Un desayuno de hotel durante las vacaciones se convierte en una especie de todo vale gastronómico, más aún cuando es el formato buffet el que nos busca las cosquillas con sus tentaciones. Salidos de la rutina, con tiempo para comer y, sobre todo, sin la necesidad de cocinar para nosotros mismos, este momento es uno de los puntos fuertes de las vacaciones.

Pasamos así de la tostada con aceite y el café con leche del día a día a montañas de comida accesibles con el mínimo esfuerzo. Y, evidentemente, también pasamos a una saturación inmediata, que incluso puede complicar nuestras digestiones desde primera hora.

Más allá de esa digestión, la realidad es que los tentadores desayunos de hotel pueden ser una bomba nutricional si vamos sin freno. Hablamos de grasas (muchas de ellas saturadas), de ingentes cantidades de hidratos de carbono, de muchísima sal, de azúcares sin control o, dependiendo del lugar, incluso de alcohol desde primera hora del día.

Todo ello forma parte de un cóctel sabroso, pero no siempre saludable. Por eso, para evitar que nuestra báscula proteste o que nuestros análisis se disparen a la vuelta de vacaciones, hay ciertos ingredientes o productos a los que poner bajo arresto. Evidentemente, hablamos de un perfil nutricional general, más allá de intolerancias, y también de no caer en la gula, sino de hacer un uso medido -si queremos evitar sustos en el peso- cuando regresemos.

Seis alimentos de desayuno de hotel a evitar

Con moderación, sin patologías previas y sin convertirlo en costumbre, un buffet de desayuno de hotel o una carta de éste no tienen por qué ser agresiones a nuestros kilos o a nuestra salud. Otra cosa será que lo convirtamos en rutina y se produzca un superávit calórico al que luego no demos salida.

Es por eso que hay ciertos ingredientes, más allá de la cantidad de energía que aporten, a los que también debemos prestar atención por diferentes causas. Hablamos de aquellos que ponen en jaque a los hipertensos, como los ricos en sal, o los que suponen un compromiso directo con la salud cardiovascular, como los ricos en grasas saturadas, e incluso para los ricos en azúcar, que pueden venir de muchas y disimuladas formas.

Bacon

Es uno de los reyes del clásico english breakfast y pieza fundamental de desayuno de hotel. Cuando hablamos de producto del cerdo, no falta el beicon (o bacon), ni tampoco suelen faltar salchichas también cocinadas, amén de distintos embutidos. En este caso, el ataque viene por una doble vía: las grasas saturadas y la cantidad de sal.

Si estamos en casa, podremos conocer la información nutricional de lo que comemos, pero en un restaurante no disponemos de ella. Sin embargo, el bacon puede oscilar fácilmente entre los 9 y los 14 gramos de grasas saturadas por cada 100g de producto, igualmente siendo rico en grasas totales (aquí se moverá en una horquilla de entre 25g y 35g de grasa), por lo que es una bomba calórica y, si nos pasamos, en un potencial enemigo cardiovascular.

Algo que también podría pasarle a otros derivados del cerdo, como los embutidos, los cuales además de grasa, son una fuente de sal añadida importantísima. En este sentido, si hablamos de bacon, podemos suponer cantidades que oscilen entre los 2 y los 3 gramos de sal por cada 100g de producto. Teniendo en cuenta que las recomendaciones totales de la OMS de sal diaria no superan los cinco gramos, podríamos plantarnos en que tres lonchas de bacon aportarían cerca del 20% de sal diaria recomendada.

¿La forma de evitarlo? Acudir a embutidos menos curados o prestar atención a otras alternativas de bacon, como puede ser el bacon de pavo, presente en cada vez más desayunos.

Los zumos

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Los zumos, aún naturales, suponen una ingesta desmedida de azúcares. ©Pexels.

Hace tiempo que la buena fama de los zumos en los desayunos está en entredicho y sobran motivos para ello. Hablamos de disfrutar del sabor de la fruta, pero sin tener todas sus propiedades, ya que estamos ingiriendo una cantidad importantísima de azúcar prescindiendo de partes de sus virtudes.

Esto nos ocurrirá generalmente con el zumo de naranja, incluso con el natural, aunque debemos prestar más atención al hecho de que el zumo que nos sirvan no sea recién exprimido. Si esto sucede, podemos encontrarnos con zumos a base de concentrado -cada vez menos frecuentes-, pero que incluso tienen azúcares añadidos, por lo que no debemos abusar de ellos si no queremos que el azúcar se descontrole.

La mejor alternativa, si aún no renunciamos al zumo, es asegurarnos de que sea natural o, en su defecto, que limitemos su ingesta a solo un vaso por servicio, ya que aún consumiendo vitaminas o minerales, perdemos el poder saciante y la fibra alimenticia de la fruta.

