Tienen la izquierda y los partidos nacionalistas de este país cierto complejo con la bandera que resulta difícil de comprender. Ya no sólo porque hay quien la considera como el símbolo del Estado al que no quieren pertenecer, sino porque hay quien la ve como una herencia del franquismo, pese a que el rojo y el gualda se emplean oficialmente desde que lo decretara Carlos III, en 1785. Salvo en los años de la Segunda República, claro está.

Podría decirse que la enseña nacional se parece a la que estuvo vigente hasta 1975 como la de Andorra a la de Moldavia o a la de Rumanía. Pero ya se sabe que las obsesiones políticas a veces llevan a distorsionar la realidad hasta extremos absurdos. Y, a fin de cuentas, el anti-patriotismo ha servido a algunos para vivir muy bien durante unos cuantos años.

No deja de resultar un tanto desconcertante que un país sólo sea capaz de ponerse de acuerdo alrededor de su bandera cuando la selección española de fútbol gana un torneo internacional, pero, como diría aquel, ‘con estos bueyes hay que arar’. Pero ya se sabe que aquí el enfrentamiento entre Villarriba y Villabajo será eterno y que siempre habrá personas dispuestas a poner el grito en el cielo por los símbolos. Especialmente, si ‘huelen’ a España.

Por eso, ha causado sorpresa que Pedro Sánchez se haya presentado este martes en el Congreso de los Diputados con una rojigualda bordada en la mascarilla.

La noticia debería ser ésa: que haya quien se sorprenda porque un presidente –o cualquier ciudadano- luzca la enseña nacional en cualquier acto. Pero es por este tipo de cosas por las que unos cuantos se enervan y gustan de pronunciar palabras como “facha” o “fascista”, que son las que se asocian a quienes exhiben patriotismo. Como diría Obélix: están locos estos romanos.

El nuevo héroe nacional

Este Buscón se encuentra en el grupo de los que se han quedado pasmados con esta decisión presidencial. Básicamente, porque se ha producido poco después de que finalizara la Cumbre de la Unión Europea a la que Sánchez acudió con una mascarilla que no incluía ningún símbolo, al contrario que sus homólogos francés, italiano o portugués.

De hecho, pese a que en las calles son muchos los que la exhiben, en la política prácticamente había estado reservada para algunos diputados conservadores –de Vox, principalmente- y para José María Aznar. En Podemos, varios de sus portavoces han optado por los cubre-bocas reivindicativos, que, oh casualidad, algunos proceden de la conocida tienda de ropa de uno de los hombres de confianza de Pablo Iglesias

El caso es que, a las pocas horas de volver de Bruselas, Pedro Sánchez se ha presentado en el Congreso de los Diputados con una nueva mascarilla que, al fin, incluía la bandera nacional. Conviene matizar que la rojigualda estaba imprimida sobre un fondo blanco en lugar de verde, que es el que acostumbran a lucir los diputados de Vox. No vaya a ser que alguno se vaya a confundir.

Sea como fuere, podría llegar a pensarse que el hecho de que Sánchez haya decidido lucir la bandera de España se encuadra dentro de esa estrategia que han mantenido los propagandistas de Moncloa desde el pasado lunes, que consiste en presentar al presidente del Gobierno poco menos que como un héroe de la nación por firmar un acuerdo supuestamente ventajoso para el país.

Sus ministros le recibieron el martes con un estruendoso aplauso y este miércoles, en el Congreso, ha sorprendido con una nueva imagen patriótica. Parece que ahora, tras cerrar un acuerdo en Bruselas, quiere ser el presidente de todos. O, al menos, parecer que lo es. Cosas veredes, amigo Sancho.