Entrevista

Xavier Baró: “La vida brilla en cada persona, su alegría y su dolor”

El cantautor catalán publica un álbum postapocalíptico

Xavier Baró, en poeta de otro tiempo y dimensión
Xavier Baró, en poeta de otro tiempo y dimensión

Habla como una mezcla de hippie, místico y adolescente en pleno subidón de la música que le emociona. Su discografía destaca por un alto nivel de rigor: la mayoría de los artistas con carreras tan largas tienen altibajos, pero no es posible encontrar un mal disco de Xavier Baró (Almacelles, 1964), ni siquiera uno regular.

Hace unos meses publicó La veu de la muntanya, otro álbum de alto voltaje poético que utiliza formas del folk clásico para retratar la sociedad en que vivimos, cada vez más vacía y disfuncional. Hace décadas que Baró debería tener estatus de clásico, que cada uno de sus discos fuera un acontecimiento, pero el mundo cultural es muy injusto a veces. Nos quedan sus canciones, ajenas al narcisismo y al exhibicionismo emocional tan típico de los cantautores. Muy pocos intérpretes y compositores de nuestra música popular han alcanzado la hondura de Xavier Baró.

Pregunta: Podemos traducir el título de su nuevo disco como “La voz de la montaña”. Suena a proceso espiritual de un místico que se retira a descubrir algo.

Respuesta: Antes de la pandemia escribí unas canciones que parecían cantos bíblicos sobre el fin del mundo. No plantean preguntas ni ofrecen respuestas, son narraciones sobre la decadencia de esta civilización que se ha derrumbado porque sus únicos fundamentos han sido la injusticia y la fuerza bruta del poder económico (“y a los grandes magnates de la tierra, la tierra los entierra”, ¡espero!). La voz me dijo que los cantantes y poetas tenemos que dignificar en nuestras canciones: la vida que brilla en cada persona, su alegría y su dolor, su soledad y su impotencia, y enviarlas a los cuatro vientos, el disco es como un viaje que se detiene en lugares donde hay personas que viven sus alegrías y fracasos, se enamoran, hablan solo de lo que sienten, que es lo que las hace dignas, mientras el mundo se desmorona. Todo está enmarcado por La veu de la muntanya y, en su interior, el resto de canciones. Cuando acabé de cantar, esa voz volvió a sus negocios y continuó su silencio.

portadaveu
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En una entrevista reciente decía esto: “No creo en iconos ni evidentemente en la simbología católica”. ¿No es contradictorio con el hecho de que estas nuevas canciones respiran imágenes del Apocalipsis?

La imaginería católica es un sucedáneo del Antiguo Testamento, el judaísmo. En cuanto a la raíz, el cristianismo, no veo que forme parte de su ideología original, aunque hay un sector que sí que lo ha adoptado más fielmente y ha sido marginado por las altas jerarquías. Los que crecimos con la religión católica forjando nuestros pensamientos y creencias de una manera tan potente, ya nunca más podremos deshacernos de ellos, por muy agnóstico, ateo o pagano que te consideres. ¿Religión influyente? Sí, muy influyente. Pero es una religión que siempre ha tenido mucho poder y se posicionó al lado del poder político olvidando a los desprotegidos, que ha convivido con regímenes nefastos y ella misma ha ejercido la violencia. Pero un día te lo planteas, revisas lo que te inculcaron y te das de baja. Seguramente tengo menos problemas yo en reconocer su imaginería de la que tienen ellos en reconocer mis puntualizaciones.

"El desprestigio y vulgarización de la música que estamos viviendo no es más que el intento de desproveer a la música de su potencia liberadora", lamenta

O sea: que es una imaginería muy potente.

