Trastear en Whatsapp o actualizar el correo de madrugada es señal de vamping tecnológico, un incipiente fenómeno responsable de la pérdida de horas de sueño por estar frente a la pantalla. Aparentemente, un gesto inocente, pero detrás de cada hora perdida podemos encontrar consecuencias para nuestra salud mental y física.

Además, contrario a lo que pudiera imaginarse, son los más pequeños de la casa y los adolescentes los que más tienen que perder en esta batalla de la hiperconectividad. Una tendencia que se agrava durante el verano, según explica Diego Redolar, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigador del grupo Cognitive NeuroLab y del instituto Brain 360, aclarando que "las rutinas son muy importantes: hay que establecer horas fijas para acostarse y levantarse".

Por eso, se recomienda limitar el uso de estos dispositivos, más aún tras el confinamiento y la llegada del verano, donde explican que "es posible que se agrave o atrape a los adolescentes". Algo que confirma José Ramón Ubieto, docente colaborador de estos estudios, que llama a "negociar y establecer momentos en los que no se pueda usar las pantallas" para evitar este tipo de abuso. El hándicap aparece así no solo por la conectividad, sino porque se perpetua un hábito nocturno que va en detrimento del organismo.

"Con la desescalada surgen otras acciones más sociales, de contacto, pero quedará mucha de esa actividad nocturna porque se trata de una conexión que no es solitaria, la hacen con otros", expone Ubieto. Topa así frontalmente la aparición del vamping tecnológico, el cual roba horas de descanso a todas las edades.

Qué es el vamping y por qué nos quita el sueño

Según explican desde Clínica Universidad de Navarra, el vamping es utilizar nuevas tecnologías antes de dormir. Una tendencia que, según explica la doctora Ángela Milán, neuróloga de la Unidad del Sueño de la Clínica Universidad de Navarra, "ya que la luz de las pantallas afecta a la calidad del sueño y a nuestro rendimiento". El nombre deriva así de mezclar vampire (vampiro en inglés) y el sufijo ing, proveniente de texting, asegura la doctora Milán en este vídeo.

Esto ocurre, como mencionan desde la citada clínica, por "la luz azul de onda corta emitida por estos aparatos electrónicos". Encontramos así culpables en smartphones, tablets, ordenadores y televisiones, es decir, aparatos electrónicos con luz.

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El vamping en menores de edad podría acarrear diversas disfunciones en el organismo. ©Pexels.

"Si utilizamos aparatos electrónicos con luz, el cerebro entiende que aún es de día y no segrega melatonina, ya que la luz detiene la producción de esta hormona, por lo que retrasamos el inicio del sueño y dormimos menos horas, lo que llamamos insomnio tecnológico”, explica la doctora Milán al portal informativo de Clínica Universidad de Navarra. Este déficit, del cual hay estudios que lo atestiguan, afecta así en mayor medida a los menores, donde esta producción se reduce hasta en un 90% más.

Las consecuencias del insomnio tecnológico

Diversos estudios aseguran que dormimos menos y peor que en el pasado, incluso con el riesgo de que la privación del sueño se convierta en una epidemia entre la población adolescente, como mencionan en el portal informativo de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos.

Esto genera, como explica Redolar, "una falta de sueño que no solo provoca irritabilidad, cansancio, dolor de cabeza o falta de atención", síntomas afines a adultos y jóvenes, sino que puede incluso tener efectos en el crecimiento.

"Hasta los 20 o 25 años, el sistema nervioso no está desarrollado, y hay que cumplir una serie de hitos; si no se duermen las horas necesarias, además de las consecuencias para la persona adulta, estamos olvidando algo muy importante para el desarrollo cerebral", explica el profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

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No dormir las debidas horas puede aumentar el riesgo de sufrir ansiedad, depresión, estrés e irritabilidad. ©Pexels.

Se genera así una información contradictoria en horas en las que deberíamos estar durmiendo, lo cual puede afectar a diferentes sistemas del organismo, aseguran desde la UOC. Redes sociales ocupan así la mayor parte de esta problemática, sumada a ser la forma habitual de interacción de los jóvenes. Esto se traslada a diferentes estudios, como éste de la Universidad de Glasgow, en Escocia, donde se compara el uso de las redes sociales en diferentes momentos del día.

Los datos, extraídos de una muestra de 467 adolescentes, demostraban que un uso exagerado de las redes sociales estaba asociado a un peor descanso, a ansiedad, depresión y baja autoestima, determinándose que un peor descanso venía aún más asociado al uso nocturno de las redes sociales. Por contra, la ansiedad y la depresión estaban más vinculadas a los sites o redes sociales donde hay una inversión emocional, principalmente en jóvenes con baja autoestima.

En cualquier caso, la aparición del vamping tecnológico no es patrimonio exclusivo de los menores. Los adultos, aunque las pautas no se repliquen con la misma frecuencia, también lo sufren, y más en verano. El cambio de hábitos de sueño torpedea el momento de irse a la cama, bien sea por factores externos (ruido, humedad, temperatura) o por factores internos (digestiones pesadas, ingesta de alcohol o excesivo cansancio), por lo que la tentación de mirar el teléfono en la mesilla de noche aumenta.

Se genera así un círculo vicioso contra el descanso y contra la correcta higiene del sueño, mucho más notorio en verano, que encuentra en el teléfono otra manera más de pervertirse, ya que seguiremos ralentizando la secreción de melatonina.

Por eso, lo conveniente es apartar las pantallas del momento del reposo al menos un par de horas antes de irnos a dormir y cundir con el ejemplo en casa. Sería incongruente negar el uso de dispositivos electrónicos a los menores, pero que los progenitores estén con el teléfono en casa. En tal caso, lo conveniente es crear una hora límite de tecnología o espacios libres de ella, como la mesa o los dormitorios, dejando otras estancias de la casa acomodadas a su uso.