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Así cambiará CRISPR nuestra forma de comer

Así cambiará CRISPR nuestra forma de comer
Así cambiará CRISPR nuestra forma de comer ISED Solutions (Flickr CC BY 2.0)

La revolucionaria técnica de edición genética ha llegado a los alimentos y promete transformar el sector. Al permitir mejoras sin incorporar ADN de otros organismos, EE.UU. y Europa barajan autorizar su uso sin las trabas legales que se aplican a los transgénicos.

Fresas más dulces, patatas que generan menos acrilamida cuando las fríes y melocotones con una dosis extra de vitaminas. Así podría ser el contenido de los estantes de una frutería dentro de poco si la revolución que introduce la técnica de edición genética CRISPR se consolida en agricultura y las autoridades confirman que no se trata de productos transgénicos, ya que pueden introducir los cambios sin incorporar ADN externo. Así se ha expresado, de momento, el departamento de Agricultura de Estados Unidos, quien acaba de autorizar la posible comercialización de unos champiñones que no se ennegrecen tras modificar su genoma y asegura que estos productos no necesitan regulación extra, al obtener variedades “que se habrían obtenido igualmente con técnicas de mejora tradicionales”. En Europa, el abogado general del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, Michal Bobek, aseguró a principios de año que los productos obtenidos mediante CRISPR y técnicas similares están exentos de las obligaciones de la Directiva Europea sobre transgénicos cuando se trate de mutagénesis, es decir, que "no implica insertar ADN extraño en un organismo vivo”.

La técnica de las “tijeras genéticas”, que aprovecha el mecanismo de defensa de las bacterias descubierto por el español Francis Mojica, permite localizar determinadas secuencias en el ADN de una planta y eliminarla o modificarla para cambiar la expresión de ese genoma. A efectos prácticos, este es el mismo mecanismo que se utiliza tradicionalmente cuando se cruzan diferentes cepas para conseguir las características deseada, con la diferencia de que se tarda muchísimo menos y con una enorme precisión. “Es una herramienta que les permite mover caracteres de interés de una variante a otra de una forma muchísimo más eficaz que la que tendría que hacer con cruces adicionales”, asegura Lluis Montoliu, investigador del CNB-CSIC pionero en el uso de CRISPR. “Y dado que el resultado es literalmente imposible de diferenciar de la anterior, no parece sensato que tengamos que regularla con criterios adicionales a los que ya pedimos en seguridad alimentaria”.

 “Sería imposible diferenciar una planta producida por CRISPR de una en la que ha ocurrido una mutación de forma natural”

El investigador del CSIC Diego Orzaez lleva dos años trabajando en la aplicación de estas técnicas para modificar el genoma del tomate y otras plantas. “Nosotros lo estamos utilizando para el color”, explica a Next. “Sabemos que los tomates de la variedad kumato son amarronados porque el gen de la clorofila está mutado. No funciona y al madurar el tomate sigue acumulando el rojo de los carotenoides, pero no pierde el verde de la clorofila, así que las dos sustancias le dan ese color achocolatado”. Lo que hace su equipo es tomar una variedad de tomate normal y utilizar la herramienta CRISPR para encontrar la secuencia del gen GreenFlesh que expresa la clorofilasa. “La tijera llega al lugar, corta el ADN en dos partes y la célula, al notar que se ha roto, activa el mecanismo de reparación. Pero muchas veces se equivoca y coloca un nucleótido de más o de menos, lo que hace que el mensaje se anule y el gen no se exprese". De esta manera los científicos pueden obtener una cepa de tomate que reúne las características de color que buscaban - el color achocolatado del kumato - y lo hacen sin introducir material genético ajeno y en apenas un año, frente a los cinco o seis años que les habría llevado conseguirlo mediante hibridaciones. 

Un tomate rojo flanqueado por dos tomates modificados con CRISPR para eliminar el gen GreenFlash
Un tomate rojo flanqueado por dos tomates modificados con CRISPR para eliminar el gen GreenFlash D. Orzaez

“Nada de lo que comemos es ‘natural’, todas las variedades son mutantes que conseguimos mediante cruce y selección”, explica Orzaez. "Así llevamos 200 años; todas las plantas que estamos comiendo se consiguen así, se buscan variedades que se puedan cruzar y se cruzan”. Aparte de las hibridaciones, la manera tradicional de forzar las mutaciones consiste en aplicar radiación ionizante o agentes químicos y seleccionar después las plantas que tienen las características que buscamos. “Pero de esta forma te llevas la característica que buscas y tropecientasmil más”, indica el investigador. “Ahora en vez de llevarnos 200 genes, solo vamos a por uno y lo apagamos. Lo que te permite es básicamente hacer lo mismo de forma mucho más rápida y más precisa, pero los cambios son exactamente los mismos que encontramos en la naturaleza, no hay nada que podamos producir con CRISPR que no pudiese ocurrir de forma natural. De hecho, sería imposible diferenciar una planta producida por este sistema de una en la que ha ocurrido una mutación de forma natural”. 

