Análisis

Por qué Greta debería haber cogido un avión

El especialista en medio ambiente Andreu Escrivá explica por qué el gesto de la joven activista Greta Thunberg de cruzar el océano en barco para evitar el avión puede ser contraproducente

Por qué Greta debería haber cogido un avión
Por qué Greta debería haber cogido un avión Greta Thunberg

Este agosto Greta Thunberg, la jovencísima activista climática sueca, ha surcado el Atlántico en un velero. Su destino era Nueva York, donde en unos días se celebrará una cumbre de la ONU sobre el cambio climático. El gesto, justificado en la decisión de Thunberg de no coger aviones por sus emisiones contaminantes, ha sido ampliamente aplaudido por el movimiento ecologista (y también más allá de sus difusas fronteras), considerándose ejemplar y casi profético: ¡se puede volver a navegar sin combustibles fósiles!

Actualmente se está produciendo un interesantísimo debate a nivel europeo sobre el hecho de volar o no, dado que es el medio de transporte que más contribuye al calentamiento global. Cristalizado en un nuevo concepto de origen sueco, el “flygskam”, la aversión a las pistas de aterrizaje parece estar extendiéndose por todo el continente, aunque aún en cifras que no inquietan (demasiado) a las aerolíneas. Durante todo el verano, y con la travesía de Thunberg como trasfondo, se han sucedido análisis y reportajes sobre el asunto, así como propuestas desde el activismo y también la política (como la de Los Verdes alemanes, que planteaban limitar a un máximo de tres los vuelos internacionales). En una época en la cual los aeropuertos están abarrotados y los anuncios de viajes exóticos te captan con fotografías deslumbrantes, uno de los grandes temas ambientales ha sido: “Volar, ¿sí o no?”. 

Volar es la forma de desplazarnos que más dióxido de carbono emite

 Volar es la forma de desplazarnos que más dióxido de carbono emite y, por lo tanto, la que más deberíamos tratar de reducir. Mucho y muy rápido, cabe añadir. Porque, afortunadamente, existen alternativas (especialmente en Europa). Se puede viajar en tren con cierta comodidad y rapidez, mucho más si uno está en la parte central del continente. Tengo la experiencia de haber ido desde València en tren a Londres, París y Ámsterdam, y a Roma en tren y barco. En algunos casos es más caro y más incómodo, pero en otros (como por ejemplo, viajar a la capital francesa) no lo cambiaría por un avión ni aunque costase mucho menos.

Es cierto que muchos científicos y activistas habían dejado de volar antes de que Thunberg hiciese bandera de no pisar un aeropuerto (algunos, de hecho, embarcándose en auténticas odiseas, como ir de Londres a Beijing en tren), pero su gesto ha servido de inspiración, y ha espoleado a toda una generación a plantearse un asunto muy espinoso, porque volar va de expectativas. Tras el paso de una generación que ha visto como sus expectativas de vida habían sido trituradas sin piedad (los millenials), los más jóvenes (la generación Z) han crecido entre las cenizas humeantes de la crisis, con la tormenta en el horizonte de la inestabilidad mundial y el cambio climático. Y quieren, al menos, retener la aspiración de viajar, porque el mundo se ha empequeñecido y su espacio mental ya no es el país, sino Europa y más allá.

 En decenas de  charlas en escuelas, institutos y centros culturales he comprobado cómo, sistemáticamente, el asunto de quedarse en tierra es de las acciones frente al cambio climático más complejas de comunicar y casi imposibles de aceptar a la primera; también de las más desconocidas. Toda una generación, y parte de la que le sigue, ha asumido que es un derecho poder viajar barato y donde quiera. Han crecido entre anuncios de buscadores de vuelos y promesas de gangas que les llevarían a lugares recónditos, ciudades por descubrir o paraísos inexplorados. Mientras su mundo se derrumbaba y aprendían a mantenerse erguidos en un lodazal de precariedad laboral e incertidumbre vital, una de las pocas certezas que tenían era que ahorrando un poco, lo mínimo, se podían escapar, hacer un par de fotos y subirlas a Instagram. Y ahora se revuelven frente a la perspectiva de perderlo, o de ni siquiera haberlo experimentado.

