Si nos vamos al top de alimentos más buscados -y perseguidos- por los especialista de la salud bucodental, caramelos y azúcares se llevan la palma. Una especie de Bonnie & Clyde de los asaltos a molares, incisivos y caninos que, en exceso, pueden arruinar nuestra sonrisa.

Por desgracia no están solos y es que, a pesar de su mala y merecida fama, hay otros alimentos que también ponen en jaque a nuestro esmalte. Ya sea por sus ingredientes, por su textura o por su composición, hay unos cuantos sospechosos habituales que bien merecerían estar en el cartel de 'Se Busca' de cualquier dentista u odontólogo.

Algunos son muy cotidianos y aparentemente inocuos y a otros, ya más conocidos, les seguimos la pista desde hace tiempo, pero sea como sea, ninguno de ellos le hace un favor a nuestra sonrisa, sobre todo si no la protegemos debidamente con cepillados (sean manuales o de cepillo eléctrico), cuidados dentales y la necesaria visita al especialista, al menos una vez al año.

Ahora, veamos quienes son esos enemigos silenciosos que merman nuestra sonrisa y nuestros dientes, perfectamente evolucionados durante milenios, aunque en la actualidad tengamos ciertas soluciones blanqueadoras.

Por qué ciertos alimentos dañan nuestros dientes

El azúcar, presente en prácticamente cualquier producto, es un enemigo secular de la salud bucodental, sobre todo si se da en muchísima cantidad. Irónicamente, el extremo contrario en lo tocante al sabor tampoco es un buen amigo de nuestros preciados dientes, como es el caso de los productos demasiado ácidos, incluyendo así a cítricos, pero también a vinagres o a las temidas bebidas carbonatadas.

Reacciones entre pH, bacterias (la temida placa bacteriana) que convierten el azúcar de ciertos alimentos en ácidos o las temidas caries forman parte de esta hostilidad manifiesta de los alimentos que tomamos diariamente. Unos desmineralizan y erosionan, otros adhieren con más vehemencia a la placa bacteriana sobre nuestro esmalte dental y, entre unos y otros, nos complican sonreír.

Pero pongamos freno a esta debacle con la ayuda de la Universidad de Rochester.

Cítricos

Cargados de vitamina C, mucho sabor y poca sensación de azúcar, los cítricos, sobre todo cuando los consumimos en zumo, son malos amigos de nuestra salud bucodental, aunque nos hagan ciertos favores en la adición de micronutrientes a nuestra dieta. Todo ello sin tener en cuenta la demonización de los zumos naturales, donde la concentración de azúcar es alta -a pesar de su sabor- y donde no disfrutamos de los beneficios del masticado, como la incorporación de su fibra.

Sin embargo, la batalla no está en el azúcar -o no tanto- sino en que son productos ácidos (tienen un pH de 3), mientras que nuestra saliva, que es la que pone en orden nuestra boca, evitando la aparición de infecciones o enfermedades tiene un ph de 7 u 8, aunque puede decrecer. La inclusión de alimentos ácidos ataca directamente al esmalte dental, debilitándolo y pudiendo provocar caries, por lo que aunque parezca inofensivo, un zumo de naranja -sin una correcta higiene dental- también tiene sus contraprestaciones.

Vino tinto

Los famosos taninos del vino, aunque no están solo en él, forman parte de la banda de 'manchadores' de dientes. Esto se debe también a la presencia del cromógeno, un pigmento que se adhiere al esmalte y mancha los dientes. Del mismo modo, la acidez del vino propicia la filtración de sustancias, como los citados taninos y los antocianos, que se encargan de darle color, pero también de teñir nuestros preciados 'piños'.

En el otro lado, encontramos una ventaja del vino tinto como aliado de la salud bucodental, según un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid. Ello se debería a los polifenoles, que desacelerían el crecimiento de la flora bacteriana alojada en dientes y encías.

Té negro

No solo el vino está cargado de taninos, sino que también el té lo está, de forma totalmente natural, y es también un mal amigo en lo que a teñir dientes se refiere. Sin embargo, no es todo malo lo que tiene que ver con estos polímeros porque tiene propiedades astringentes y antiinflamatorias.