Los quesos

A nuestros lácteos amigos les pasa prácticamente lo mismo que al bacon: son ricos en grasas y suelen tener bastante sal. No siempre están presentes en los buffets de desayuno, pero es habitual que al menos haya tres o cuatro opciones, por lo que es una tentación perpetua con un gran aporte calórico.

Evidentemente, también tienen un perfil nutricional interesante por sus aportes de calcio, por su gran cantidad de proteínas y por ser una buena forma de recurrir a una energía relativamente saludable, pero debe ser consumido con moderación y con ciertas cortapisas. Más aún cuando desconocemos su información nutricional al completo.

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Los quesos, aún aportando calcio y proteínas, también son ricos en sales añadidas y en grasas saturadas. ©Pexels.

Por eso, las opciones menos onerosas si vamos a lidiar con el queso durante nuestros desayunos de vacaciones está en acudir a quesos frescos y blancos. Tendrán menos grasas que un queso curado, una cantidad similar de proteínas y también tendrán menos sal, por lo que es la forma más saludable de tomar queso.

La bollería

Nuestras tendencias de desayuno están vinculadas al consumo de dulces y de hidratos de carbono desde primera hora del día. Algo que se repite en el patrón vacacional con frecuencia. Por este motivo, todo tipo de bollería no falta en los buffets de hotel.

Hablamos de cruasanes, de napolitanas, de galletas y de magdalenas que, por regla general, están elaboradas con harina de trigo. Lógicamente, si uno es celíaco o intolerante al gluten debe rehuir de ellos, pero también es conveniente consumirlo con mesura por otro tipo de clientes.

Nos referimos a aquellas personas que tienen que vigilar su índice glucémico, ya fuera por ser diabéticos o por tener sobrepeso, ya que ciertos productos a base de harinas refinadas lo aumentan a gran velocidad. Por este motivo, es conveniente no atiborrarse de este tipo de masas para que nuestro azúcar en sangre no se dispare.

La forma de evitarlo es, en la medida de lo posible, prefiriendo cereales integrales en nuestras harinas o apostando por el pan antes que por la bollería, que viene además nutrida de azúcares añadidos -en mayor o menor medida- y de otros productos como podrían ser aceites o mantequillas y que son otra forma camuflada de consumir calorías.

Cereales de desayuno

En esta cruzada llevan los nutricionistas inmersos durante muchos años, ya que los cereales se han convertido en pieza clave del desayuno de millones de niños y sus beneficios no están tan claros. Es cierto que la mayoría vienen enriquecidos con vitaminas y que también aportan bastante energía, pero sus carbohidratos son rápidos (o simples), los cuales elevan el índice glucémico rápidamente, alcanzando pronto ese pico de energía y luego desapareciendo.

A ello se suma que, más allá del hecho de que los hidratos de carbono sean una forma de consumir azúcares naturales, lo más habitual sea que los cereales de desayuno también sean un producto más o menos rico en azúcares añadidos. La batalla aquí vuelve a estar en que desconocemos -habitualmente- la información nutricional de los buffets de hotel porque todo está desembalado y servido, no pudiendo medir con exactitud lo que comemos.

Si aún así no soportamos la idea de prescindir de los cereales, la mejor opción vuelve a pasar por acudir a aquellos que sabemos que carecen de azúcares libres, como pueden ser los tradicionales copos de maíz o de avena.

Tortitas, crepes, gofres...

Bajo este paraguas vamos a englobar a todos esos productos que cumplen con unos mismos ingredientes aunque con apariencias distintas. Hablamos de harina, de huevo, de leche, de azúcar, de sal... y todo ello luego frito o pasado por una plancha, y a lo que ya rematamos en el plato con una abundancia de mieles, mermeladas, siropes o salsas.

Con moderación hablamos de pequeños placeres cotidianos, pero convertirlos en rutina vacacional durante dos semanas sin dar salida a estas bombas energéticas puede ponernos unos gramos de más. La complicación, además de en su propia constitución, rica en hidratos de carbono rápidos y también en grasas, está en lo que les añadimos para hacerles más atractivos.

Podemos hablar de ese sirope de arce, de una salsa de caramelo líquido, de chocolate, de mantequilla e incluso de helados, por lo que desde primera hora del día estaremos ingiriendo una gran cantidad de calorías y de azúcares libres.

Si vemos que aún así no renunciamos a este tipo de masas, la mejor opción -además de comerlas solas- estaría en que la acompañásemos de fruta fresca, para al menos equilibrar el perfil nutricional del desayuno.