Entrevista a David George Haskell

“El bosque no me pide que haga clic ni quiere venderme nada”

El biólogo y divulgador David George Haskell se ha convertido en el gran poeta naturalista de nuestro tiempo. Tras el éxito de “En un metro de bosque” publica ahora en castellano “Las canciones de los árboles”, una exploración sobre las conexiones en la naturaleza.

El biólogo y escritor David George Haskell
El biólogo y escritor David George Haskell Cortesía de David G. Haskell

Cada libro de David George Haskell es como un cofre lleno de piedras preciosas, una colección de tesoros en forma de relaciones en la naturaleza que para el resto pasan desapercibidas pero que él consigue tejer con particular destreza después de semanas o meses de observación. Para su primer libro, que obtuvo todo tipo de reconocimientos, Haskell pasó un año observando los cambios que se producían en un metro cuadrado de bosque cerca de su casa. En el último, que acaba de publicar la editorial Turner en castellano, visitó durante semanas una docena de árboles en todo el mundo para escuchar su historia y sus canciones. Un ceibo en las selvas de Ecuador, un olivo de Jerusalén, un avellano en Escocia o un peral perdido en las calles de Manhattan son los protagonistas de un libro en el que trata de desvelar las pequeñas historias que los seres humanos hemos dejado de observar porque no tenemos tiempo o porque vivimos pendientes de demasiadas cosas. Charlamos con el autor por videoconferencia desde su casa, en Tennessee.

¿De verdad es capaz de distinguir un árbol por el sonido de sus hojas?

Bueno, todavía estoy entrenándolo, es algo que te lleva una vida. Pero cualquiera puede hacerlo. Cuando el viento golpea suavemente las agujas de un pino es muy diferente de cuando se mueve un roble, que tiene hojas diferentes. Y cambia con las estaciones, hay una diferencia en la textura acústica. Desde luego no soy el primero en darse cuenta, mucha gente ha escrito sobre esto. En EE.UU. hay muchas calles llamadas ‘Whispering pines’ [pinos susurrantes]. Llevo 20 años ejerciendo como profesor de ornitología y enseño a mis alumnos a identificar el sonido de los pájaros. Ahora me gusta hacerlo también con los árboles. Identificar, por ejemplo, el sonido de un pino ponderoso es una experiencia sensorial del mundo muy enriquecedora. Y eso quiero explicar en el libro, que el sonido es una vía de entrada a las historias del árbol, eso es lo que llamo las “canciones de los árboles”.

También pone usted sensores ultrasónicos en los árboles, ¿qué tipo de información obtiene?

Es un sensor electrónico, como un micrófono. El sonido es una vibración de las moléculas, puede estar presente en superficies sólidas, en agua, en el aire… Este dispositivo nos permite llevar nuestra imaginación al interior del árbol, escuchar cómo se mueve el agua dentro, o cómo se forman pequeñas burbujas cuando se seca. Nos proporciona una nueva forma de imaginar cómo de vivo está el árbol. La imagen exterior es muy estática, pero por dentro es todo dinamismo. Es una invitación a entender los árboles y su biología de otra forma, como seres muy activos en sus raíces, en sus hojas… Los humanos no tenemos los sentidos apropiados para apreciar eso.

“El sonido es una vía de entrada a las historias del árbol, a las canciones de los árboles”

¿Y qué es lo más extraordinario que ha descubierto con esos ultrasonidos?

En los pinos de las montañas me sirvió para conocer cuánta agua absorben y su ritmo de vida a lo largo del día. Por la mañana temprano el agua fluye muy suavemente, empieza a hacer la fotosíntesis, recogiendo alimento, y a partir de la tarde empiezan a escucharse cada vez mas crujidos y hay una especie de crisis dentro del árbol. Y esa crisis es esencialmente que se queda sin agua, las hojas se pliegan y el árbol se cierra. Y por la noche el agua que sube desde el suelo, incluso si no ha llovido, sube hacia arriba como en una lluvia inversa y vuelve a rehidratar la planta para que por la mañana todo vuelva a estar bien. Lo maravilloso es que es un sonido que recuerda a un latido, y no lo digo de una manera mística, es que realmente se parece al corazón de un animal.

Donde los demás vemos solo árboles o bosques, usted ve relaciones. ¿Cómo aprendió a ver el mundo así?