Lo malo es que mancha los dientes, claro, pero esto lo podemos paliar recurriendo al té verde, que tiene menos taninos, aunque hay un estudio que pone en jaque al té verde, acusándolo de también erosionar el esmalte dental. En cualquier caso, todo esto se puede combatir con una correcta higiene.

Bebidas con gas

Ya no entramos en el mundo de las bebidas lights, que en realidad sustituyen al azúcar por otros edulcorantes, sino que entramos directamente en el mundo de las carbonataciones y en la presencia de los responsables de las chispeantes burbujas de muchos refrescos y de un par de ingratos enemigos para nuestros dientes.

Consumidas en cantidades elevadas, los refrescos carbonatados contienen importantes cantidades de ácido cítrico (recordemos unos párrafos más arriba) y también de ácido fosfórico, que en ambos casos son erosionadores naturales del esmalte dental en ese equilibrio de pH. En cualquier caso, si no renuncias a tu refresco, debes saber que es mejor que lo hagas -al menos para la salud dental- mientras comes, porque los alimentos pueden ayudar a neutralizar estos ácidos.

Encurtidos

Piensa en el que más rabia te dé y cae en cantidad de vinagre que tiene. Hablemos de aceitunas, de piparras, de banderillas, de cebolletas, de pepinillos o de cualquier tentación que desde la barra de un bar o en un mediodía nos tientan como aperitivo.

Has acertado, están cargados de vinagre (con un pH entre 2,5 y 2,9). Para hacernos una idea, el de nuestra saliva -que forma parte de la guardia pretoriana de nuestros dientes- está entre 6,5 y 7,4, por lo que la acidez de los pepinillos que tengamos en la despensa también erosionará nuestro esmalte dental, debilitándolo y haciéndolo más susceptible a caries, roturas o filtraciones.

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Los encurtidos, al tener mucho vinagre, pueden dañar el esmalte dental. ©Pexels.

Caramelos

Azúcar concentrada, igual que si hablásemos de gominolas, que es igual de nociva si hablamos de masticables como si hablamos de caramelos de chupar. El problema no está solo en el azúcar, sino en el tiempo que permanecen en la boca.

Si son masticables suelen ser pegajosos (pensemos en un tofe), por lo que se adhieren con más facilidad a los dientes y también se introducen en cavidades de difícil acceso con el cepillado. Ahí, la placa bacteriana convierte el azúcar en ácido, disolviendo el esmalte. Esta guerra, por ejemplo, la podríamos trasladar también las frutas deshidratadas como higos secos, orejones o dátiles porque están cargados de azúcar y también tienen esa textura chiclosa.

Por contra, los caramelos duros se disuelven despacio, dando más tiempo a las bacterias a ponerse las botas a base de azúcar. El más difícil todavía lo hacen esos caramelos ligeramente amargos, que también suelen incluir ácido cítrico en su composición, y ya suman tres variables indeseables en la ecuación: mucho azúcar, acidez y tiempo en boca.

Pasta, pan y otros carbohidratos

Huelga decir que la pasta y el pan, así como las galletas, son buenos alimentos siempre que no estén cargados de azúcares añadidos y otros ingredientes como aceites refinados, formando parte de una pirámide nutricional deseada y con la que, si tenemos buen cuidado dental, no entrañarán riesgos.

Sin embargo, no debemos dejar atrás a la química. Los carbohidratos no dejan de ser azúcares y cuando los consumimos estamos liberándolos en la boca, facilitando esa tarea de conversión que realiza la placa bacteriana, al transformarlos en ácidos que dañan el esmalte y permiten la aparición de caries.

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Los carbohidratos, sobre todo con azúcares añadidos -como la bollería-, son malos aliados de nuestra salud dental. ©Pexels.

El plus ultra de esta batalla sería acompañar una pasta con una salsa de tomate, ya que suelen ser ácidas -aunque se corrijan con azúcar, lo que no es deseable-, metiendo en el mismo bocado la acidez y la dulzura para complicar la existencia a nuestros dientes.

Sin embargo, siempre y cuando cumplamos con una correcta higiene dental, con las revisiones periódicas al dentista y evitemos picar entre comidas, absoluta enemiga de nuestra boca, no tiene por qué pasar nada.