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Carlos Briones

Análisis

Por la ciencia y el futuro, en el día de San Alberto Magno

Además de ser una de las bases de la cultura, permite transformar nuestro entorno. El nuevo movimiento de defensa de la ciencia no debería ser algo pasajero ni quedarse solo en una etiqueta.

Por la ciencia y el futuro, en el día de San Alberto Magno
Por la ciencia y el futuro, en el día de San Alberto Magno Pixabay

Hoy, 15 de noviembre, es San Alberto Magno: el patrón de los químicos y, por extensión, de todos los científicos.

Los científicos, sí, esos seres ni más ni menos inteligentes que la media de la población, ni más ni menos creativos, pero que (a diferencia de la mayoría) no dejan de ejercer la curiosidad cuando termina su infancia. Mujeres y hombres cuya forma de vida (porque ser científico no es solo una profesión) consiste en observar, leer, innovar, experimentar, cometer errores, aprender de ellos, tener paciencia, ser objetivos, refutar hipótesis, escribir, contribuir al avance del conocimiento, divulgarlo, soñar.

Los científicos se hacen preguntas constantemente y mantienen bien engrasado su espíritu crítico. Desconfían de los dogmas y dudan. Dudan, sobre todo, de sus propios resultados. Porque no hay otra forma de intentar entender la naturaleza, desde lo que ocurre dentro de un átomo o en el interior de una célula… hasta la dinámica de los ecosistemas o los fenómenos que se producen en la inmensidad del Cosmos.

"Los científicos convierten sus descubrimientos en cultura para la sociedad"

Gracias a ello, los científicos convierten sus descubrimientos en cultura para la sociedad. No son los únicos, desde luego, porque el saber va mucho más allá de la ciencia. Pero la ciencia es cultura, como lo son las humanidades y las artes. Son cultura un poema, un cuadro y una ecuación. Habría que preguntarse si gran parte de las personas que se consideran cultas saben por ejemplo qué debemos a Newton, quién fue Lavoisier, en qué consiste realmente la evolución darwiniana, por qué tenemos que preservar el legado de Ramón y Cajal y de Severo Ochoa, cómo se descubrió el sistema CRISPR, cuántas misiones vuelan hacia Marte ahora mismo, cómo funciona el horno de microondas que tienen en su cocina.

Porque la ciencia, además de ser una de las bases de la cultura, permite transformar nuestro entorno. En pocos meses, por ejemplo, habrá logrado desarrollar vacunas y fármacos con los que veremos la luz al final del túnel de esta pandemia cruel causada por un nuevo coronavirus humano.

La ciencia, y con ella la medicina científica (no existe otra, por mucho que les pese a quienes venden y consumen pseudociencias) nos salvará. Siempre ha intentado hacerlo, con los conocimientos y herramientas disponibles en cada momento histórico. Hemos avanzado gracias a ciencia y a sus aplicaciones, ya que el tiempo nos ha enseñado que no existe una ‘ciencia básica’ y otra ‘ciencia aplicada’.

"El tiempo nos ha enseñado que no existe una ‘ciencia básica’ y otra ‘ciencia aplicada’"

La ciencia, sí, la investigación, la I+D+i. Esos términos que en un país tozudo y cortoplacista como el nuestro parecían no existir hace tan sólo un año. Que no aparecían en la agenda de los políticos y de los que ningún partido hablaba durante las campañas electorales, porque aparentemente no daban votos ni rentabilidad en menos de cuatro años. Algunos incluso llegaban a decir que ‘en ciencia se gasta’ en vez de ‘en ciencia se invierte’. Basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que los países más desarrollados son los que más han apostado por la ciencia y la innovación durante las últimas décadas: la ciencia es cultura, sí, pero también la mejor inversión para que la economía de un país tenga fundamentos sólidos y pueda sobreponerse a las crisis de todo tipo.

Ahora la ciencia y la tecnología parecen estar en boca de todos, llenan primeras páginas de periódicos y portales de internet generalistas. Incluso se ha puesto de moda reclamar mayor inversión en investigación desde la radio y la televisión. Con el empuje de los fondos de la UE, el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2021 parece ir en la buena dirección, a falta de que realmente se apruebe y ejecute la financiación prevista. Por fin, tras tantísimos años en los que la ciencia española ha estado vagando en el desierto y miles de científicos jóvenes, tan ilusionados como bien formados, se han quedado en el camino o han salido de España para no volver.

Pero todo esto no debería ser algo pasajero, una etiqueta que ahora se ha puesto de moda o sirve para ‘quedar bien’ (ante los votantes, accionistas o inversores) y que se diluirá cuando termine la pandemia… y ‘SARS-CoV-2’ o ‘PCR’ sean otros de esos nombres que sólo los científicos recuerden. Llevamos décadas advirtiendo de que sin ciencia no hay futuro, y el propio Ramón y Cajal ya sabía qué rueda le faltaba al carro de nuestra cultura. A partir de ahora, sin una inversión decidida y creciente en I+D+i durante muchas legislaturas (de cualquier color o mezcla de colores que sean) nuestro país seguirá sin tener futuro. Y volveremos a no estar preparados para la siguiente pandemia, que, antes o después, llegará. Ni podremos afrontar los grandes retos asociados al cambio climático.

Feliz día de San Alberto. Felices días, semanas y años venideros. Cuidémonos. Cuidemos la ciencia. Convirtámonos, ya para siempre, en un país con futuro.

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