El asesinato de la familia imperial rusa fue un hecho especialmente terrible de la Historia de la Revolución. Otros reyes han muerto a manos de revolucionarios, pero Luis XVI y María Antonieta tuvieron un juicio público que los condenó a la guillotina, y lo mismo puede decirse de Carlos I de Inglaterra. El zar Nicolás II y su familia fueron víctimas de un auténtico asesinato colectivo, realizado con premeditación, nocturnidad y alevosía.

En la noche del 16 al 17 de julio de 1918 la familia imperial fue despertada con la excusa de emprender inmediatamente un viaje. Llevaban dos meses y medio en la ciudad de Ekaterimburgo, sede del Soviet de los Urales, encerrados en un edificio aislado, la Casa Ipatiev, donde habían pintado los cristales de las ventanas para que nadie los viese desde fuera. La excusa del viaje –y del asesinato- es que se acercaban los Blancos, los partidarios del zar en la Guerra Civil.

Asesinato de la familia real rusa

Los bajaron a una habitación del sótano cuyo único ventanuco había sido clavado. Allí, en un espacio de seis por cuatro metros, encerraron al zar y su esposa, la zarina, a sus cuatro hijas de entre 17 y 22 años, a su único hijo de 13 años, gravemente enfermo de hemofilia, a su médico y a tres sirvientes, el cocinero, un criado y una doncella. Once personas en un cubículo mal ventilado, pero como en el camarote de los Hermanos Marx, aún tenían que llegar más: los verdugos.

Eran una docena, bajo mando de Yakov Yurovsky, un jefe de la Cheka (la primera policía política soviética). La mitad de ellos eran desertores del ejército austriaco, porque Yurovsky había buscado asesinos extranjeros, temeroso de que los rusos se resistieran a disparar sobre la familia imperial. Hubo un remedo de lectura de sentencia, Yurovsky dijo simplemente que el Soviet de los Urales había decidido fusilar a los Romanov en vista de los ataques de sus partidarios. No explicó por qué matarían también a los sirvientes, aunque estaba claro: para eliminar testigos, el ideal de todo asesino.

Al zar le dio tiempo a exclamar “¿Qué, qué?” cuando comenzaron los disparos. La concentración de gente era tal que los asesinos se quemaban unos a otros con los fogonazos de sus pistolas. Disparaban a dos manos, sin embargo la masacre se prolongó durante dos minutos, una eternidad en esas circunstancias, porque las cuatro hijas del zar, las preciosas y delicadas grandes duquesas, no se morían pese a ser acribilladas a tiros. Llevaban las joyas de la familia cosidas a sus corsés, que hacían de chalecos antibalas. Al final las ultimaron a machetazos, poniendo el toque gore al crimen.

Aún faltaba hacer desaparecer los cuerpos para borrar toda huella de los zares. Los llevaron a las minas de Verj Isetsk, arrojaron los cadáveres desnudos a un pozo y tiraron bombas de mano para provocar un derrumbamiento, pero fracasaron. Intentaron quemarlos con petróleo, y volvieron a fracasar. Finalmente emplearon muchos litros de ácido sulfúrico para hacer irreconocibles los cuerpos, que enterraron junto a un puente.

Pero la gente no se olvidó de los zares. Pese al régimen policial reinante en la Unión Soviética, los aniversarios del asesinato aparecían flores en la Casa Ipatiev. En los años 70, para poner freno a estos homenajes, el Partido Comunista ordenó derribar la Casa Ipatiev. El encargado de arrasar ese lugar de memoria fue el dirigente local del Partido, un tal Boris Yeltsin, que en agosto de 1991 acabaría con el comunismo y con la Unión Soviética.

Yo estaba en Moscú en esas fechas, cuando un golpe de estado de la línea dura comunista fracasó y tuvo las consecuencias opuestas a las buscadas. Una gran movilización popular anticomunista llevó al poder a Yeltsin, maestro del oportunismo que, tras una vida aparatchik del Partido, descubrió ser demócrata de toda la vida, mientras las distintas repúblicas de la Unión Soviética iban declarándose independientes. Pero en aquella caótica situación lo más extraño que vi fue la cantidad de retratos del zar que aparecieron en las calles. ¿Dónde habían estado durante tres cuartos de siglo de comunismo?

Eliseiev

Únicamente había un sitio en Moscú donde no llamaban la atención las efigies del zar, en los escaparates, Eliseiev, la tienda gastronómica más lujosa del mundo, el establecimiento favorito de los zares y la aristocracia rusa, que durante 74 años había sobrevivido como un microcosmos del zarismo dentro del sistema soviético.

Pero el covid es más poderoso que el comunismo. Ni el furor revolucionario de los bolcheviques, ni el régimen de terror de Stalin lograron acabar con este símbolo zarista, que ahora cierra por la pandemia. Eliseiev se instaló en 1901 en un auténtico palacio, el de la princesa Zinaida Volkonskaya, amante del zar Alejandro I, que mantuvo en esta mansión de Moscú un famoso salón literario, frecuentado por Pushkin y la crema de la intelligentsia rusa.

El “tendero del zar” Grigory Eliseiev, enriquecido por sus importaciones de productos exóticos, lo convirtió en la tienda más deslumbrante del planeta, al lado de la cual la londinense Fortnum & Mason resulta un establecimiento modesto. Con una decoración barroca sin complejos, sobrecargada de estucos, mármoles y arañas de cristal de roca, adecuada a una monarquía que se gozaba en decoraciones como la del gabinete de ámbar, Eliseiev tenía incluso un teatro en su interior. Era realmente el símbolo de los fastos desaforados del zarismo, del lujo asiático que se sustentaba sobre un pueblo en la semiesclavitud.

¿Por qué no lo barrieron de la faz de la tierra los comunistas, si representaba aquello contra lo que habían luchado? ¿Por qué se limitaron a rebautizarlo Gastronom, aunque todo el mundo seguía conociéndolo por su antiguo nombre? Por pura propaganda, para mostrarles a los visitantes extranjeros que en la Unión Soviética había de todo –quesos franceses, chocolates suizos, frutas del Trópico, café de Arabia, té de las Indias- incluso durante la hambruna que en tiempos de Stalin causó 20 millones de muertos, o durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes estaban a las puertas de Moscú. Efectivamente ese túnel del tiempo hasta la época de los zares siempre mantuvo su oferta de lujo, aunque sólo estuviese al alcance de turistas muy adinerados y de la oligarquía del Partido.