Bueno, aún tengo mucho que mejorar. Lo aprendí primero como científico y naturalista, porque para esto la atención a los detalles es muy importante. Para comprender un bosque o la evolución genética hay que pasar cada vez más tiempo con los sentidos despiertos y la curiosidad. Después desarrollé una manera más contemplativa de entender la naturaleza, que es compatible con la científica, y con ‘contemplativo’ me refiero a la forma en que lo haría un monje que retorna cada día a una meditación, o un artista que pinta una y otra vez un paisaje, o un músico que repite una pieza. Prestar atención de forma repetida.

“El interior de los pinos de montaña late como el corazón de un animal”

En un mundo en que cada vez nos cuenta más mantener la atención en un solo estímulo, tiene mérito centrarse en observar cada día el mismo árbol.

Es verdad que hay muchísimas cosas que reclaman nuestra atención, y en particular cosas que están diseñadas para llevarnos a lugares que no hemos elegido. Yo también lo veo cuando estoy en redes sociales, vivimos en un mundo en que las máquinas están aprendiendo y saben qué activa mis emociones y captura mi atención, saben cómo robármela. Está bien en esos lugares siempre que tengamos un buen sistema inmune y digamos ‘voy a sumergirme en esto, pero conservo la capacidad de salir y dirigir mi atención a los árboles y huir de los instrumentos diseñados para manipular mi atención’. La diferencia es que los bosques no están diseñados para que pasee por ellos ni buscan que haga clic para venderme nada.

Usted habla a menudo de las importancia de estar “presentes”, o conectados, como si hubiéramos desconectado de la naturaleza.

Hay muchas cosas que nos ayudan a prestar más atención al mundo, como la buena literatura, la buena música o el buen periodismo. En el libro hablo de una niña que se da cuenta de un cambio en el bosque como un símbolo de esperanza, alguien de las nuevas generaciones a la que en el futuro preguntaremos: ¿cómo resolver estos problemas? ¿Has escuchado al mundo? Tú eres la persona a la que encargaría arreglar las cosas porque has escuchado. Una de las cosas que más me frustra de las políticas de medioambiente es que muchas personas toman decisiones sobre la tierra sin tener ninguna experiencia en ella, hay gente tomando decisiones sobre cómo se debe cuidar un bosque en el otro lado del mundo que nunca han visto. Durante 100.000 años los humanos, el Homo sapiens, ha sido una especie que ha prestado atención a estas cosas y ahora estamos haciendo ese foco más estrecho. Y si hay algún mensaje en el libro es precisamente ese, que tenemos que volver a abrir ese foco. Y escuchar.

“Hay gente en el otro lado del mundo tomando decisiones sobre cómo se debe cuidar un bosque que nunca ha visto”

Muchos ecologistas caen en la trampa de pensar que el ser humano y la naturaleza son dos cosas separadas.

Es un enorme problema con raíces filosóficas que se remonta miles de años atrás a la idea de que los humanos están separados de la naturaleza. Incluso en el lenguaje, en inglés, por ejemplo, la palabra “nature” [naturaleza] a menudo no implica a los humanos. Y esto para mí es absurdo, porque en un sentido evolutivo somos primos de todas estas especies, no hay una separación, somos solo una rama de la vida, como cualquier otra. Y estamos relacionados con todas las demás especies, en todo momento, cuando respiramos, cuando nos movemos. Nuestra filosofía y la religión han separado a los humanos de lo demás, como si fuéramos especiales. Entre algunos ecologistas hay también esta visión de que el ser humano es una especie despreciable y la naturaleza es más bella.

Hasta hay quien cree que el mundo estaría mejor sin nosotros…

Creo que esa idea es fruto de la tristeza y de una enorme decepción. Es verdad que en muchos lugares hemos roto cosas, hemos destruido ecosistemas, hemos extinguido especies, hemos creado injusticia en nuestras comunidades. Pero hay otra respuesta que no consiste en eliminar a los humanos, sino aprender cómo vivir bien en estos ecosistemas, con otras personas y con otras especies. La gran cuestión para un nuevo activismo ecologista es darnos cuenta de que pertenecemos a esta naturaleza y preguntarnos cómo vivir en ella de manera responsable.

