Geología

Descenso al jardín de flores subterráneas

La cueva de Castañar de Ibor, en Cáceres, alberga un tesoro geológico que ha tardado miles de años en formarse. Sus cristales de aragonito, bañados por “leche de luna”, crecen en contra de la gravedad y gracias a la abundancia de magnesio.

Debajo de las montañas de Las Villuercas, en Cáceres, hay un jardín de flores de cristal. El 14 de marzo de 1967, un labrador de la zona trabajaba en un olivar cuando vio que las patas traseras de su mula se hundían en la tierra al tiempo que salía un chorro de vapor. Cuando los técnicos del Instituto Geológico y Minero visitaron la sima unos meses después, descubrieron una cueva que, desde el punto de vista geológico, nadie esperaba encontrar allí, en un terreno de cuarcitas y pizarras con muy poca roca caliza. Y quedaron deslumbrados por el espectáculo. “La primera persona que entró aquí debió sentirse en otro planeta”, asegura la investigadora Rebeca Martín en el interior de la “sala del jardín”, la que presenta formaciones más llamativas.

Por el techo y las paredes de esta sala se extienden todo tipo de “flores” y “guirnaldas” de cristal, columnas blancas que parecen de hielo, bañadas por un material que los geólogos bautizaron como “leche de luna” (moonmilk). El lugar es tan evocador, dice la investigadora, que “parece que ha sido creado por las hadas”. Ella y su directora de tesis, la catedrática de la Universidad Complutense Ana María Alonso, llevan más de una década trabajando en la cueva de Castañar de Ibor, estudiando las caprichosas formaciones de aragonito que hacen de este un lugar muy particular desde el punto de vista geológico. Ambas nos conducen por el interior de estas galerías, a las que hemos descendido por un angosto acceso vertical de unos 10 metros de profundidad no apto para claustrofóbicos. Después de recorrer varios cientos de metros de oscuras galerías, accedemos a la “sala del jardín”, donde la luz de nuestros frontales, que viene y va entre las flores minerales, genera una sensación de irrealidad.

“Es la fragilidad y la belleza de esos cristales de aragonito lo que hace que sea la cueva más bonita del mundo”

“Es la fragilidad y la belleza de esos cristales de aragonito lo que hace que sea la cueva más bonita del mundo”, asegura Alonso. Una cueva que además “está viva”, según la geóloga, porque el agua sigue circulando por ella y, al filtrarse y precipitarse, transforma unos minerales en otros, emitiendo dióxido de carbono en el intercambio, como si respirara. “Calculamos que cada una de estas flores crece a un ritmo de un milímetro cada 500 años”, apunta Alonso, que preside la Sociedad Geológica de España. “Esto nos tiene que hacer pensar que el proceso de formación ha sido muy lento y que si lo destruimos no se va a regenerar en tiempos de una vida humana, una idea que nos tiene que llevar a conservar la cueva”.

Rebeca Martín durante el descenso a la cueva de Castañar
Rebeca Martín durante el descenso a la cueva de Castañar Clara Rodríguez

Las dataciones más antiguas indican que la cueva tiene al menos 400000 años, pero la estructura geológica de la zona hace pensar a Alonso y su equipo que pudo empezar a formarse hace dos millones y medio de años. Esto significa que cuando los primeros homínidos poblaban la península, mientras los romanos y los árabes pasaban sobre estas tierras, y durante la invasión napoleónica, estas pequeñas flores de cristal crecían en la oscuridad de su interior, formando estas caprichosas estructuras conocidas como espeleotemas. Una de estas estalactitas de un metro de longitud, por ejemplo, puede haber estado creciendo gota a gota durante unos 200000 años. “Y lo que tienen de especial”, añade Martín, “es que crecen en contra de la gravedad”. En otras cuevas las estalactitas y estalagmitas se desarrollan en vertical, porque las gotas caen hacia abajo, pero aquí, señala la investigadora, “hacen lo que quieren”.

Una de estas estalactitas puede haber estado creciendo gota a gota durante unos 200000 años

Otra de las características únicas de la cueva del Castañar es la presencia de arcillas rojas en sus paredes, que al estar empapadas en agua favorecen el crecimiento de los cristales de aragonito y generan un contraste aún mayor. Su presencia tiene que ver con la composición de las montañas en las que se ha formado la cueva, cuyos materiales se fracturaron y plegaron durante millones de años hasta formar los valles y montañas que vemos en la actualidad. Además de las pizarras y cuarcitas - el material más duro que sobresale en el relieve apalachense del geoparque de Las Villuercas - se acumularon unas rocas carbonáticas ricas en magnesio,las dolomías y las magnesitas, que formaron la fina capa que hoy constituye la “roca caja” de la cueva.

Flores, guirnaldas y "leche de luna" en el interior de la cueva de Castañar
Flores, guirnaldas y "leche de luna" en el interior de la cueva de Castañar Clara Rodríguez

El agua disuelve esas rocas y se carga con el magnesio y el calcio que se filtran a través del suelo. Ese magnesio es lo que hace a la cueva tan especial y la causa de que sus espeleotemas no sean de calcita, como en las grutas más conocidas, sino de aragonito. “Cada vez que hay un núcleo de calcita, el magnesio lo rodea, lo atrapa y no lo deja crecer”, explica Rebeca Martín. “Lo envenena, por así decirlo, y el que puede crecer es el aragonito”. “Estos cristales son especiales porque son fibrosos, mucho más alargados y trasparentes, y eso provoca estas formas tan caprichosas como las que crecen en forma de pompón”, añade Alonso. Cada una de estas fibras de aragonito son finas como un cabello y se abren a su vez en otros hilos, en todas direcciones, creando estructuras cristalinas que brillan a la luz de las linternas y que asombran a los pocos visitantes que recibe el lugar cada año.

Uno de los pompones de aragonito sobre el fondo arcilloso
Uno de los pompones de aragonito sobre el fondo arcilloso Rebeca Martín

La cueva también tiene el dudoso honor de ser la más radiactiva de España, pues las acumulaciones de gas radón en su interior superan los límites de seguridad permitidos. Por eso los guías que la enseñan en grupos de cinco personas llevan detectores que controlan la dosis máxima a la que pueden estar expuestos. La cueva solo se abre de mayo a septiembre y admite un máximo de 20 personas cada fin de semana, lo que supone una media de unas 400 personas al año. Un número mayor de visitas podría poner en riesgo los espeleotemas, no solo por los posibles daños físicos, sino porque aumentaría peligrosamente el dióxido de carbono que deteriora estas estructuras.

Ana Alonso y Rebeca Martín muestran algunas de las formaciones de aragonito de la cueva
Ana Alonso y Rebeca Martín muestran algunas de las formaciones de aragonito de la cueva Clara Rodríguez

El equilibrio es tan delicado aquí dentro, que el vómito de un visitante en la entrada de la cueva en agosto de 2008 provocó el cierre temporal de la cueva y un brote de hongos que se extendió hasta 50 metros por su interior y que costó algunos meses eliminar. Para evitar este tipo de contaminaciones externas, los visitantes deben calzar unas botas de goma que no salen del entorno protegido y se ha construido una cobertura hermética de cristal que protege la entrada de acceso para aislarla del exterior y disminuir el intercambio de gases. “Es la cueva más mimada del mundo”, bromean las geólogas cuando salimos al exterior, deslumbrados aún por ese fabuloso jardín que crece en el subsuelo. Al cerrar la puerta de acceso, el edén subterráneo queda otra vez en la oscuridad, sumido en el silencio que lo vio florecer durante siglos.   

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