No tanto, más bien me parece bastante superficial. Las mismas parábolas y milagros de Jesús, un rebelde, son más profundos que los dogmas que los enmarcan. Ellos lo sabían, se apropiaron de ello, lo manipularon, convirtiendo el mundo sagrado pagano en una religión llena de prohibiciones y amenazas. En el fondo, todo proviene del misterio original. Si apartas su decorado barato, te encuentras con la voz de la montaña, la parte espiritual que nos hace sentir y nos muestra al enemigo que nos oprime. Los cátaros lo identificaron con el mal y fueron condenados a la hoguera. Debian de tener razón, porque solo nos ha traído injusticia y esclavitud. Yo me relaciono bien con la voz de la montaña, a menudo charlamos alrededor de una hoguera y le canto canciones de amor.

Hace poco declaraba su afición por “Soul Rebels” (Bob Marley & The Wailers) y decía sentirse un “rebelde del alma”. ¿Cómo describiría esa rebelión espiritual?

Mira, yo vivo mi vida dudando y no creyéndome casi nada de lo que nos predican las veinticuatro horas, ni la organización social que nos han impuesto basada en la discriminación social, la jerarquía determinada por la riqueza y el poder y controlada por un poder judicial corrupto. Cuando vives cerca de ti mismo descubres que dentro de ti hay un corazón que siente la verdadera vida y vibra con los sentimientos. Lo demás es falso. Beethoven dijo que la música es el arte más poderoso, su fuerza es inmediata y es capaz de cambiar vidas y pensamientos. Tengo la impresión de que el desprestigio y vulgarización de la música que estamos viviendo desde hace años, la falsa democratización que se nos vende desde la industria digital y mediática, no es más que el intento de desproveer a la música de su potencia liberadora y su capacidad por despertar el sentido crítico y rebelde y vivir dentro de tu sueño. ¿Qué nos han dado que realmente pueda considerarse progreso o una vida mejor? ¿Los desahucios? ¿Las mentiras? ¿Un parlamento y un senado llenos de hipócritas vividores y corruptos? Ahora que se ha hecho más evidente el cisma entre el sistema político y la gente, creo que todo se ve un poco más claro.

Sus canciones hablan de un mundo cada vez dominado por el cálculo. “Ya nadie muere por amor”, me dijo hace años en una entrevista. Hace poco insistía en que “cuando solo manejas la razón llegas a conclusiones falsas”. ¿Cómo se puede renunciar a la racionalidad sin caer en la locura?

Bueno, Goya dijo que el sueño de la razón produce monstruos. Hay que pensar que más allá de la razón hay cosas, y más allá de la psique, también. Henry Miller escribió que “nadie se ahoga en el mar de la realidad si a la experiencia se entrega por su propia voluntad”. No hay que tener miedo a vivir siguiendo el instinto.

La izquierda cultural vive entregada a un discurso de vanguardia y progreso, pero usted parece reivindicar el valor de lo primitivo. ¿Hay más hallazgos mirando hacia atrás que hacia adelante?

No se trata de mirar atrás, sino de vivir conectado a la fuente de la tradición, que es atemporal. Todo lo que no es tradición es plagio, ¿no? En mi caso, todo lo que hago, componer y cantar, surge de algún lugar fuera del tiempo, y existe desde siempre. Las voces, historias, melodías, todo está en alguna parte; mi tarea es recogerlo, contemporizarlo y darle mi propia voz, que va con los tiempos. El trabajo creativo es un descubrimiento constante, surge, lo plasmas y sigues adelante. Aquí es donde se halla la modernidad, que no es sino mantener el paso ganado.

Escuchando su música, siempre pienso que es usted un artista marcado por los setenta, los años de madurez de la contracultura.

Por generación, la mía es la que eclosionó a mediados de los setenta, unos lo llamaron punk, otros new wave, lo que sea. Pero nosotros veíamos de escuchar lo que se había hecho antes, llevábamos un bagaje cultural y musical importante. Yo siempre fui muy precoz, escuchaba mucha música ya siendo muy pequeño. La de los sesenta la oía con ocho o nueve años; no me influyó hasta el punto de querer hacer aquel tipo de música, pero me despertó. Me influyeron más artistas que venían de los sesenta pero marcaron los primeros setenta, como Kevin Ayers, Pau Riba, King Crimson, Jefferson Airplane o Smash, aquella fuerza individual y creativa que te enseñaba que tenías que hablar con tu propia voz y seguir tu camino. También escuchaba artistas más folk: Raimon,Pi de la Serra, Maria del Mar Bonet, Jaume Arnella, Sisa, Incredible String Band, Bert Jansch, BobDylan, una música más cercana a la canción popular de raíz tradicional.

