatemala dejan al descubierto los agujeros estatales. También lo hace la exposición de cómo murió asesinado un testigo protegido (y asesino él a su vez) clave en El Salvador. La desesperación de los brazos ejecutores ante una falta de acción gubernamental decidida, coordinada, libre de corrupción y exitosa puede desembocar en el abuso de la fuerza. En la misma Sala Negra se encuentran piezas como esta sobre Harry, un “policía matapandilleros” que decide tomarse la justicia por su mano de una manera más o menos sistemática porque piensa que si no, no se podrá acabar con las bandas. O esta otra, la última que han publicado, donde realizan una exhaustiva investigación para probar que la Policía Nacional salvadoreña ejecutó a jóvenes miembros de pandillas (o sospechosos de serlo). En Colombia, las investigaciones sobre el posible uso de paramilitares por parte del Gobierno de Álvaro Uribe hace una década ha llegado al extremo de la exhumación de una supuesta fosa en Medellín.

En Barcelona casi bastó una pintada de “viva la MS13” y unos cuantos rumores o acciones de baja intensidad por el Raval para poner en alerta a los Cuerpos y Fuerzas de seguridad. No es que en nuestro país no tengamos problemas con otras mafias, ni corrupción, ni excesos policiales. No soy tan ingenuo. Pero en general el Estado funciona, y da la impresión de que a veces se nos olvida.

Por contra, el Estado no funciona en muchas áreas de países de Centroamérica. Las razones distan de ser sencillas: como decía, se unen factores tanto propios como ajenos, y la solución no será ni rápida ni unívoca. Pero toda la atención que el mundo prestó a la región hace justo un año por la oleada de niños y jóvenes que pretendían salir de la región se ha evaporado este verano. Sin embargo, la violencia y la falta de oportunidades que los empujó siguen allá. Afortunadamente, también los periodistas con ganas y valor para contarlo.


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