REPORTAJE

"¡Así que eso es el color rojo!"

Probamos con dos voluntarios un modelo de gafas especiales para daltónicos. Un atajo óptico contrarresta ciertos tipos de ceguera al color y permite que algunas personas vean el mundo como nunca lo habían visto antes.

Diego y Miguel miran el atardecer con las gafas especiales durante la prueba
Diego y Miguel miran el atardecer con las gafas especiales durante la prueba A.M. Ron

Cuando Rubén era pequeño le parecía llamativo que las cajas de rotuladores tuvieran tantas pinturas repetidas. "Serán las que más usa la gente", pensaba al ver que había varios marrones y grises. Un día, mientras dibujaba un árbol, un vecino le preguntó por qué pintaba los troncos de color verde y las hojas marrones. "Ahí empecé a sospechar que tenía un problema", explica, "hasta que hice los tests clásicos que venían en los libros de texto".

Rubén es una de las miles de personas que sufren ceguera al coloren el mundo, un mal que afecta especialmente a los varones. El problema tiene muchas variantes, pero básicamente se trata de una alteración en los tres tipos de células receptoras del color que contiene nuestra retina. Si los receptores del rojo no funcionan correctamente, como es su caso y el de la mayoría de daltónicos, sus problemas vienen a la hora de diferenciar el rojo del verde, que le resultan indistinguibles. Como nuestra realidad está construida por personas que vemos gracias a la combinación de tres colores, los dicromáticos se enfrentan a problemas cotidianos como cruzar un semáforo o interpretar las luces de los cargadores. "El rojo y el verde te resultan casi idénticos, así que nunca sabes si una batería está cargada o aún se está cargando", explica. "A mi chica le pregunto muchas veces si ya está en verde el indicador".

Diego, mirando los árboles con las gafas especiales

Hace unos meses Rubén se convirtió en uno de los primeros españoles en probar unas gafas especiales que sirven a algunas personas daltónicas para distinguir por primera vez colores que no han visto. La compañía se llama EnChroma, es estadounidense y por la red circulan cada vez más vídeos de personas con daltonismo que prueban las gafas y se echan a llorar de la emoción. El mecanismo por el que actúan es una especie de atajo óptico al que su creador, Don McPherson, llegó por pura casualidad hace unos años cuando intentaba diseñar unas gafas para que a los cirujanos no les deslumbrara el láser en las operaciones. Jugando con el diseño del cristal, las lentes dejan pasar solo determinadas longitudes de onda de la luz, bloqueando aquellas que se mueven en la zona de incertidumbre entre el rojo y el verde. De este modo, y mientras el daltonismo no esté causado por la ausencia total de un tipo de receptores, el cerebro de la persona obtiene por primera vez dos señales claras y sin conflicto, y construye nuevos colores que antes no podía apreciar.

"Me decidí a comprar las gafas por los vídeos de la gente, me había creado muchísimas expectativas", confiesa Rubén. Pero cuando se las colocó, en un día como hoy, no tuvieron el efecto que esperaba. "Apenas noté la diferencia", recuerda. "Fue un poco decepción". ¿Significa eso que las gafas no funcionan o que se siente defraudado? En su caso no tuvo mucho efecto (ya advierten sus creadores que puede resultar muy diferente en cada persona) hasta que pasaron los días y aprendió a mirar con ellas. Ahora se las pone de vez en cuando y asegura que ve la realidad con tonos más vívidos, como si hubiera dejado atrás un mundo apagado.

"Es la primera vez que alguien me dice que le pasa lo mismo que a mí"

Por pura curiosidad, y para comprobar si el efecto de las gafas en otras personas es similar al suyo, Rubén se ha apuntado a prestarnos sus gafas para un experimento organizado por Next. Queremos saber si los vídeos que circulan por la red tienen algo de realidad o son pura propaganda. A través de las redes sociales hemos quedado con Diego y Miguel, ambos diagnosticados como deuteranómalos (ciegos al verde), para que las prueben y nos cuenten qué efectos tienen en su visión. Al llegar al parque de Móstoles en el que nos hemos citado ya se han presentado y tienen una animada conversación entre ellos. "Es la primera vez que alguien me dice que le pasa lo mismo que a mí", asegura Miguel entusiasmado. El acontecimiento es tan especial que ambos han venido con sus parejas y tienen las expectativas muy altas. Puede que demasiado, según Rubén, quien se teme que la prueba acabe con una decepción parecida a la suya.

Para nuestros dos 'sujetos experimentales' la ceguera al color ha marcado sus vidas. Miguel tiene 31 años y lleva una empresa de decoración y reformas. "Mi chica es decoradora", dice mientras la mira y se ríe, "así que ¡mi vida es muy intensa!". Diego tiene 51 años y se dio cuenta de que tenía un problema con los colores desde el colegio, donde les extrañó que siempre pintara los cielos morados. Ahora trabaja como electrónico y a lo largo de su carrera ha tenido que buscarse la forma de sortear los problemas que le ocasiona no reconocer los colores. Si fuéramos conscientes de ello, asegura, unos pequeños cambios podrían ser de mucha ayuda. Cuando acude a la playa a bañarse, por ejemplo, no puede saber si la bandera es verde o roja, se tiene que guiar por la cantidad de gente que ve y si hay muchas olas. "Parece una tontería", añade, "pero simplemente el plano de metro de Madrid es un problema, yo sigo identificando las líneas por números y no por colores".