“Nuestra filosofía y la religión han separado a los humanos de lo demás, como si fuéramos especiales”

Y no hace falta irse al campo, ¿no? Uno puede conectarse en mitad de Nueva York

Sí, la naturaleza está en todas partes y especialmente en las ciudades. Porque, ¿quién creó las ciudades? Lo hicieron los humanos y nosotros somos una especie de la naturaleza, así que la ciudad es otra manifestación de la naturaleza. Y a escala global, si queremos vivir en este planeta bien, y no destruir la biodiversidad y arruinarlo todo, necesitamos las ciudades porque la vida humana allí es mucho más eficiente y se emite menos carbono. La vieja visión, particularmente en los ecologistas de Norteamérica, de que las ciudades son malas, de que están degradadas y debemos escapar de ellas, es una idea muy tóxica. E incluso en Estados Unidos es una idea racista, porque los que viven en las ciudades son los inmigrantes recientes, diferentes de las clases blancas dirigentes. Aquí se ha extendido un discurso que consiste en decir que las ciudades están rotas y la América real está en el campo. Esto tiene hondas raíces y es peligroso, no solo ecológica, sino también políticamente.

Comenta usted en el libro que el sentimiento de comodidad en el exterior está reservado a un pequeño segmento de la humanidad, los hombres blancos. ¿No pasa lo mismo con la comida orgánica? ¿No se trata al final de movimientos de gente que solo intenta mejorar sus propias vidas?

Es verdad que hay un paralelismo. La cuestión es cómo podemos, en agricultura, producir comida saludable y sostenible no solo para los ricos, sino para todo el mundo. Este movimiento lleva desde los años 80 y la comida orgánica era realmente cara. Ahora se trata de una idea mucho más mainstream. Ahora hay mucha mas comida orgánica disponible que en el pasado. Pero es verdad que sigue habiendo diferencias sociales, y en los barrios pobres los supermercados venden más comida basura y este modo de vida no es accesible. En parte la solución es ampliar la experiencia de la naturaleza, los ríos y los bosques, algo que ha estado restringido a una parte de la población. Hay que pensar en cómo hacer estos lugares más seguros para todos, tanto para hombres como mujeres, al margen de motivos raciales o económicos.

La experiencia cómoda de la naturaleza está restringida a una parte de la sociedad, a los hombres blancos

Otro problema es que las sociedades occidentales empiezan a cuidar sus bosques pero les es indiferente lo que pase al otro lado del mundo.

Un problema de la economía global es que la gente rica protege los espacios que tiene cerca pero importa la comida del exterior. Los humanos no podemos detectar lo que sucede lejos, tenemos difícil saber lo que pasa en Indonesia y la economía global se ocupa de borrar las huellas. La solución debe ser reorientar la economía, en parte hacia la producción local.

Habla usted de la indiferencia que sentía Thoreau hacia los ahogados que aparecían en sus playas. ¿No nos está pasando lo mismo?

Thoreau es siempre un ejemplo interesante. Ahora nos choca que fuera indiferente hacia los inmigrantes que se ahogaban en la playa. Él estaba más preocupado por otras cosas que aparecían en la playa, más que la gente. Y él era una persona concienciada y sensible en muchos sentidos, pero los humanos tenemos esta capacidad de separarnos de los otros y considerar a otras personas diferentes. Por eso es tan importante que los medios ayuden a expandir nuestra empatía y podamos entender que es ser un migrante de África que quiere llegar a Europa, o qué les está pasando a los bosques de Indonesia. Antes no sabíamos nada de eso y ahora nos llega y podemos tener una vida más responsable.

“La poesía no es algo que nosotros creamos, es algo que está ya ahí y ponemos delante de la conciencia humana”

¿Necesita la ciencia más poesía?

Sí, pero, ¿qué es la poesía? Es el uso del lenguaje, atención al ritmo, a las metáforas y las imágenes. Y esa sensibilidad es importante, porque lo que hacen los científicos es descubrir cosas nuevas sobre el mundo en que vivimos y es muy importante la visión distante durante la práctica, pero la sustancia de la ciencia es realmente emocionante y está llena de metáforas e imaginación. Y desde luego intento aplicar esa visión cuando escribo. Es algo que ha estado presente siempre, desde Darwin a Rachel Carson, gente que expresaba sus ideas no solo para un grupo de especialistas, sino para todo el mundo. Y la forma de hacer eso es mediante metáforas. Carson decía que ella no estaba intentando poner poesía en sus escritos, sino que sus escritos trataban de reflejar la poesía que existe en el mundo. Hablaba de la poesía de la realidad, más que de algo que nosotros creamos e imponemos al resto, es algo que está ya ahí, nosotros simplemente lo ponemos delante de la conciencia humana.

Para saber más: En un metro de bosque (Turner, 2014) / Las canciones de los árboles (Turner, 2017)



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