CRISPR podría permitir mejorar y personalizar el contenido nutricional de muchos productos

El equipo de Orzaez trabaja también en desarrollar una berenjena que no se oscurezca con la oxidación, como ya se ha conseguido en los champiñones, lo que supondría un gran avance para evitar que se desechen toneladas de producto que aún se puede consumir pero cuyo aspecto hace que no se comercialice. “La idea es que si tienes una fruta que tiene unas características que la hacen más saludable, pero resulta que es estéticamente horrorosa, podamos trasformar y llevar estas variantes apetecibles a otro fruto que tiene un buen aspecto, pero al que le faltan las cualidades organolépticas”, resume Montoliu “Si solo necesitamos mover unas cuantas variantes, ¿por qué no deberíamos hacerlo? Es un beneficio para todos”. Para Orzaez se abre una puerta que podría permitir mejorar y personalizar el contenido nutricional de muchos productos y que aumentará la variabilidad. A su juicio, en la frutería del futuro la tendencia será esa, la misma que vemos ya en los supermercados. “Antes solo tenías los tomates tradicionales y feos, el paso siguiente fue tener todos los tomates rojos iguales y sin sabor, y si te fijas ahora lo que queremos es un montón de tomates de todo tipo, morados, con distintas formas… La mejora genética potenciará esa tendencia”.

 La revolución CRISPR no se limitará solo al aspecto estético, sino que irá al núcleo de algunos problemas como la escasez de recursos o los problemas climáticos. En todo el mundo se trabaja en la búsqueda a de variedades resistentes a la sequía y el calentamiento (que amenaza, por ejemplo, el cacao y el café) así como a enfermedades y plagas.  “Todo este trabajo existe desde hace muchísimo tiempo”, apunta Orzaez, “pero estos sistemas te permiten cambiar los genes de forma rápida y legal, es lo que esperamos todos”. Para el bioquímico e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas José Miguel Mulet, también está claro que CRISPR cambiará nuestra forma de comer y cree que las autoridades europeas tienen la oportunidad de enmendar el error que supuso bloquear el desarrollo de transgénicos. “Los políticos ya se han dado cuenta de que el bloqueo ha supuesto perder un montón de oportunidades”, explica a Next. “Ahora piensan que igual les da más votos juntarse con agricultores y empresas que con los ecologistas”. En todo caso, si se quisiera regular la presencia de productos modificados con CRISPR en el mercado sería una tarea casi imposible, debido a que no se puede detectar. “Cada año se lanzan 3.500 variedades agrícolas, muchas por mutagénesis, ¿cómo vas a hacer una ley si no tienes manera de saber si la gente la cumple o no?”. 

“Es una forma de democratizar la biotecnología de plantas”

Uno de los aspectos que podría traer CRISPR consigo sería el abaratamiento del coste de producir variedades nuevas, que hasta ahora estaba en manos de grandes empresas como Monsanto. “Es una forma de democratizar la biotecnología de plantas”, asegura Orzaez. “Ahora es más sencillo para el agricultor que tiene una variedad propia incorporar variaciones que antes le costarían muchísimo tiempo y dinero”. Así, los agricultores que cultivan el arroz bomba valenciano, por ejemplo, podrían incorporar mejoras selectivas, como el tamaño de la caña, que aumentarían su productividad. “Van a salir nuevas variedades cada vez más rápido, que triunfarán o no”, anticipa Mulet. “Y no porqué el método de modificación genética que se usaba hasta ahora no fuera eficiente, sino porque el marco regulatorio era tan complicado y caro que dejaba fuera a todas las pequeñas empresas”.

En 2016 el científico Stefan Jansson fue el primero en comer un alimento modificado con CRISPR: el repollo de este plato de pasta
En 2016 el científico Stefan Jansson fue el primero en comer un alimento modificado con CRISPR: el repollo de este plato de pasta Umeå University

“Estamos expectantes de que Europa sienta el acicate de lo que está ocurriendo al otro lado del Atlántico”, añade Montoliu. “El temor es que nos dejemos llevar de nuevo por el mismo mal entendido ‘principio de precaución’, que cuando se lleva al extremo se convierte en un bloqueo”. En su opinión, para avanzar deberíamos basar nuestras decisiones en evidencias y no en creencias irracionales, como ha sucedido hasta ahora con los transgénicos. “Cuando tras muchos años en el caso de las plantas modificadas genéticamente has demostrado una y otra vez que son seguras y que son eficaces, ya no sirve seguir aplicando el principio de precaución. Es como si te dijeran ‘usted ha probado en 1.567 experimentos que todo está muy bien, pero seguro que todavía no ha probado ese experimento que demostrará que son terribles y demoníacas’. Eso no es científico”. “En los próximos años necesitaremos dar de comer a 9.000 millones de personas en el planeta y tenemos que ponernos las pilas, mejorando la agricultura y la genética”, concluye Orzaez. “Al fin y al cabo llevamos miles de años mejorando las plantas, no hay nada tan diferente”.



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