"El poder político ha detestado siempre la cultura, pero lo disimulaba subvencionando", denuncia

¿Cuándo se torció la cosa?

Los años setenta fueron los del paso de la música popular cercana a la gente al mayor espectáculo del mundo; los estadios, el monumentalismo, el mesianismo. Y me alejé del rock, me parecía que se había agotado, no me conmovía, se había alejado de la aventura creativa para convertirse en una gran multinacional. Eso de “hijos del rock and roll, bienvenidos” no iba conmigo. Es cuando empecé a tocar en grupos, tocando una música más cercana a las raíces con el espíritu del rock espiritual. Éramos aprendices, pero la intuición ya estaba allí. Yo me sentía cerca del rollo de Barcelona, los ‘cómix’, el ‘underground’, la revista Star, el rollo enmascarado, la escudería Zeleste... Ahí es donde me situé, con lo que me identificaba. La música iba con una manera de ver el mundo y de querer vivir al margen del sistema… que te te convertía en un inadaptado, sin darte cuenta. Con eso llegué a la nueva ola y, claro, no encajaba del todo con la movida, pero era mi generación y me sentía a gusto con aquella gente.

Hace poco usted denunciaba que la Generalitat prohibiese la cultura profesional, pero no el deporte profesional. El ministerio también tiene de uñas a músicos y compañías de teatro. ¿La pandemia ha revelado lo poco que valoramos la cultura?

Sí, la pandemia ha sacado a la luz la verdadera relación que el poder político ha tenido con la cultura, a la que ha detestado siempre, pero como no pasaba nada, lo disimulaba subvencionando algunas cosas o montando ciclos a los que siempre iban los mismos. En estos momentos, hay una verdadera persecución de la cultura y todo lo que representa, ocio y lugares donde pueda reunirse la gente. Se ha visto que su sensibilidad es nula y que no les importa destruir todo un sector de creación y vida cultural. También ha sacado a la luz la relación de la gente con la cultura. Estaba muy bien ir a conciertos, hablar en las redes, y blablabla. Pero en cuanto nos han desterrado y necesitamos que hagan un esfuerzo por mantenernos vivos, la cosa ya no está tan clara. Haces un concierto de pago por ‘streaming’ y acuden unos pocos y pagan unos cuantos menos. Tienes dos mil seguidores en Facebook y cuando sacas disco lo ignoran. Eso es lo que hay.

Los años ochenta se recuerdan como una época de rodillo consumista, del desembarco del pop de plástico, pero también de enorme actividad cultural. Las ciudades estaban más vivas, con fanzines, conciertos, pequeñas tiendas de discos…

Lo recuerdo así, como dices. A la vez que las canciones se industrializaban, el ambiente era muy gratificante. Hacías mucha vida en la calle, en bares; hablabas de música, algo que se ha perdido. Un disco era algo que provocaba interés: “A ver que han hecho ahora”. Las redes han acabado con la calle.

Me gustaría que nos hablara de algún disco o artista que le haya emocionado últimamente.

Últimamente he estado escuchando bastante a músicos japoneses, como Yoshida Brothers, Beni Ninagawa, Chie Hanawa, Ki & Ki, intérpretes de un instrumento que se llama ‘shamisen’, una especie de banjo de tres cuerdas muy ligado a la música tradicional. Hay toda una nueva generación que ha actualizado el repertorio: tocan desde cosas tradicionales muy antiguas a canciones de Jimi Hendrix o blues, todo mezclado. El método es un poco como el jazz: melodía, improvisación, melodía y final. Puedes encontrar desde una chica sola tocando desatada, metiendo un trozo de ‘Purple Haze’ en una canción tradicional japonesa, o un dúo acompañado de instrumentos electrónicos. Suena hipnótico, primitivo y moderno. Me gusta mucho.

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