Una vez hechas las presentaciones llega la hora de comenzar el experimento. El primero en probar las gafas es Miguel, que se las pone y se queda unos segundos en silencio. "Guau", dice. "Veo más fuerte... No sé, más intenso". Lo que más llama su atención, por lo pronto, es la ropa de los que estamos a su alrededor. Los pantalones de Rubén han pasado de tener un color grisáceo y apagado a tener un rojo intenso y espectacular. "¡El verde de la hierba!", exclama cuando levanta un poco la vista. Después se aleja, como queriendo buscar un momento de intimidad con estas nuevas sensaciones.

"Qué bonito, tío. ¿Esto es el otoño?"

Cuando le llega el turno a Diego la impresión es aún más intensa. "Qué bonito, tío", dice visiblemente emocionado. "¿Esto es el otoño?". "Estoy viendo cosas que no había visto en mi vida", asegura mientras observa unos juncos y las hojas de un árbol. Cuando lo mira sin las gafas el árbol tiene un aspecto blanquecino, casi uniforme. Pero con las gafas descubre un montón de matices que antes no veía. "Veo un color completamente diferente, al cual no le puedo poner un nombre porque no lo he visto nunca". Mientras explora su entorno se le ocurre quitarse su chaqueta roja y ponerla sobre la hierba. Cuando las mira con sus ojos esos dos colores, el rojo y el verde, apenas se distinguen entre sí, pero con las gafas ve perfectamente el contraste. De pronto se fija en el atardecer y no puede creer lo que ve. "Yo siempre he visto el sol ponerse y a mí me hablaban de tonalidades", relata. "Para mí se ponía el sol y ya está, y ahora estoy viendo colorines, una gama de colores según sube". Le pasa las gafas a Miguel, que también mira la puesta de sol como si fuera la primera vez que ve un espectáculo semejante. "Tiene como muchas más gamas, naranja... y como va creciendo el color. Hay muchísima diferencia".

Lo que está ocurriendo en su vista no es magia ni una curación repentina, sino que está basado en los principios físicos de la luz y la visión. "Lo que hacen esos cristales es cambiar la "paleta cromática", es como si "tiñera" o "virara" todo el espectro visible", explica el oftalmólogo Rubén Pascual, autor del proyecto Ocularis. "Esa es la magia que les alucina a los daltónicos cuando se ponen las gafas: aparecen colores diferentes donde antes no había". En el fondo, explica el médico, las gafas hacen lo mismo que el propio daltonismo, pero en sentido contrario. "Ser daltónico puede ser entendido como sufrir un bloqueo parcial de uno de los colores primarios", indica. "Esa pérdida relativa cambia la percepción de todos los colores, perdiendo discriminación en una zona (rojo-verde) pero ganando en otra zona (violetas). Con las gafas pasa un poco lo mismo, hay un bloqueo del color con pérdida de éste. Una zona del espectro gana contraste y otra pierde. Lo que pasa es que se gana contraste precisamente en la zona "de pérdida" del daltónico, por lo que en parte se compensa el problema".

Nuestro experimento continúa y va creciendo en emoción. "Mira, es que voy a llorar", dice Diego. "Tengo una taquicardia". Mientras caminamos pasa a nuestro lado una corredora con una camiseta muy llamativa y la pareja de Miguel le avisa. "¡Eso es el fucsia!", grita Miguel emocionado, mientras ella nos cuenta que lleva años tratando de explicarle cómo son algunos tonos. Diego se entretiene mirando un pato y observando detalles de la naturaleza que para él resultan inéditos. De cuando en cuando, sale del silencio y tiene un arrebato casi poético. "O sea que así es como es mi planeta, ¿no?", nos dice con la mirada perdida. La diferencia  entre lo que veía y lo que ve ahora es la que hay entre un mundo apagado y un mundo de colores vívidos que nunca antes habían apreciado. "Estoy viendo colores que no veía", confiesa. "No sabría ponerle un nombre, posiblemente tenga que aprenderme de nuevo los colores".

Miguel, Diego y Rubén, los tres participantes en el experimento

En cualquier caso, nos recuerdan los expertos y los propios fabricantes de las gafas EnChroma, es importante subrayar que este dispositivo no "cura" el daltonismo ni tiene el mismo efecto en todas las personas. "Tampoco es un tratamiento para ello", insiste el doctor Pascual. "Un tipo de conos funciona mal en la retina, eso no va a cambiar. No hay una recomendación médica para su uso, ni hay ningún beneficio en la salud". Algunas personas lo prueban y no tiene un impacto demasiado grande, como en el caso de Rubén. En otros, como Diego y Miguel, ofrece la oportunidad momentánea de engañar al cerebro y atisbar un mundo que parecía vedado para ellos. “Llevas toda la vida teniendo al sensación de que no estás viendo todo en su máximo esplendor”, resume Rubén, así que no es de extrañar que se les salten las lágrimas. “Tenemos que repetir un montón de viajes”, bromea Diego mientras fantasea con visitar el Museo del Prado con las gafas y disfrutar de una nueva visión de sus cuadros favoritos. Miguel, que sigue extasiado con el color de los pantalones, está deseando perderse en una tienda de ropa y disfrutar de un nuevo mundo de color.  

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