ESTADOS UNIDOS

Siria y Steve Bannon

Es la historia la que dice que las últimas intervenciones importantes de EEUU en países  de mayoría árabe han venido marcadas siempre por gobiernos republicanos.

Siria y Steve Bannon.
Siria y Steve Bannon. EFE

A nadie le sorprendió Trump. Es un presidente engullido por su personaje, un protagonista de un cuento abriendo puertas sin definirse en busca de un argumento que quiere escribir sin saber hacerlo. Por eso ese factor incontestable que hace a los presidentes dueños de unos actos que, en la mayoría de los casos, no justifican, se revolvió como un ataque frontal hacia una decisión más que controvertida.  

Siria estuvo en la diana, no solo de los bombarderos, también de un Congreso que ha criticado la decisión de Trump como algo inconstitucional pues cualquier declaración de guerra debe haber sido aprobada en esa cámara. Y ahí, precisamente, se encuentra la diferencia del actual mandatario del país con su predecesor, Barack Obama. Cuatro años antes, en 2013, Obama se planteó seriamente atacar Siria, pero quiso obrar de acuerdo a la legalidad y solicitó el permiso de un congreso estadounidense que le denegó la autorización.

Todo es Oriente Medio y todos son terroristas. Y eso es algo de lo que se encargó Trump de azuzar en campaña

Aunque el ISIS siempre se encuentra como hilo conductor del problema, cualquier justificación encuentra respuestas cuando la palabra terrorismo se define en Siria. En un país donde una amplia parte de la población tiene unos conocimientos de geografía tan limitados como para no ir más allá de los estados limítrofes, las generalizaciones  suelen meter en el mismo saco decisiones donde la relatividad del destinatario importa poco. Todo es Oriente Medio y todos son terroristas. Y eso es algo de lo que se encargó Trump de azuzar en campaña. Y es también algo que alimenta a mucha parte de la población –sobre todo de ese centro del país donde muchos rednecks cimentaron con sus votos la victoria del candidato republicano-.

Pero para la gente de mi alrededor, de momento, la realidad dista un mundo de alcanzar la histeria que en muchos países europeos se intuye –de acuerdo a los medios-. Es la historia la que dice que las últimas intervenciones importantes de EEUU en países  de mayoría árabe han venido marcadas siempre por gobiernos republicanos: En 1986 Ronald Reagan se enfrentaba a Gadafi bombardeando Libia. Bush padre era el presidente en la Operación Tormenta del Desierto contra el régimen de Sadam Husein en 1991. Y la última, la Guerra de Irak tuvo en su hijo, del mismo nombre, un protagonismo que se encargó de airear Aznar hace poco con Bertín Osborne. Nunca una foto hizo tanto daño.

Rand Paul, como otros muchos senadores, sobre todo demócratas, se ha opuesto a la intervención justificándose en la inexistencia de daño dentro del territorio americano

Esta última me hace recordar una campaña en Portugal, hace años, con carteles inundando Lisboa bajo la foto de Bush Jr., Tony Blair, Aznar y Durao Barroso. En ellos se leía el lema “Eles menten, eles perdem” (ellos mienten, ellos pierden). Para entonces la foto tenía los rostros del portugués y de Aznar en blanco y negro, evidenciando una derrota política en sus países que les había sacado de la presidencia. Pero esto no va a pasar en EEUU pese a que propios pesos pesados, incluso entre los republicanos, hayan criticado la acción de Trump obviando al Congreso.

Rand Paul es uno de ellos. Es un político con pocos adeptos más allá de su estado, Kentucky, alguien que ha intentado ser presidente de su partido infinidad de veces no llegando a alcanzar siquiera las primarias. Como otros muchos senadores, sobre todo demócratas, se ha opuesto a la intervención justificándose en la inexistencia de daño dentro del territorio americano. “EEUU no ha sido atacado. Y  cualquier decisión que se tome de esta índole precisa la autorización del Congreso. Y eso lo dice nuestra constitución” aseguró claramente posicionándose en contra del ataque.

Y mientras Rusia, ese aliado de Trump en campaña, afila sus dientes

Y mientras Rusia, ese aliado de Trump en campaña, afila sus dientes. Al final, va a resultar que Putin no movía los hilos de una marioneta que comienza a tener vida y que discute, consigo mismo, si debe fiarse más de su yerno, Kushner, o de Steve Bannon. Una duda que ha ganado el marido de su hija pero que no despeja dudas de la impericia palaciega en la Casa Blanca de dos tipos con unos conocimientos en política exterior bastante limitados.

Siria espera en el camino y a Bannon se le espera.


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