Historias de la Historia

Tonterías de los grandes mandatarios

Trump y Bolsonaro libran una competición a ver quien dice más estupideces sobre el coronavirus. Se suman a una larga serie de gobernantes que dijeron tonterías públicas

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una rueda de prensa en la Casa Blanca.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una rueda de prensa en la Casa Blanca. Michael Reynolds

"¿Por qué se queja el pueblo? – Porque no tiene pan para comer.- ¡Pues que coma pasteles!"

La estupidez de la reina María Antonieta es un paradigma del peso muerto en que se había convertido la monarquía francesa con el reinado de Luís XV, que ocupó el trono 59 años sin preocuparse de su pueblo, sólo de sus placeres. Sin embargo es una invención. María Antonieta era víctima de una terrible campaña de calumnias, que fueron caldeando el ambiente para que estallase la Revolución Francesa.

Lo malo de las mejores frases históricas es que no hay forma de saber si se dijeron, ni quién ni cómo las dijo. Algunas son tan enloquecidas que parecen mentiras, y sin embargo son auténticas. Del zar Pedro III se cuenta que, irritado por una nimiedad con un regimiento de la Guardia Imperial, le ordenó: “¡De frente, marchen, a Siberia!”, y hasta varios días después no le convencieron de que revocase la orden, cuando el regimiento estaba ya a muchas leguas de San Petersburgo. No sabemos si es verdad, lo que sí sabemos es que los oficiales de su propia Guardia, hartos de él, lo destronaron y asesinaron.

En nuestro tiempo, sin embargo, no hay duda sobre las tonterías de los mandatarios, porque están grabadas. Aunque Donald Trump ha decidido suspender las ruedas de prensa, después de lucirse ante los medios de América y el mundo dando consejos estúpidos sobre el virus, como ponerse “una inyección desinfectante”. En Brasil su homólogo –en más de un sentido- Jair Bolsonaro, simplemente niega la existencia real de la epidemia y convoca  manifestaciones masivas.

El negacionismo de los problemas es una de las muestras de estulticia que definen a ciertos políticos. Tabo Mbeki, sucesor de Nelson Mandela en la presidencia de Sudáfrica, se empeñaba en negar la existencia del sida, decía que él había estudiado el asunto en internet y que era un invento de las farmacéuticas occidentales para vender medicinas caras. Esto lo decía a principios del siglo XXI, cuando en África había 6.000 muertos diarios por el sida, y concretamente en Sudáfrica un 20 por 100 de la población era portadora del virus.

Haciendo pareja con la cerrazón del sudafricano, el presidente español Zapatero se empeñaba en negar la crisis económica del 2008. “No estamos en una crisis económica (...). La economía española tiene magníficos fundamentos” decía ante los medios el 6 de febrero de 2008, y remachaba: “No hay razones objetivas, no hay ninguna razón objetiva y fundada que permita sostener con honestidad un mensaje pesimista, mucho menos catastrofista. Ni sobre la situación actual ni, aún con mayor fundamento, sobre el futuro”. Pero llegó el futuro y demostró la estupidez de aquella opinión.

Hugo Chávez era un auténtico torrente de memeces. Su heredero Maduro, intenta emularle

Hugo Chávez, a quien el rey Juan Carlos tuvo que decirle “¿Por qué no te callas?” en una Cumbre Iberoamericana, era un auténtico torrente de memeces. Su heredero Maduro intenta emularle, aunque nunca tendrá la gracia de Chávez, que era como un cómico de televisión. Se podría publicar una gruesa Antología de tonterías de Chávez, pero hemos escogido una que afecta al sistema solar: “No sería extraño que en Marte haya habido civilización, pero a lo mejor llegó allá el capitalismo, llegó el imperialismo y acabó con ese planeta”.

Lo del espacio exterior parece difícil de comprender para ciertos cerebros políticos. El argentino Carlos Menem fue otro presidente americano que en el siglo pasado parecía estrafalario, aunque comparado con los de ahora resulte casi un personaje serio. En 1996, hablando ante los inocentes niños de una escuela les soltó lo siguiente: “Se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual, desde una plataforma que quizás se instale en la provincia [argentina] de Córdoba, esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, van a remontar a la estratosfera y desde ahí elegir el lugar donde quieran ir de tal forma que en una hora y media podamos desde Argentina, estar en Japón, en Corea o en cualquier parte”.

De Reagan a Berlusconi

Ronald Reagan dijo cosas que hicieron estremecerse al mundo. Durante una crisis muy delicada en Oriente Medio, los periodistas lo abordaron en la calle preguntándole qué iba a hacer. “Tengo la solución: Rambo”. No quería decir que preparase una intervención militar, es que acababa de ver la película de Silvester Stallone y había disfrutado como un niño. Hay que tener en cuenta que en su caricatura de los muñecos de la tele, Reagan por las noches se quitaba el cerebro y lo guardaba en la mesilla de noche, lo que da idea de la opinión sobre su intelecto que tenían los medios. Pero él no podía evitar ser pretendidamente ingenioso: “No estoy preocupado sobre el déficit. Es lo suficientemente grande para cuidarse solo”, fue una de sus gracias ante la prensa.

Otro presidente de EEUU, George Bush hijo, era un filón, cultivaba especialmente la perogrullada con frases como: “Si te despiden, te quedas sin empleo al ciento por ciento”, o “Un número bajo de votantes es indicativo de que menos personas están yendo a votar”. Sin embargo cuando decía: “Hay que tener una política exterior orientada hacia el extranjero”, quizá no era una estupidez, quería decir que Estados Unidos no debía mirarse exclusivamente el ombligo en sus relaciones con el mundo, como sostiene Trump.

Bush era una de esas personas poco inteligentes, pero sí lo bastante listas como para conocer sus limitaciones y aprovecharse de ello

Bush era una de esas personas poco inteligentes, pero sí lo bastante listas como para conocer sus limitaciones y aprovecharse de ello. Le ganó las elecciones a Al Gore, que había sido vicepresidente de Clinton, porque en los debates televisivos Gore sabía de todo y resultaba pedante. Bush en cambio se hacía el tipo sencillote, y eso conectó con la masa. Lo que pasaba es que su afán de resultar simple y directo le hacía trabucarse a veces: “Tengo el honor de estrechar la mano de un valiente ciudadano iraquí, que tiene su mano cortada por Saddam Hussein”, fue una de sus más célebres meteduras de pata, de las que él mismo se reía.

En el extremo opuesto de la caracterología –aunque fuesen afines ideológicamente- estaba Berlusconi, que siempre quería parecer más ingenioso que nadie, un sinvergüenza simpático que encarnase la pillería nacional italiana. Eso le llevaba inevitablemente a un repugnante machismo. He aquí dos de sus perlas: “El otro día me hice un análisis y he dado lo normal para un hombre de mi edad: 90% de viagra en la sangre”.  “Un sondeo dice que el 33 por 100 de las jóvenes italianas se acostarían conmigo. El resto de las chicas contesta: ¿Otra vez?”

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