El valor del gesto de Thunberg es demostrar que volar es una elección

Cuando estuve más de cinco años sin coger un avión (por motivos ambientales y también familiares) y todas las veces que dejado de pisar un aeropuerto siempre he sentido que era una elección, no un derecho al que renunciaba. La valía (¡enorme!) de la decisión de una persona con la proyección mediática de Thunberg de rechazar los aviones es justamente esa: demostrar que es una elección. Hace unos meses me encontraba en una reunión sobre cambio climático en Donostia. Una de las presentes, que venía desde la organización juvenil Fridays For Future, explicó con una claridad y honestidad tremendas cómo nunca se había planteado no volar hasta que Greta lo dijo... y lo cumplió. El ejemplo y la coherencia fue lo que le hizo cambiar de opinión. Pensó “si ella puede, yo puedo, nosotros podemos”. Y justo por eso Greta no debería haber ido en barco a Nueva York. Porque nosotros no podemos, porque aquella chica donostiarra no puede. Puede quedarse en casa y asistir por videoconferencia a una charla, pero no pasarse catorce días en un barco de última tecnología. Porque no es ejemplo para nadie (más allá de la resistencia física y mental), porque no es inspirador.

El objetivo no debe ser que una minoría deje de hacer algo, sino que una mayoría consiga cambios drásticos

El objetivo de la acción climática no debe ser que una pequeña minoría deje de hacer algo por completo (usar plástico o volar), sino que una inmensa mayoría consiga cambios drásticos, aunque sólo impliquen una reducción del 70 u 80%. Si yo puedo coger un tren para ir de París a Ámsterdam y tú me inspiras, lo haré. Pero si la realeza de Mónaco te deja un barco y se pone a tu entera disposición, yo no puedo imitarte. Me desmoralizas, me haces ver que no soy perfecto. Abres una espita que todos tenemos dentro en la que al cometer una pequeña infracción sobre el plan trazado nos deslizamos por una pendiente y lo abandonamos antes de darnos cuenta. Rompemos la dieta un día y al siguiente (¡total, ya la hemos infringido!) nos zampamos unas patatas fritas, dos cervezas, tres bolas de helado. Es mejor decir: “Deberías tratar de seguir la dieta tal y como te la doy, pero no pasa nada si te excedes un día de cada diez; prefiero que la cumplas al 90% que no que por ese día ya lo lances todo por la borda”.

Para que alguien se plantee dejar de volar por completo, primero debe plantearse dejar de coger vuelos prescindibles (aquellos que puede sustituir fácilmente) y no fustigarse por aquellos que deba tomar por temas familiares o laborales. Y sí, si decide coger un avión de larga distancia, que sea consciente del impacto, lo que supone y cómo puede tratar de compensarlo; para ello hará falta también mucha educación ambiental. 

“Si la realeza de Mónaco pone un barco a tu disposición, yo no puedo imitarte. Me desmoralizas”

 ¿Volar o no volar? Ir dejando de volar. Para ello lo primero es entender por qué no podemos seguir volando como hasta ahora. Lo segundo, poner las infraestructuras y los mecanismos colectivos, fiscales y normativos adecuados para conseguirlo cuanto antes. Y lo tercero, asumir que, en el fondo, esto es una cuestión de disponibilidad de tiempo, desigualdad económica y social y otra manifestación más de que un crecimiento infinito es imposible en un planeta finito. Pero eso lo hablamos en otro rato; por ejemplo, en un viaje en tren, mientras contemplamos el paisaje.

* Andreu Escrivà es licenciado en Ciencias Ambientales, máster en Conservación de Ecosistemas y Doctor en Biodiversidad. Es también autor del libro "Aún no es tarde: claves para entender y frenar el cambio climático" (PUV, 2018)

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